jueves, 12 de junio de 2014

FAMILY LIFE



Un conjunto de instantáneas en un suave blanco y negro dan comienzo a Family life. Casitas adosadas se alzan sobre niños montados en bicicleta y distraídos paseantes, todos ellos contenidos en los tonos apagados que componen las imágenes congeladas de una localidad inglesa cualquiera, muestran la misma nostálgica parálisis que la que se ha ido filtrando, generación tras generación y verticalmente de padres a hijos, en la clase media retratada en esta película dirigida por Kenneth (aún a unos años del rejuvenecedor  diminutivo Ken) Loach[1].
Family life narra el particular via crucis de Janice Baildon (Sandy Ratcliff), una joven apocada que tras entretenerse inocentemente viendo pasar desde la estación los numerosos trenes que la llevarían al hogar regentado por su madre (Grace Cave) y, en menor medida, su padre (Bill Dean), es llevada por la policía a su destino. Un claustrofóbico lugar que, poco a poco y bajo la atenta mirada de Loach y del público, se revela como el germen de la psicosis que llevará a la progresivamente desequilibrada Janice del psicólogo al psiquiatra, y del tímido y sano cuestionamiento de una rancia autoridad materna a un estado peligrosamente próximo a la catatonía.
Un proceso plasmado en las imágenes de Family life bajo formas próximas a algunos de los lugares comunes del documental de investigación, y del que Loach se guarda considerablemente de señalar a los más evidentes culpables diluyendo responsabilidades  en la coralidad de los puntos de vista de los hombres y mujeres con voz y voto en esta película.

Así, lo desabrido de una planificación distante y alejada de una narrativa construida mediante el encuadre y su escala, de una planificación más o menos elaborada o enfática y con distantes planos medios como común denominador, o la práctica ausencia -a excepción de momentos muy puntuales- de una triste banda sonora que haga las veces de subrayado dramático, aproximan Family life a una desdramatización que poco a poco adquiere tintes casi científicos en su distancia y falta de afectación respecto a lo que narra y, muy especialmente, gracias a un recurso dramático más propio del cine documental que impregna la médula narrativa del film de Loach, sin embargo completamente circunscrito en el ámbito del cine de ficción. Son las secuencias que además suponen lo más interesante de Family life -tanto desde un punto de vista narrativo o referido a la construcción de un discurso creíble mediante imágenes y sonido como en lo que se desprende de esa narración- las que provocan la definitiva sensación de estar asistiendo no a una disección del proceso de desmoronamiento de una joven que pasa de una leve neurosis a una brutal destrucción psicológica quizás promovida, siempre involuntariamente, por aquellos que la rodean, sino una quirúrgica visión del entorno que, al menos a decir de Loach, acaba por convertir a la joven en un temblorosa lunática incapaz de tender puentes con el mundo que la rodea. Son un conjunto de escenas planteadas por Loach como una serie de entrevistas a los implicados en la precaria estabilidad emocional y psíquica de Janice, llevadas a cabo por el primero y más productivo de los psicólogos (Michael Riddall) que tratan a la protagonista[2], las que confunden géneros aparentemente tan dispares (aunque menos de lo que a veces se afirma, pues ambos parten siempre de una construcción de unos hechos a partir de un punto de vista y por tanto son siempre igualmente sesgados respecto a lo que explican) como el cine de ficción y el cine documental.

Esta estratagema, que sitúa a algunos de los personajes con mayor peso en la trama de Family life en escenas de diálogo en los que Loach los muestra respondiendo en planos medios largamente sostenidos dejando prácticamente fuera de campo a quien hace las preguntas[3], permite al conservador matrimonio Baildon exponer los que, a su parecer, son los motivos de la psicosis de su hija. Pero el realizador también da voz a algunos profesionales de la psiquiatría, o a la propia Janice para completar el progresivamente complejo, aunque siempre sesgado y dirigido por Loach, tapiz social que ha hecho de la joven no sólo quien es, sino muy especialmente quien no quiere ser pese a no poder hacer nada por evitarlo. En base a secuencias como estas, que imitan algunos lugares comunes del reportaje de investigación, Loach se mantiene tan distante como la forma elegida para plasmar el lamentable día a día de Janice, pero también logra una ecuanimidad que hace que la denuncia, afortunadamente siempre latente, caiga por su propio peso esquivando considerablemente la antipática demagógica que tantas veces ha acompañado, y no sin razón, al nombre del director de Family life. Y de esta forma, el film de Loach se erige, como se apunta algo más arriba, no como una visión sobre una joven mujer que enferma hasta la locura, sino en la de una sociedad de moral viciadísima que asfixia hasta lo indecible a aquellos que aspiran a llevar una vida diferente pero carecen de la fortaleza necesaria para zafarse de una herencia castradora y represiva que se retroalimenta peligrosamente. Probablemente por eso, y dentro de un film expositivo en el que sin embargo casi todos los personajes explican sus razones, el de Janice es el personaje más opaco de la película. Y coherentemente, y pese a su protagonismo, también el más pasivo. Lo que no implica una falta de emoción en la propuesta de un Loach que se esmera en su puesta en marcha de los mecanismos dramáticos que despiertan la indignación del espectador sin por ello traicionar la distancia dramática de la que hace gala el film, reforzándola al poner al público tras los talones de una protagonista con la que difícilmente se empatiza, pero que sí se compadece. Pese a todo, y siendo narrativamente mucho más convencional, aunque siempre salpimentado por los segmentos formalmente más afines al cine documental antes mencionados que aparecen intermitentemente, la descripción de la paupérrima vida de Janice, cuyo deterioro supone el arco vital que contiene el film desde su principio hasta su final, este es quizás el tramo no sólo menos interesante dentro del conjunto de Family life, sino también el más propenso a una denuncia fácil esquivada hábilmente al hacer de los numerosos testimonios de familiares y equipo médico los responsables de componer el contexto en el que tiene lugar el drama del film, el  entramado ideológico que aplasta a la inestable joven hasta asfixiar su cordura.

Así, a las esporádicas peroratas del matrimonio Baildon, que demuestran una preocupante -pero por fortuna para la película como potenciadora de debate, muy natural- cerrazón en todo a lo que respecta a la libertad individual, el sexo fuera del matrimonio, o las relaciones paterno (y materno[4]) filiales que no tengan que ver con la dominación y el inmovilismo, Loach contrapone secuencias puramente descriptivas que muestran a la joven deambulando por la ciudad, sentada en un vagón de metro contemplando su desvaído reflejo en una ventana, como una muestra de la sensación de ser borrosa para sí misma, que Janice asegura tener ante sus psicólogos, o dibujándose en su prominente vientre de embarazada un monigote que llora desconsolado poco después de que la señora Baildon haya decidido que su hija abortará, mostrando a un ser humano a veces anulado y otras, y con cada vez más frecuencia a medida que avanza la película, cerca de su destrucción como individua racional. Pero, y en una opción que se agradece sobremanera durante el visionado de Family life, mostrado con una idéntica distancia que no enfatiza ninguno de los elementos -algunos de ellos, como las sesiones de electroshock que pretenden sanar la mente de Janice, de una agresividad incrementada por el aparente realismo como sinónimo de desdramatización de la película, ofreciéndolos así como un hecho probado, una muestra científica del tratamiento que recibe Janice y por ende del paradigma de al menos una parte de la terapia psiquiátrica inglesa del 1971 en que tuvo lugar la producción y rodaje de Family life. Vista así, la película firmada por Loach logra inusitadas cotas de violencia emocional mostrando momentos puramente cotidianos gracias a la contención formal que jamás abandona, pero también debido a la negativa del director de mostrar como detonantes definitivos de la locura de Janice uno o varios de los hombres, mujeres o instituciones que aparecen en el film. Es en esta tierra de nadie, que se extiende sobre la sobriedad formal de Family life, desde donde Loach impulsa la más poderosa pegada de su película: la pobre Janice, convertida en un histriónico manojo de nervios que farfulla sinsentidos, podría ser víctima de su propia falta de entereza respecto a su madre y padre, presentados como dos tiranos que pese a todo sólo pretenden llevar a su hija a lo que ellos entienden es una vida como debe ser y sin el más mínimo atisbo de maldad por su parte. Pero ni un novio (Malcom Tierney) que intenta que su amada Janice salga adelante animándola con promesas de una vida mejor que jamás cumplirá, o una hermana mayor (Hillary Martin)  que inicialmente y durante una violentísima comida familiar parece querer ayudar a su hermana pero termina convirtiéndola en un mero argumento con el que discutir y cuestionar la autoridad paterna, desvirtúan hasta la disipación el presunto monopolio de la culpabilidad sobre el estado de Janice en los personajes de ideología conservadora aparecidos en Family life.

Una clase media que, en manos de Loach, acaba siendo el auténtico objeto de estudio de una película que amplia el foco que sitúa sobre su perturbada protagonista para sumergirla en el entorno que la rodea y, gracias a esta relativa ecuanimidad, hacer suyas las palabras en boca de uno de los psiquatras de Janice que utiliza a la joven como sujeto a estudiar para aquellos que acuden a una de sus clases magistrales. Es en esta humillante secuencia, que sirve de descorazonador broche a Family life, donde Loach sobrepone a la enumeración de síntomas como la apatía, la obediencia automática y casi refleja, y el estrés que acarrea Janice, idénticos a los deducibles de las palabras de los Baildon y sus reacciones y por ende, a los principios morales de una parte de la clase media, una serie de planos de los estudiantes que ocupan el aula y cuyos gestos recuerdan poderosamente a los de algunos de los internos de las instalaciones psiquiátricas por las que ha pasado la protagonista… estableciendo un sutil paralelismo entre locura y cordura que traspasa la denuncia social que late bajo Family life para acariciar un terreno más amplio y también más interesante para el debate sobre el que Loach increpa indirectamente al público a través de las últimas palabras oídas en la película en boca del mentado maestro en psiquiatría: ¿Alguna pregunta?
Afortunadamente, muchas y jugosas.

Título: Family life. Dirección: Kenneth Loach. Guión: David Mercer, basándose en su propio guión para el episodio televisivo In two minds para la serie Wednesday Plays de la cadena BBC. Productor: Tony Garnett. Dirección de fotografía: Charles Stewart. Montaje: Roy Watts. Música: Marc Williamson. Año: 1971.
Intérpretes: Sandy Ratcliff (Janice Baildon), Grace Cave (Señora Baildon), Bill Dean (Señor Baildon), Malcom Tierney (Tim), Hilary Martin (Barbara Baildon), Michael Riddall (Dr. Donaldson).


[1]Nacido el 17 de junio de 1936 en Nuneaton, Warwickshire, Kenneth Loach pasó sus primeros años de vida refugiándose de los bombardeos que llovieron sobre suelo inglés durante la Segunda Guerra Mundial. Aficionado al teatro ya desde pequeño, y apasionado de la Historia desde su infancia,  Loach  cursó sus primeros estudios en la King Edward VI Grammar School, y tras cumplir dos años de servicio militar como mecanógrafo de la sección de equipamiento, ingresó en el St Peter’s Hall de Oxford para estudiar derecho y lograr así, y según sus palabras, convertirse en un “abogado de pub”, dirimiendo temas legales con quien quisiera escucharlo sin alejarse demasiado de la barra. Pero antes, y ya durante su servicio militar, Loach desempolvó su antigua pasión por el teatro: viviendo ilegalmente fuera del campo militar durante tres meses, el futuro realizador de Family life, hizo sus pinitos en el mundo de teatro amateur de Notthingam, localidad a la que había sido enviado por las autoridades marciales de Inglaterra, con lo que al volver a su vida de civil y estudiante universitario, no tardó en anteponer su afición a sus estudios. Presidente de la Oxford University Dramatic Society y secretario del Experimental Theatre Club durante sus años universitarios, llegó a actuar, más mal que bien, en obras representadas en el teatro West End, para algo más tarde, y ya en 1961 se enroló al Northampton Repertory Theatre como ayudante de dirección bajo el patrocinio de la cadena televisiva ABC TV. Dos años después, y tras serle denegado el puesto de ayudante de regidor. fue contratado como aprendiz de director por una BBC necesitada de personal ante la inminente apertura de su segundo canal, lo que le reportó su primera experiencia audiovisual en 1964. Catherine, capítulo de la en su día rompedora serie televisiva Z Cars que era rodada en directo y combinaba secuencias rodadas en estudio con otras extraídas de películas, supuso la primera de una larga serie de experiencias televisivas que foguearon a Loach y lo nutrieron de un recurrente equipo técnico y artístico, como en el caso del actor Tony Garnett, que más adelante sería uno de sus guionistas habituales. Influenciado por Jean Luc Godard y los cachorros de la Nouvelle Vague francesa, Loach encontró el eco de sus propuestas en la Nueva Ola Checoslovaca y el neorrealismo italiano, Loach se benefició igualmente del caldo de cultivo ideológico fruto del flamante gobierno laborista con Harold Wilson a la cabeza tras trece años de gobierno conservador que abrió las puertas a una nueva generación de profesionales del mundo audiovisual de visión claramente socialista del mundo y su medio de trabajo. A resultas de todo lo anterior, Loach comenzó a trabajar en la nueva serie de la BBC, Wednesday Play, considerada renovadora en lo que a contenido político y puesta en escena se refiere dentro del mundo de la televisión. Fue durante esos años cuando Loach y su fiel colaborador Garnett encararon la semilla de Family life con el capítulo de Wednesday Play titulado In two minds y que como prácticamente todos los episodios de la serie, estaba centrado en temas sociales con un poso de denuncia esgrimido contenido por una puesta en escena que huía de lo melodramático. Pero la creciente burocracia de la BBC empezó a hacer mella en el ánimo de Loach, que huyó a pastos más verdes con su primer largometraje cinematográfico con Vaca pobre, en 1967, que no tuvo el éxito esperado y empujó a Loach y Garnett a fundar su propia productora: Kestrel Films. Bajo este modesto paraguas en la industria del cine inglés llevaron a cabo Kes, que supuso un inesperado éxito de taquilla, y Family life, que fue un chasco económico que vacío de las arcas de la Kestrel Films todo lo recaudado por su primera producción. El 2 de mayo de 1971, Loach inició un comprensible frenazo creativo debido a la muerte de su hijo de cinco años y su suegra en un accidente de coche, para reiniciar su carrera de nuevo para la BBC y alrededor del ambiguo papel de sindicatos y gobierno laborista en una serie de protestas mineras que tuvieron lugar a principios de los setenta. Así, un Loach de nuevo bajo gobierno conservador firmó su último proyecto con Garnett: Black Jack, en 1979, cuyos discretos resultados hicieron que muchos pensaran que la carrera de Loach había terminado. Pero ese mismo año fue el primero de Margareth Tatcher al frente del gobierno y también el de una de las etapas más beligerantes del realizador contra unas instituciones gubernamentales y económicas que intentarías silenciarlo durante toda una década. Filmes como El guardabosques (1980), Miradas y sonrisas (1981), alrededor de la ingente cifra de parados resultantes de los primeros años de la era Tatcher, o Patria (1986), fueron los que pasaron la dura criba que dejó en la cuneta jugosos proyectos llevados a cabo bajo el paraguas del departamento de documentales de Channel 4, a través del cual Loach pretendía hacer su aportación a una lucha obrera que recibía palos desde todo los agentes del espectro político, con la Dama de Hierro a la cabeza. El ejemplo más representativo fue el serial documental de cuatro partes A question of Leadership,  cuyo estreno televisivo llegó un año y una semana más tarde de lo previsto y con numerosos cortes y variaciones respecto al material original y que jamás llegó a salas comerciales por  ser considerada “difamatoria” tanto por autoridades presuntamente en contra de los intereses de la clase trabajadora como por aquellos que supuestamente estaban a su favor, como podían ser los sindicatos. Y la polémica siguió acompañando a Loach gracias a trabajos como ¿Which side are you on?, alrededor de las protestas de los mineros que habían tenido lugar la década anterior, hasta hacer mella no sólo en su ánimo sino también en su capacidad para convencer a los productores que pudiesen subvencionar sus filmes. Pero su suerte cambió en 1990 gracias a la reputada Agenda oculta, que volvió a situar el nombre de Loach en el mapa cinematográfico, confirmándose en lo social gracias a Riff-raff (1991) y muy especialmente Lloviendo piedras en 1993. Tras ellas, y conformando una imagen de azote de los males sociales de la Inglaterra del fin de milenio no exento de un antipático paternalismo y menguantes claroscuros en su retrato de la working-class inglesa, llegarían Ladybird, Ladybird,  la interesante y algo alejada de sus postulados fílmicos (que no ideológicos) habituales Tierra y libertad,  La canción de Carla, que supuso su primera colaboración con el que desde ese momento sería uno de sus más recurrentes colaboradores: el guionista Paul Laverty, Mi nombre es Joe, las bastante pobres Pan y rosas y The navigators, Sweet sixteen, uno de los segmentos que componen la muy irregular 11’09’’01, la agradable pero algo inane Sólo por un beso, El viento que agita la cebada, En un mundo libre, Buscando a Eric, Route Irish o La parte de los ángeles. El último de sus filmes estrenado entre nosotros es, hasta el estreno de su próxima Jimmy’s Hall, la bochornosa El espíritu del 45, película del año 2013 y de más que buenas intenciones pero lastrada por una demagogia tan desarmante que es capaz de desmantelar lo impepinable y rabiosamente actual de su propuesta… un síntoma que aqueja a al menos una parte de la filmografía de un realizador tan importante como paradójicamente acomodaticio no sólo en lo cinematográfico, sino muchas veces también en lo moral y lo social para con su público.

[2]Cuyos métodos están inspirados en los del psiquiatra escocés Ronald David Laing, considerado por muchos como uno de los miembros de la llamada antipsiquiatría, pese a su rechazo a ser parte de dicha corriente y muy admirado y estudiado por el guionista de In two minds y Family life, David Mercer. Laing, como algunos otros en la década de los sesenta y primeros setenta, se oponía a los métodos más ortodoxos de la psiquiatría más o menos convencional que igualmente pueden verse en Family life y a cambio promovía que la expresión de los sentimientos y pensamientos del individuo considerado enfermo era válido y aceptable no sólo como síntoma sino como una descripción que no debía desvincularse de la vida del paciente, ya que a buen seguro ésta estaba íntimamente relacionada con la patología que se pretendía sanar. Además, Laing aseguraba que la esquizofrenia era una respuesta clínica a condiciones familiares opresivas o directamente malvadas y que su mejor tratamiento era el que pasaba por la educación psicológica y no por la física, ya que sí los problemas psicológicos causaban conductas erráticas o peligrosas, un tratamiento biológico que no tuviese en cuenta ni el entorno cultural del paciente ni sus circunstancias era papel mojado. El realizador entró en contacto con Laing, que no en vano se erigió en uno de los intelectuales de cabecera de la Nueva izquierda, y sus colaboradores a partir del mentado episodio televisivo In two minds, poniendo en sus manos todos los aspectos médicos vistos en dicho capítulo, que posteriormente serían desarrollados en su versión cinematográfica. Visto lo visto, siguió considerablemente bien los principios médicos de Laing, pues si hay una denuncia cristalina hacia alguna institución en particular de todas las implicadas en Family life, esa es la de la psiquiatría ortodoxa.

[3]A diferencia del capítulo de Wednesday play titulado In two minds en el que se basa la película que nos ocupa y que no mostraba en absoluto al entrevistador que aquí se cuela en forma de esporádicos contraplanos de los, por lo general, conservadores testimonios que trufan la mejor parte de Family life. De duración algo más corta que el film de 1971, In two minds fue retransmitido por la BBC el 1 de marzo de 1967 con gran parte del equipo técnico repitiendo funciones.

[4]Loach encontró una gran e involuntaria aliada para su causa en la actriz Grace Cave que encarnaría a la señora Baidon. El realizador de Family life acudió a, con la intención de documentarse, a la Asociación de los Conservadores de Walthamstow para reunirse con el comité femenino. Una vez allí y tras una animada charla que hizo las delicias de Loach, el director se fijó en Cave, que no tenía experiencia como intérprete, y le hizo una prueba que la conservadora mujer aprobó sin problema. La solapación de improvisada actriz y su personaje llegó a provocar la sorpresa de Cave cuando vio el montaje final de la película, al no entender los motivos por los que su personaje era demonizado por Family life como posible causa de la psicosis de su hija. A decir de Loach no fue necesaria la habitual reconducción de los sentimientos de los actores para adecuarse a sus papeles, Cave creía tan firmemente en los valores familiares más tradicionales y en la obediencia rayana en la sumisión de los hijos hacia los padres como su personaje en la película y probablemente en ningún instante tuvo la sensación de estar interpretando un papel. Por otro lado, el Doctor Donaldson, única figura benefactora de todas las que representan los campos de la psicología y la psiquiatría en Family life, fue interpretado por un actor no profesional que se ganaba la vida como médico, lo que facilitó sobremanera las escenas dialogadas entre psiquiatra y familiares y pacientes.

jueves, 5 de junio de 2014

FOLLOWING



Una multitud agolpada en una calle cualquiera de la inglesa ciudad de Londres. Unos guantes adaptándose a la forma de la mano que recubren como una segunda piel. Y finalmente la diferenciada silueta de Cobb (Alex Hawk), joven entrajado y de porte más o menos señorial, entre la muchedumbre en la que se oculta el protagonista anónimo (Jeremy Theobald) del primer film del hoy afamado, reputado y controvertido director Christopher Nolan[1]: Following. Protagonista, y también narrador, de una película que se construye a modo de un testimonio policial entonado a toro pasado, y que se presenta como eterno aspirante a escritor que pasa sus días siguiendo a algunos de sus conciudadanos como vouyerística fuente de inspiración para llenar las páginas en blanco que le aguardan a diario en su máquina de escribir. Pero su abúlica suerte cambia al cruzar su vida con la de un arrojado Cobb, en el que el timorato protagonista  encuentra a un inesperado aliado que lleva su turbia afición común de inmiscuirse secretamente en la vida ajena un poco más allá. Así, la inopinada pareja se convierte en la de dos cómplices de robo y allanamiento de morada en ausencia de los propietarios de los pisos en los que primero se cuelan, para después remover todo lo que creen conveniente mientras discuten alrededor de la identidad de los dueños del inmueble. Involuntarios huéspedes ausentes en cuerpo, pero minuciosamente descritos por su entorno, de los que la pareja de ladrones deducen de viva voz aficiones, modo de vida y personalidad, para más tarde, y empujados por un Cobb de escasos escrúpulos, influir en las víctimas del robo cambiando cosas de sitio o dejando otras que jamás habían estado allí -como ropa interior femenina en el hogar de un matrimonio aparentemente feliz- con la mala intención de provocar un conflicto capaz de sacudir su presuntamente aburrida cotidianeidad. Así, y poco a poco, la narración de Following, dividida en secuencias cortas interrumpidas casi sin excepción por una imagen en negro a modo de frontera entre unas y otras, diluye su historia de regusto noir al entrar en contacto con la verborrea que parece poseer a los dos hombres, tan contrapuestos en su aspecto físico como en su forma de ver y estar en el mundo, entre los que pivota el film de Nolan.

Pues si Cobb se cuela en apartamentos ajenos con la mala intención de hacerse con algunos artículos personales mientras retrata para sí mismo las vidas de sus moradores en ausencia de estos, el anónimo protagonista sencillamente absorbe la información lanzada por Cobb… siendo igualmente manipulado por este con una serie de intenciones que convierten la estructura de Following -que para más inri y como decía es la de un protagonista prestando testimonio ante un agente de policía (John Nolan)- en un juego de muñecas rusas en la que el paso de una secuencia a la siguiente varía por completo el sentido del conjunto del film, entrando casi siempre en contradicción con el saldo dejado por la escena precedente. Así, y de forma poco disimulada, Cobb actúa como demiurgo y maestro de ceremonias seguro de sí mismo, mientras que el mucho más pasivo y apocado protagonista, que recoge la información dosificada y sesgada por su amistoso y paternalista Némesis con americana y corbata, actúa como guía del  público por los vericuetos argumentales de Following, poniéndose en el manipulable lugar del espectador. Dicho de otra forma, la de Nolan no es sólo una película alrededor de una pareja de ladrones más o menos expertos en el engaño y las apariencias que se va enturbiando lentamente sino, a un nivel situado inicialmente en lo más profundo pero muy pronto puesto ante los ojos del espectador de puro evidente, un ejercicio cinematográfico alrededor de la construcción de historias, identidades o ya directamente y haciendo confluir todo lo anterior, una narración cinematográfica[2]. Una película como construcción ficticia que el joven protagonista de Following a duras penas organiza ante la policía -y el público- y que Nolan arma a partir de una voz en off que, impresa sobre un conjunto de imágenes tan descontextualizadas como las descritas al inicio de esta entrada, dota de sentido a un conjunto constantemente cuestionado por numerosos giros argumentales o revelaciones inesperadas por parte de los personajes que ponen en solfa, y casi siempre de viva voz, todo lo planteado en el film hasta ese momento.

Esta cualidad, la de naturaleza de película hablada de la opera prima del director, resulta inicialmente antipática por su tendencia al  subrayado, pero poco a poco y debido a esa tendencia a desmantelar lo que se considera la verdad como un discurso imposible de aprehender en una narración -ya sea policial y a modo de testimonio o puramente cinematográfica- que por serlo es fruto de una manipulación, resulta también bastante efectiva. Numerosos montajes en paralelo de algunas secuencias situadas en momentos cronológicamente diferentes con el protagonista como centro, subrayan la condición de discurso prefabricado y organizado desde un narrador que intenta evidenciar su inocencia justificando su impotente lugar en la trama, su papel de medio a través del cual el público -quizás personificado en el policía que interroga al protagonista- recibe el mensaje manipulado por Cobb igualmente sesgado por el narrador. Así, e intentando soportar los bandazos de una narración que el protagonista organiza ante nuestros ojos sin por ello poder controlar los opacos resortes que la impulsan y que son patrimonio, verdadero o falso, del maquiavélico Cobb, Following perturba su linealidad y se dedica a saltar de un lado a otro de una línea del tiempo contenida entre el instante en el que el protagonista comienza a seguir a Cobb hasta que finaliza su testimonio ante la autoridad policial, siendo este último el momento desde el que se narra, concluye y crea todo lo anterior.
Probablemente por eso, el protagonista mostrado por un Nolan con mucho en común con Cobb por su papel de director de Following, pone en primer término los enredos de una trama en perpetuo cambio de sentido, en constante juego de apariencias que dan lugar a nuevas variaciones en un suma y sigue que nunca se detiene, pero que pone en primer lugar la pretendida inocencia del narrador en base a revelar la manipulación que le hace parecer culpable por engaño.

Así, Cobb se presenta como un pudiente hombre de negocios que transgrede a conciencia la imagen de ladrón de poca monta que por otro lado sí tiene un protagonista sin más atributos que los que pueden contemplarse en su desvencijado apartamento[3], la misteriosa amante del protagonista (Lucy Russell)  aparece por primera vez en la barra de un oscuro bar según los más prototípicos resortes del cine negro en el que Following se inscribe hasta cierto punto y siempre desde la deconstrucción, engañando al que asegura es su marido (Dick Bradsell) al abofetear al anónimo narrador para tranquilizar los celos que despierta en el mafioso que cualquier hombre intente hablar con su mujer... y durante los escasos setenta minutos de metraje se suman los engaños de poca monta, los equívocos, los cambios de nombre, los análisis interesados de fotografías y rastros personales siempre como modo de justificación de actos criminales, y las confusiones igualmente indemostrables pero convertidas en dogma por el aplomo verbal de Cobb. Bajo este punto de vista, resulta bastante reveladora en este aspecto la secuencia en la que la pareja de ladrones irrumpe en el hogar del protagonista, que deja hacer a su compañero de fatigas haciéndole creer que están entrando en casa de un desconocido, retándolo a que haga su enésimo retrato sobre el propietario del roñoso inmueble. Y el dictamen es desolador: ante sus propias narices, el joven narrador es defenestrado como alguien que pretende ser un escritor pero que no lo es en absoluto, como un hombre sin autoestima y un solitario con escasas posibilidades de abandonar su lamentable condición, que a pesar de todo resulta casi inadvertida (o inaceptable) para el protagonista anónimo. Todo, desde la trama con aroma estético y argumental propio de un género tan proclive al engaño y la manipulación como el noir, hasta las motivaciones de todos los personajes que no sean el propio protagonista, que no en vano aspira a ser un escritor y por tanto un creador de ficciones, remite a una serie de arquetipos que devienen inesperados disfraces de hombres y mujeres de intenciones distintas a las esperadas, creadores a su vez de una identidad propia que poco a poco se despliega -y se oculta- ante los ojos del público.

Consecuentemente, Following se plantea como una película cuya narración, así como todos los elementos que la conforman, se construye ante los ojos de un espectador, último voyeur engañado de un film en el que abundan personajes que observan a los demás creyendo saber sin ser conscientes de estar asistiendo a un montaje, sin conocer jamás lo verdadero de sus intenciones pero construyendo una serie de inevitables juicios de valor y de puntos de vista que se despliegan una y otra vez siendo siempre puestos en duda, mostrándolos como sospechosos cuando no directamente cuestionables de forma puramente expositiva.
Pero, y pese a lo nada desdeñable de sus ambiciones teóricas o de fondo, el film de Nolan  anda algo más falto de ambiciones en su plasmación formal: la verborrea que espolea tanto la historia como los personajes trufada en muchas ocasiones de sentencias lapidarias o su bastante lograda siembra de la duda en lo que se refiere a un grupo de personajes y el mundo que los rodea basados antes en lo que parecen ser, que en lo que realmente son, así como sobre su condición de narración como sinónimo de verdadero, choca frontalmente con un envoltorio estético algo desmañado y deudor de muchos de los lugares comunes del cine independiente más artístico. Su cromatismo en un áspero blanco y negro impreso en unos graníticos 16 milímetros, relativamente capaces de ocultar bajo una pátina arty la pobreza de medios en general[4] y la dirección de  fotografía en particular, o la comentada incontinencia verbal con esporádicas pero antipáticas tendencias al subrayado, ralentizan considerablemente el ritmo de esta paradójicamente muy corta Following. Por otro lado, un uso del montaje bastante hábil cuando se trata de sembrar la duda alrededor de lo narrado mostrando acontecimientos que aún no han tenido lugar pero que tiñen de fatalismo las secuencias referidas al tiempo presente de la narración de Following poniendo en alerta al espectador, o algunas escenas de planificación más clásica pero también más efectiva para evocar ese juego de espejos que se contemplan y espían los unos a los otros y de los que el espectador de la película supone el último destinatario, suponen las mejores bazas formales de un film que alcanza sus más complejas cotas en un fondo muy por delante de su competente, aunque algo desabrido, envoltorio formal.
De este modo, y jugando con componentes de considerable potencial  teórico y filosófico, Following no abandona sus modestas pretensiones audiovisuales para abrazar una mucho más amplia vertiente teórica, muy interesante por sí misma y con una lógica  intachable que acerca la narración de la opera prima de Christopher Nolan a la autodestrucción, mostrando que lo único verdadero es que todo en ella, en una tesis que desborda los límites de la pantalla, es mentira. O peor aún, que podría serlo.

Título: Following. Dirección y guión: Christopher Nolan. Producción: Christopher Nolan, Emma Thomas, Jeremy Theobald. Dirección de fotografía: Christopher Nolan. Montaje: Gareth Heal y Christopher Nolan. Música: David Julyan. Año: 1998.
Intérpretes: Jeremy Theobald (Narrador), Alex Hawk (Cobb), Lucy Russell (Mujer rubia), John Nolan (Policía), Dick Bradsell (Hombre calvo).


[1]Nacido en Londres el 30 de julio de 1970 de padre inglés de profesión publicista y madre norteamericana que ganaba el pan como azafata de vuelo, la infancia de Christopher Nolan, el que a día de hoy probablemente sea el más taquillero de los miembros del enésimo Nuevo Hollywood, transcurrió entre su ciudad natal y la norteamericana Chicago siendo poseedor de ambas nacionalidades. A los siete años de edad empezó a manufacturar sus pequeñas películas mediante la cámara de 8mm. de su padre, lo que supuso el germen de la decisión de ser cineasta que tomó tan sólo cuatro años más tarde. Nolan asistió al Haileybury and Imperial Service College y cursó sus estudios universitarios de filología inglesa en la UCL (University College London), que eligió por la facilidad que ofrecía a sus estudiantes interesados en el cine y lo audiovisual recursos como cámaras de 16mm. o una sala de montaje. En compañía de su novia Emma Thomas, productora de algunos de sus filmes como este Following, proyectaría algunas películas en la escuela ganándose un dinero que posteriormente invertiría en producciones más pequeñas que filmaría en 16mm. durante sus vacaciones estivales. Nolan rodó dos cortometrajes en sus años universitarios: Tarantella en 1989, y Larceny en 1995, este último considerado uno de los mejores cortometrajes salidos de la UCL. Finalizados sus estudios, Nolan dirigió videos corporativos y, mientras intentaba levantar su primer proyecto en el mundo del largometraje, dirigió un nuevo cortometraje: Doodlebug. Un año más tarde, en 1998, por fin reuniría los fondos necesarios (y propios) para llevar a cabo la primera de sus películas, de la que se ocupa esta entrada, bien recibida por la crítica y otorgando a Nolan el crédito suficiente para llevar a cabo su segundo film de mucho mayor repercusión y película de culto. Fue con Memento, un proyecto acariciado por Nolan desde el 1997 en que su hermano Jonathan escribiese una primera versión del guión titulada Memento mori, cuando Nolan alcanzó el siempre movedizo status de pequeña celebridad entre la cinefilia. Con un presupuesto de cuatro millones de dólares y protagonizada por caras tan relativamente conocidas como las de los intérpretes Guy Pearce o Carrie Ann-Moss, la estupenda Memento basaba gran parte de su efectividad en su estructura, comenzando por su final hasta alcanzar su principio, y su narración montada sobre los hombros de un hombre sediento de venganza pero incapaz de conservar un recuerdo en la memoria durante más de unos minutos. La muy considerable repercusión crítica del film abrió las puertas de Hollywood a Nolan, y más concretamente las de Warner Bros, para llevar a cabo un remake de un film noruego llamado Insomnia. Sin haber visto este film original en el que se inspira el film de Nolan Insomnio, no sólo supone la integración del realizador en un tejido industrial y un estilo narrativo más convencional, también la que a día de hoy es una de sus mejores películas, y quizás debido a esa convencionalidad también una de las más injustamente ninguneadas. Tenso thriller protagonizado por Al Pacino, Rob Williams y Hillary Swank y dotado de un amplio presupuesto de 50 millones de dólares, consiguió aunar las buenas impresiones de la crítica con un respetable papel en las taquillas de todo el mundo. Así, y después de descartar un biopic de Howard Hugues protagonizado por Jim Carrey debido a un proyecto sobre el excéntrico millonario que Martin Scorsese cristalizaría en 2004 con la excelente El aviador, Nolan se embarcaría en la que sería la primera pieza de la jugada maestra de su carrera: Batman begins. Recogiendo la pelota lanzada por Warner Bros, que pretendía relanzar la imagen del hombre murciélago tras los bandazos dados por las dos últimas películas sobre el personaje consensuados casi por unanimidad y firmados por Joel Schumacher, un Nolan enamorado del personaje aceptó el encargo como un regalo que devolvería al superhéroe de DC la dignidad que se le presuponía antes la divertidamente hortera Batman forever y sobretodo de la risible y bastante desafortunada Batman & Robin. El resultado, con Christian Bale a la cabeza de un impresionante reparto recitando convincentemente unos diálogos que ya anunciaban la antipática tendencia del cine del realizador a la sobre explicación y unas pretensiones que ocasionalmente caen en la pedantería, fue toda una sorpresa en el 2005 de su estreno. Saludado por muchos como el inicio de una nueva era en el cine que adapta superhéroes del cómic, la película fue ensalzada por gran parte de la crítica y fue un éxito de taquilla. Estupenda como película de acción (cuyas escenas, como siempre en lo que se refiere a este realizador, serían filmadas por un Nolan que jamás delega el rodaje de las secuencias de acción en una segunda unidad inexistente en toda su filmografía)  aunque algo hinchada en sus pretensiones y, como algunos la llamaron acertadamente, filosofía de supermercado, la épica del film funcionó y cuajó en un público que recibió con los brazos abiertos el siguiente proyecto del realizador un año más tarde. El truco final, de nuevo con Christian Bale como protagonista acompañado esta vez por Hugh Jackman interpretando a una pareja de magos rivales que se enfrentan para lograr el mejor y más aplaudido truco de magia posible, suponía un retorno de Nolan a terrenos si no mejores, sí más sorprendentes que en sus dos películas anteriores. Contando además de con la presencia de Bale, con algunos otros actores como Michael Caine aparecidos en filmes anteriores, y inspirándose en la novela original de Christopher Priest El prestigio, El truco final supone un buen entretenimiento algo inflado pero bastante interesante en algunos de sus aspectos, además de prolongar algunos de los temas que poco a poco están conformando el cuadro de constantes temáticas del cine de su realizador. En cualquier caso, y pese a las buenas críticas y acogida comercial, El truco final sería prontamente eclipsada por la película más famosa de su realizador, amén de un enorme éxito de crítica y público. Fue con la segunda entrega de la trilogía inaugurada por Batman Begins y que tocaría su techo con la celebérrima El caballero oscuro, film tremendamente irregular, excelentemente interpretado, y mucho más controlado y pulido que su precedente alrededor del hombre murciélago. Algo estirada en su metraje, y muy dada a entonar las más engoladas lecciones vitales y éticas, en algunos casos de dudosa validez pese a la rectitud moral que se autoatribuyen, El caballero oscuro supone pese a todo una entretenidísima película que definitivamente demostró que una visión diferente (y que cada uno decida si mejor o peor) del cine superheroico era posible dentro del engranaje industrial hollywoodiense. Muy aplaudida aunque también, y en menor medida,  muy criticada por algunos sectores de la crítica y el público que la acusaba -no sin algo de razón pese a sus numerosas virtudes- de pedante y sobredimensionada, supuso un sorprendente taquillazo estival en el 2008 de su estreno que puso el nombre de Christopher Nolan a la cabeza de la nueva generación de directores salidos del Hollywood actual considerados autores, tan rentables como personales, amén de asentar definitivamente algunos de los rasgos más característicos del cine de su autor. Con el crédito logrado gracias a El caballero oscuro, Nolan se embarcaría en una empresa aún más ambiciosa: Origen, protagonizada por Leonardo Di Caprio en el año 2010, supuso la incursión del realizador en la ciencia ficción más o menos filosofica. Algo embarullada, y con unas ínfulas no siempre satisfechas por el resultado final, Origen resulta interesante y coherente dentro de la carrera del director (además de mantener numerosos puntos en común con Following, como se explicará en una nota al pie más adelante), pero su desmesurada ambición le juega a la contra haciéndola algo cansina en su visionado. Aunque supone una maravilla si la comparamos con el broche final de la llamada Trilogía del caballero oscuro, titulada entre nosotros con el rimbombante El caballero oscuro: la leyenda renace, película hinchadísima en sus pretensiones, que tras una nada desdeñable primera mitad llena de temas interesantes no siempre bien llevados pero capaces de sostener el film y cubrir relativamente los boquetes de un guión que se pierde demasiado en grandes palabras y lecciones ejemplarizantes, se precipita en el sinsentido más apabullante. Antipáticamente mesiánica, muy irregular y en ocasiones hasta absurda en su incapacidad para seguir su propia lógica rozando ocasionalmente el ridículo, El caballero oscuro: la leyenda renace supone en cualquier caso una película muy acorde en algunos de sus aspectos a la visión que Nolan parece tener, a día de hoy, del lenguaje cinematográfico y sus posibilidades.

[2]Esta es una de las constantes del cine de Christopher Nolan que, como muy bien dijeron algunos críticos y analistas en su día, pueden apreciarse en Following y sumarse a sus virtudes como primera muestra de una serie de elementos que se repiten y se desarrollan, con contadas excepciones, en la filmografía del director. El rastro de esta cualidad de narración deconstruida que puede verse en Following, o de realidad (e identidad) en constante cambio y reformulación, es rastreable de forma muy plausible en Memento o, sobretodo, en Origen. Es probablemente esta última, curiosamente la única película de Nolan junto con Folllowing con un guión exclusivamente firmado por el director, la que más elementos tiene en común con la película que nos ocupa en esta entrada: empezando por el nombre de Cobb, que comparten dos de sus personajes principales interpretados por Alex Hawk en Following y Leonardo Di Caprio en Origen, la manipulación de un entorno (habitaciones en una película, los sueños en la otra) para reconducir la vida y decisiones de los inconscientemente afectados. Esta manipulación, que en ambas películas es también fruto de una narración que se construye y modula por voluntad de algunos de los personajes, toma visos más fatalistas en películas como El truco final, sustentada sobre la noción de la ilusión como engaño o en El caballero oscuro, en la apocalíptica figura del Joker excelentemente interpretado por el difunto Heath Ledger, que manipula todo y a todos fingiendo ser un lunático mucho más destructivo de lo que pueda parecer inicialmente y, más aún, engañando a todo el mundo para sus propios fines y convirtiéndose en el auténtico impulsor de una trama, y a punto de convertirse en el demiurgo de una realidad que funciona a su imagen y semejanza, de la que el hombre murciélago y toda la ciudad de Gotham cumplen la función de rémora. En ésta película, y desarrollando la capacidad de crear un personaje a conciencia planteada en Batman begins, encontramos otra de las constantes del cine de Nolan, la creación de una identidad cimentada en una narración, que en lo que al Joker se refiere fructifica en las numerosas ocasiones en que se inventa un nuevo origen que explique la terrible mutilación de su rostro en forma de macabra sonrisa hecha de pura cicatriz, pero también se da al final del film, con una nueva mentira -en esta ocasión pergeñada para engañar a los habitantes de Gotham y que así no pierdan su fe- que convertirá a Batman en un paria perseguido por la policía y mantendrá a la noble imagen de Harvey Dent a salvo de su verdadero y dividido yo Dos Caras… Una nueva y falsa narración que creará una nueva identidad y a partir de ahí una nueva realidad, tal y como le ocurría, aunque de forma inconsciente, al amnésico protagonista de Memento, se acariciará en Insomnio, será la base de Batman begins y uno de los peores momentos, por tremendamente incoherente, de El caballero oscuro: la leyenda renace. En este último film, la autoridad del malvado de turno, en este caso el gigantesco Bane, se verá primero ensalzada por su leyenda, que asegura que logró salir de un pozo prisión en medio de ninguna parte y así probó su fortaleza, para luego ser cuestionada hasta cambiarla por completo. La primera vez que alguien le comenta a un dolorido Bruce Wayne -encerrado en el mismo lugar que Bane por este último, como condena por ser Batman- la leyenda de Bane, Nolan ilustra sus palabras con las imágenes de un niño (que se supone es Bane) escapando del lugar… pero más avanzada la trama, otro personaje aporta una nueva luz a la historia, siendo de nuevo mostrada por Nolan pero siendo interpretada por el espectador de una forma muy diferente, a la luz de la nueva información disponible. No es de extrañar, visto lo visto, que gran parte de los filmes de Nolan tengan un final abierto, basándose por experiencia en que lo que parece real muy probablemente está a punto de dejar de serlo. Otros elementos que se repiten por aquí y allá, entre otros muchos que a buen seguro no he sabido ver, son los personajes que se creen antitéticos pese a ser muy parecidos y que se ven enfrentados por un mismo fin: el Narrador y Cobb, el policía y el asesino de Insomnio, los dos magos enfrentados en El truco final, Batman y Joker o incluso Harvey Dent y Dos Caras, son dos caras de una misma moneda de las cuales una de las dos mitades, por lo general la más constructiva, se niega a ver la relación que guarda con la otra, la destructiva que no sólo ve la relación entre ellos sino que además disfruta forzándola y torturando a su Némesis con ello. Y por último, y ya termino, existe en el cine de Nolan, además de sus tendencias verborreicas e hiperexplicativas que a veces parecen querer que sus espectadores se sientan muy inteligentes tratándolos como si fuesen niños al no dejarles el más mínimo margen para pensar o interpretar por sí mismos o su aprecio por temas éticos y antropológicos no siempre bien tratados, un muy curioso pero también muy repetido papel de la mujer como impulsora de tramas… y más especialmente, de la mujer muerta. El protagonista de Memento, el mago interpretado por Hugh Jackman en El truco final, el Bruce Wayne que decide ser definitivamente Batman en El caballero oscuro y se reafirma como tal en El caballero oscuro: la leyenda renace, o el Cobb interpretado por Leonardo DiCaprio en Origen (sobre la madre del pequeño Bruce Wayne en Batman begins corramos un tupido velo, que tampoco hay que exagerar) son todos hombres no sólo lógicamente traumatizados por la pérdida de sus respectivas parejas femeninas, sino que prácticamente han construido sus identidades a partir de dicha pérdida, así como Nolan construye sus tramas a partir del mismo punto. Las mujeres vivas que acompañan a los torturados antihéroes de Nolan sirven otro propósito: el de hacerlas avanzar y modular la percepción de sus protagonistas: los personajes encarnados por Carrie Ann Moss en Memento, Ellen Paige en Origen, Scarlett Johannson en El truco final, o la imponente Marion Cotillard en El caballero oscuro: la leyenda renace, perfilan y hasta crean una realidad por la que los personajes masculinos transitan generalmente divididos entre su obsesión por una mujer fallecida y la creativa presencia de otra viva. La mujer rubia de Following, que en su caso antagoniza narrativamente la anciana asesinada que detona la acción aunque ni el protagonista ni el público lo sepan hasta bien avanzada la trama, pertenecería a este último grupo, un rasgo en común más del cine de Christopher Nolan con algunos de los lugares comunes de lo gótico o del noir literarios y cinematográficos.

[3]Que curiosamente, y pese a que aún faltaban unos años para que Nolan pudiese siquiera soñar con ponerse al mando de Batman begins, tiene en la puerta ¡un emblema de Batman!. La casualidad ya hace notar la afición de Nolan por el personaje de DC que le reportaría, gracias al éxito de la primera entrega, la posibilidad de llevar a cabo la Trilogía del Caballero oscuro, que para muchos (aunque no para el que firma) supone la visión definitiva sobre el personaje en lo que a sus adaptaciones para la gran pantalla se refiere. A modo de curiosidad, apuntar que antes de que el relanzamiento del hombre murciélago propuesto por la Warner cayera en manos del director de Following el Batman del nuevo milenio fue muy acariciado por el realizador Darren Aronofsky, quien desarrolló una posible adaptación del personaje en una edad avanzada, y que estuvo a punto de llevarse a cabo y ser protagonizado por ¡Paul Newman!

[4]Pagada parcialmente por Nolan de su propio bolsillo y con un presupuesto exiguo que fue completado por Emma Thomas, pareja del realizador, y Jeremy Theobald, actor protagonista del film, Following tuvo sin embargo y a decir de su máximo responsable un rodaje “extremo”. A fin de abaratar costes durante los tres o cuatro meses de rodaje, Nolan ensayaba a la mínima oportunidad para lograr que el día de rodaje, que generalmente era los sábados debido a que los escasos miembros del equipo trabajaban de lunes a viernes, la toma definitiva fuese la primera o, como mucho, la segunda. Las localizaciones, muchas de ellas lugares públicos, fueron tantas como amigos del realizador que aceptaron que se rodara en sus apartamentos. La madre del director se encargaba del catering y el vestuario era prestado por todos los implicados en Following, cuya iluminación se hacía a salto de mata y aprovechando los lugares en los que se filmaba. La producción, incluyendo rodaje y posproducción, de Following abarcó el total de un año y su presupuesto alcanzó la modestísima cima de 3000 libras.