viernes, 13 de diciembre de 2013

BATMAN


Una familia formada por padre, madre e hijo es asaltada en un oscuro callejón de la degradada urbe Gotham City. Pese a las amenazas, las armas y los golpes que dejan inconsciente al cabeza de familia y paralizada por el miedo a la madre del niño, los atracadores huyen sin derramar sangre, ajenos a la presencia que los vigila sigilosamente desde las alturas y que no tardará en caer sobre ellos como violenta mano justiciera.
Esta escena inicial, que juega a dar gato por liebre a los seguidores del cómic original de Bob Kane, abre la adaptación a la gran pantalla del turbio superhéroe que le da título[1]. Batman, dirigida por un incipiente Tim Burton en 1989, supuso en su día la culminación de un proceso industrial conformado por un sinnúmero de negociaciones, bailes de nombres de  posibles directores, actores y derechos de autor, que cristalizarían en un premeditado blockbuster, un producto manufacturado con la intención de hacer saltar por los aires todo lo dicho hasta entonces sobre recaudaciones de taquilla buscando ponerse en boca de todos gracias a una exhaustiva campaña publicitaria[2]… y que, vista en perspectiva y sin invalidar lo anterior, supuso la muestra de una personal autoría aún por solidificar.
Fuere como fuere y considerando el film de Burton por sí mismo y más allá de toda consideración más (desde una perspectiva mercantil) o menos (desde un punto de vista autoral) extracinematográfica, Batman supone el retrato de un superhéroe enmascarado  cuyo indudable sentido de la épica no logra ocultar los numerosos y gozosos claroscuros que la conforman y le dan razón de ser como película dramática que soporta un magnífico espectáculo sobre sus hombros.

Así como los créditos iniciales del film suponen un abstracto, por descontextualizado, paseo por las sombras que se esconden dentro del propio emblema de Batman, la afectada figura del superhéroe huérfano y vengativo (excelentemente interpretado por Michael Keaton) es tratada por Burton como parte complementaria de su Némesis natural: el desfigurado, tanto en su exterior como en su interior, y bufonesco Joker (un perfecto Jack Nicholson).  Personaje surgido de las calcinadas cenizas de Jack Napier (Nicholson), mano derecha del más poderoso líder de la mafia de la ciudad, que se precipita en un tanque lleno de ácido corrosivo en su primer encuentro con el hombre murciélago, quedando brutalmente desfigurado y condenado tras una perenne sonrisa a ser un chiste ambulante del que siempre será el último en reírse, obsesionado con vengarse del hombre enmascarado que lo ha hecho como es ahora. Por el contrario, Batman lleva una doble vida como diurno plutócrata que responde al nombre de Bruce Wayne (Keaton), huérfano a muy corta edad durante el transcurso de un atraco que le hizo reorientar toda su fortuna en una personalista guerra contra el crimen.
La lucha a muerte entre ambos, mostrados en múltiples ocasiones como personajes muy similares pero a lados opuestos del status quo -y, muy relativamente, de la ley- y una particular visión del mundo, supone el cuerpo principal de este Batman, oscuro tanto visualmente como en un fondo que se beneficia sobremanera de un guión considerablemente abstracto más expositivo y sugerente que explicativo[3]. Un libreto cuyos numerosos agujeros en cuanto a la lógica del relato se refiere son hábilmente cubiertos en la mayoría de ocasiones (aunque no en todas, como en lo que a la gris y mecánica subtrama romántica se refiere) por el envoltorio visual de un film que hace creíble lo imposible y extrae relaciones simbólicas, impensables en un contexto más realista, gracias a su magnífico y operístico sentido de la irrealidad.

El colosalismo visual del film de Burton, de un barroquismo que aúna los lugares comunes visuales del cine negro, el fantástico, el horror y el goticismo sin distinción de continuidad crea un mundo con nombre de ciudad. Una Gotham City situada en un instante histórico indeterminado dentro del siglo XX, un lugar tan oscuro y lleno de imposibles sombras y ocre cromatismo que la figura de un hombre enmascarado y siempre oculto en las sombras dispuesto a castigar el crimen resulta menos llamativa que la de un payaso asesino al mando de la mayor organización criminal que consume la ciudad reconvertida en su particular taller artístico. Vista así, Gotham city resulta no sólo un buen hogar para un superhéroe que se encuentra como pez en el agua en sus áreas más oscuras, ya sean físicas como medio de ocultación o morales como violento modo de vida, en las que desatar su siempre incompleta venganza, sino que también parece ser el caldo de cultivo perfecto en el que alguien con las enfermizas características de Batman encuentra terreno abonado para su existencia. Por el contrario, y en el film gracias a la buena labor de Burton y su equipo, la exhibicionista figura del Joker acaba siendo la que más y mejor representa la del marginado y outsider que el hombre murciélago parece querer para sí como alma torturada escondiéndose en las tinieblas.
Siempre enfundado en coloristas atuendos, de tez blanca, labios pintados resiguiendo su artificiosa sonrisa y pelo verde, el Joker acaba por ser la verdadera figura trágica del film de Burton: un ser incomprendido, reprobable por lo homicida de su conducta pero patético en su sufrimiento, incapaz de traspasar su paradójicamente sonriente deformidad. No resulta extraño que Burton parezca sentir mayores simpatías por el antagonista de su película que por el protagonista que le da nombre, haciendo de este último un personaje harto cuestionable en su monstruosidad normalizada, siendo uno de los aspectos en los que Batman deja intuir más de lo que acaba mostrando en su resultado definitivo, algo empantanado por su lograda naturaleza de entretenido producto mercadotécnico. Si el cuestionable, por fascistoide, sentido de la justicia de Batman es puesto en entredicho por su alegalidad y lo expeditivo de sus métodos -puestos a la vez en entredicho por la trepidante espectacularidad del film- la maldad de Joker se ve subrayada por la cualidad integrista de su modo de ver el mundo. De este modo, el archienemigo del hombre murciélago levanta compasión y sonrisas cómplices como contrapunto cómico que oxigena el adusto narcisismo del traumatizado superhéroe, hasta que su anarquista figura se oscurece al ofrecerse no sólo como obra de arte viviente y, según sus palabras, artista homicida, sino en ver el mundo que le rodea y aquellos que lo habitan como lienzos en blanco dispuestos a ser reformados a contracuerpo y a deformada imagen y semejanza del histriónico personaje interpretado por Jack Nicholson… No por casualidad, cuando Joker conoce por fin y en persona a su amada Vicky Vale (Kim Basinger), le espeta condescendiente que su innegable belleza es “algo anticuada” respecto al futuro que para el Joker sólo es sinónimo de la muerte y deformidad que él mismo representa.

Siendo este uno de los elementos más interesantes apuntados por el film de Burton, su escueto desarrollo dramático o teórico en cuanto a lo artístico de las actividades terroristas de Joker no deja de lado la idea narrativa que late como objetivo último del sonriente asesino: que todo el mundo sea como él, nuevo y narcisista paradigma de la belleza. Objetivo que, bien mirado, no se halla muy lejos del que parece haber alcanzado el héroe enmascarado desde preceptos menos invasivos para con los ciudadanos de Gotham.  Si este último es un hombre que se vale de las sombras que ya existían en la ciudad para fundirse y confundirse, otra vez tanto en lo físico como en lo moral, con ellas, Joker pretende hacer de Gotham City un lugar en el que alguien como él deje de ser considerado un monstruo. O por decirlo de otro modo, mientras Batman respalda al status quo imperante mediante una violencia que castiga, pero difícilmente previene haciendo de su figura algo imprescindible en aras de un determinado orden, a los criminales, Joker se enfrenta rebeldemente al orden del mundo y a su máximo representante; el héroe enmascarado que parece posar en cada una de sus apolíneas apariciones sin que ello resulte, muy significativamente, llamativo. No parece casual que uno de los mantras del dionisiaco enemigo número uno de Gotham City haga referencia a lo espurio de su existencia, que combinado con su obsesión necrófila, como una extensión de sí mismo en un mundo en el que no se ve reflejado, lo convierte en un muerto viviente consciente de su fragilidad, que no deja de ser la de todos. Joker parece verse a sí mismo como un residuo tan tóxico como el que introduce en productos cosméticos cuya combinación provoca la muerte en aquellos que los usan, dejando en sus rostros inertes un rictus sonriente muy similar al del líder criminal y, más aún, como un muerto en vida que no pertenece al mundo por el que moran los ciudadanos de Gotham… y que precisamente por ello es libre (¿como Batman?) de toda atadura social, moral o humana. Todo lo contrario a un superhéroe que, ya desde su alter-ego Bruce Wayne, es medianamente aceptado por la opulenta y muy desigual sociedad que le ha dado a luz y que él mismo se dedica a perpetuar tras su negra máscara de orejas puntiagudas que lo asemejan a un demonio… Con lo que la guerra de un solo hombre, maquillado como un payaso y con un sentido del humor psicótico contra el mundo que lo rodea y lógicamente lo condena por su violencia parece condenado al fracaso por lo descompensadas que se presentan las fuerzas en juego. O por decirlo de otro modo, Batman está predestinado a la supervivencia como lo está lo que lo rodea, un mundo en el que mejor que peor encaja, pero Joker, al contrario, está condenado a ser expulsado por una realidad que ni lo entiende ni refleja sus sentimientos ni su desquiciada forma de pensar. Todos estos elementos, más intuidos que concretados en el mapa de un film que siembra ideas que como estas se intuyen más de lo que cristalizan en su algo embarullado y trepidante conjunto, dan una idea de lo que Batman podría haber sido de haberse concebido como pieza de cámara, pero que se diluyen, y no necesariamente para mal, en un conjunto basado antes en la emoción que en una reflexión algo ninguneada por el apabullante espectáculo visual del film de Burton, aunque nunca ausente por completo.

Los fastos de la excelente dirección artística y decorados de Anton Furst, tan artificiosos como imprescindibles para hacer creíble el campo de batalla más o menos simbólico entre Batman y Joker, algunos toques de humor de estética propia de dibujos animados,  la rimbombante y portentosa banda sonora firmada por Danny Elfman -con la esporádica colaboración del cantante Prince[4]- y un magnífico trabajo de planificación del realizador, muy especialmente en los tiempos muertos (pero dramáticamente más vivos) existentes entre escena de acción y escena de acción, hacen de Batman un espectáculo de primer orden tan aparentemente teledirigido como producto industrial como honrosamente peleado por un realizador cuyo sentido de la magia cinematográfica crea un elemento indispensable para su película, ya sea en el terreno más quietamente introspectivo o en el más dinámico: una atmósfera.
Atmósfera, repleta de detalles de puesta en escena que enriquecen disimuladamente el conjunto, que logra evocar misterio hasta en sus instantes narrativamente más gratuitos y soslayar hasta cierto punto algunos de los más evidentes boquetes en la lógica narrativa del guión. Y en este aspecto, el talento de Burton para pergeñar las sensaciones más ambivalentes rescata de lo risible el envejecimiento que achacan sus agradablemente añejos pero algo inocentes instantes que hacen referencia al mundo del crimen y el periodismo, lo desangelado de algunas escenas de acción que se dirían encajadas con calzador, y de la peor convencionalidad peajes mercantiles en el desarrollo de la historia gracias a imágenes tan hipnóticas como el cadáver de un Joker del que no dejamos de escuchar una mecánica risa mientras nos contempla inerte con los ojos abiertos, o el viaje y posterior entrada del batmóvil en la batcueva como un lugar fuera del tiempo del que nunca se verá la entrada ni la salida y en el que aparece la mejor elipsis del film, aquella en la que Batman alza su capa y aparecen unos imposibles murciélagos invadiendo la pantalla… instantes que catapultan Batman más allá de su aparente condición de película de acción para lanzarla al terreno de lo fantástico y lo terrorífico. Buenas muestras de esto último son sin duda la “operación” de cirugía plástica llevada a cabo en un mohoso sótano y que completan la conversión de Jack Napier en Joker, siendo esta escena una articulada mediante una planificación ejemplar que reserva para otra posterior mostrar el nuevo aspecto del criminal que abandona el lugar a oscuras, tras romper un cristal y estallar en enajenadas carcajadas, la extraña forma de dormir de Bruce Wayne, boca abajo y con los brazos cruzados como un murciélago… O la primera aparición de Batman, cuyo sentido de la teatralidad que encaja con naturalidad en un entorno tan artificioso como la ciudad en la que transcurre la acción, bastante similar aunque mucho menos espontáneo, recuerda al de Joker y es reforzado por un Burton que lo muestra, mediante la planificación, como una amenaza lejana para los atracadores y luego como un ser invencible que se regodea en asustar a los delincuentes. Escenas todas ellas, que no las únicas, dotadas de un atmosférico sentido cinematográfico tan sólido como renqueante en las logradas escenas de acción, tan caóticas como trepidantes, sostenidas por igual por su espectacularidad y el sugerente desarrollo del drama que late bajo la lujosa fachada de Batman como juego de espejos, que hace de cada uno de sus dos protagonistas deformes reflejos el uno del otro como intermitente corriente subterránea que hacen del film de Burton uno dividido en el  que es más interesante lo que deja intuir que lo que más o menos hábilmente muestra sin ambages. Momentos destinados a subrayar ad nauseam los paralelismos entre héroe y villano, como la entrada de ambos en el apartamento de la mujer de la que dicen estar enamorados (pese a que su cometido en la película no deja de ser decorativo) repitiendo exactamente las mismas frases, resultan un tanto forzadas en comparación con su común afición por incontables gadgets, la mentada Vicky Vale o la cena en la que Joker suplanta a Wayne para poder verse con la guapa periodista. Lo que no anula el verdadero nexo de unión, de nuevo sugerido, entre ambos hombres: su naturaleza obsesiva que lleva a Batman a ver el crimen que le hizo quien es en toda la ciudad y otra, muy similar y por parte de Joker, de forzar a los demás a ser como él ya que Gotham City ahora le es tan extraña como lo es él a los ojos de sus habitantes.

Pero es el propio Bruce Wayne, como personaje cuya enfermiza esquizofrenia es rebajada por la convencionalidad estructural de la película, quien deviene el mejor  ejemplo de esta capacidad de Burton para sugerir cierta complejidad psicológica dentro de un conjunto quizás demasiado constreñido en el aspecto dramático del film. El doble diurno de Batman es presentado por Burton no como un hombre astuto que elabora una compleja doble vida bajo la apariencia de un riquísimo hombre de negocios con un plan para acabar con el crimen, sino como un absoluto inútil que sólo sobrevive gracias a la atención de su mayordomo Alfred (un venerable Michael Gough). Tímido, siempre con aire ausente y aparentemente incapaz de llevar las riendas de su propia vida, el Wayne de Burton interpretado por Keaton es un hombre inane que sólo cobra espesor y conciencia al ponerse la máscara tras la que se oculta (o se muestra realmente, como el Joker, en toda su monstruosidad) para aterrar a los maleantes. Esta naturaleza psicótica del personaje, que sólo funciona como matón o siguiendo la pista a criminales pero no  como pudiente civil, reforzada por la incomprendida pero magnífica e inquietante mímica de Keaton tras la máscara[5], encuentra sus apoyos en algunos de los instantes más ambiguos y turbios de la película. El primero de ellos, un auténtico salto al vacío moral por parte de los responsables de Batman, es la escena en que tras ser malherido en la cara por Batman, Jack Napier cae sobre el tanque de ácido que acabará con él y dará luz a Joker. Pero justo antes de precipitarse el mafioso es agarrado por Batman en lo que parece un intento de salvarlo. Es en unos pocos planos, en los que un inexpresivo enmascarado contempla al delincuente a su merced antes de que este caiga definitivamente, donde se produce una duda que jamás llega a resolverse: ¿Napier se escurre por efecto de su propio peso de la mano del supuesto héroe que intentaba salvarlo? ¿O sencillamente Batman cambia de opinión y… lo suelta? La frialdad expresiva de Batman, que no parece inmutarse ante lo que parece el final de la vida del mafioso, hacen temer antes lo segundo que lo primero, abriendo un soberbio -por ambiguo- lamparón en la causa presuntamente justiciera del alter ego de Bruce Wayne. Así, el afable multimillonario de día reconvertido en nocturno revanchista enajenado se aproxima arriesgada y lúcidamente al psicópata, de la mano de un Burton que no acaba de hacer cuajar sus intenciones pero que va sembrando por todo el metraje interesantes semillas de la duda que, pese a todo, acaban siendo estériles en el sólido mecanismo industrial en el que se implantan. Algo más adelante, y llegando al segundo instante que hace pensar en esa película paralela que Batman podría ser pero nunca acaba de concretarse, el film muestra a Wayne viendo y oyendo a Joker invitando a Batman a un “enfrentamiento final” que tendrá lugar durante un desfile orquestado por la propia organización criminal haciendo llover dinero del cielo sobre la miserable ciudad de Gotham, a los pies de Joker como salvador[6]. Terminada la invitación catódica, Wayne congela la imagen que muestra a Joker y en ese instante Burton introduce un conseguidamente irreal flashbacks que muestra al pequeño Bruce Wayne acompañado por sus padres a la salida de un cine, para más tarde mostrar el atraco en el que ambos perderán la vida, dejando a Wayne huérfano y traumatizado. Justo al terminar este hábil segmento, cuyo uso del sonido y la ralentización de la imagen logran un gran dramatismo, Wayne identifica en Joker al asesino de sus padres, y por tanto en el origen del propio Batman. Una determinada forma de entender el cine comercial[7], categoría en la que Batman se integraría sin problemas, aseguraría que efectivamente el Jack que asesinó a los Wayne llevaba como apellido Napier, pero también podría ser, en una posibilidad que será finalmente abortada, que un traumatizado Wayne ve al hombre que dio muerte a sus padres en todo criminal con el que se cruza. Esta posibilidad, que como recién se ha dicho es descartada posteriormente, otorgaría a la primera escena del film, la de cuya descripción abre también esta entrada, una cualidad mucho más obsesiva de lo esperado y haría de Bruce Wayne/Batman un hombre partido en dos que se retroalimenta de sus neurosis como forma de dar rienda suelta a la rabia resultante de haber perdido a sus seres más queridos. Pero la concreción se acaba apoderando de Batman y algo más adelante, Joker confiesa -pese a estar recibiendo una paliza que podría hacer de sus palabras una excusa para tomar algo de aire- haber asesinado a los Wayne años atrás, dando la razón a un Batman tan torturado como su antagonista que asegura que “yo te hice, pero tú me hiciste primero”… llevando el abstracto drama que corroe la figura del superhéroe y su relación con su mortal enemigo a territorios emocionalmente más seguros para el público.

Más aún, las frenéticas escenas de acción que inundan de épica el film de Burton, sitúan a Batman más cerca de la epopeya superheroica que se ve a sí misma con sus claroscuros pero sin cuestionarse por completo, que del miserable retrato que podría haber sido bajo unos parámetros de producción algo diferentes. Afortunadamente ello supone quizás un lastre desde una perspectiva autoral, pero no dentro de una película que funciona muy bien como un elaborado entretenimiento al que sólo cabe achacarle un tramo final tan trepidante como atolondrado es su clímax y el que Burton se esmere más en los momentos dedicados a la descripción de sus personajes que a los numerosos instantes de acción. Sólo hace falta comparar el monumental barullo que supone la excelente secuencia en que Batman literalmente vuela sobre Gotham city a los mandos de su batnave intentando impedir que Joker lleve a cabo su asesinato en masa que convierte a los habitantes de Gotham, hambrientos de dinero, en sonrientes cadáveres que harán de la urbe una ciudad fantasma, y la que presenta al criminal entrando en el museo de la ciudad, representantes de las dos visiones que conviven en la película. La primera, que precede al algo torpe clímax del film[8], es aparatosa, trepidante, ruidosa, dramática y maravillosamente absurda desde todos los puntos de vista; la segunda, mucho mejor planificada y más artística, como consecuentemente ocurre con  casi todas las escenas en las que participa Joker, contiene una energía inocentemente anárquica muy efectiva, que se muestra a modo de macabra coreografía compuesta de cadáveres, un Jack Nicholson en su salsa, e irreverencia artística que no cae en lo gratuito ya que parece articularse alrededor de la forma de entender el mundo de Joker y su desaforado e inmoral sentido del humor. Así, y al igual que Joker decide disculpar un único cuadro del museo -una pintura de Francis Bacon, cuyos inquietantes retratos, de un muy particular bizarrismo visual no podrían ser más del gusto del artístico asesino- de su particular reconversión al nuevo canon estético del que él mismo es su máximo exponente, Burton parece pasárselo mejor, coreografiando formalmente su juerga y sus crímenes, del lado del colorista criminal y su anárquico, peligroso y solipsista sentido de la realidad que del supuesto justiciero, poniéndolo en tela de juicio antes de ceñirse a lo establecido por lo que mandan los rígidos códigos de una superproducción tan entretenida como Batman y desaparecer[9]. Pero parafraseando a Joker a propósito de Batman, interesantísima película de la que por momentos parece adueñarse, podría decirse que el resultado final, trampantojo de cine de personal y soterrada caligrafía y blockbuster al uso, no se sabe si es Arte, pero…

Título: Batman. Dirección: Tim Burton. Guión: Sam Hamm y Warren Skarren sobre los personajes originales creados por Bob Kane. Producción: Jon Peters y Peter Guber. Dirección de fotografía: Roger Pratt. Montaje: Ray Lovejoy. Música: Danny Elfman. Año: 1989.

Intérpretes: Michael Keaton (Bruce Wayne/Batman), Jack Nicholson (Jack Napier/Joker), Kim Basinger (Vicky Vale), Michael Gough (Alfred), Pat Hingle (Comisario Gordon), Robert Wuhl (Alexander Knox), Jack Palance (Grissom).





[1]La primera aparición de Batman en un cómic fue en 1939, en el número 27 de la revista Detective Comics de la mano de dibujante Bob Kane y el guionista sin acreditar Bill Finger. El título de la historieta fue The case of the Chemicals syndicate y el origen del personaje fue explicado seis meses más tarde, cuando el número 33 de Detective Comics ponía en la pérdida de sus padres durante la infancia de Bruce Wayne el origen de Batman. Su aspecto, por otro lado, tuvo un origen cinematográfico: The bat, dirigida por Roland West en 1926, como también lo tuvo el de su archienemigo Joker a partir de El hombre que ríe, el magnífico melodrama dirigido por Paul Leni en 1928 y con Conrad Veidt como deformado protagonista incapaz de dejar de sonreír. En 1940 el personaje se hizo con un tebeo propio en rivalidad con otro mítico personaje del cómic norteamericano: Superman, también bajo el amparo de la compañía DC. Tras muchos vaivenes a merced, como siempre, de la Historia, Batman, el cómic, tuvo sus momentos de gloria y otros en los que pareció caer en el olvido, pero su vida se extendió más allá de las páginas entintadas en formatos tan diversos como los seriales radiofónicos, una tira diaria en la prensa y por último pero ni de lejos menos importante, la serie emitida por la cadena BBC Batman entre 1966 y 1968. Este descacharrante serial televisivo protagonizado por un inolvidable Adam West, alzado con la perspectiva del tiempo a monumento de lo kitsch, popularizó definitivamente al personaje colando en los hogares de Norteamérica una versión del mismo que rozaba la parodia, haciéndola apta para todos los públicos con sentido del humor. Pese a todo, las raíces del Batman dirigido por Tim Burton que nos ocupa remiten de forma consciente más a posteriores versiones del personaje que a los cómics originales. La broma asesina de Allan Moore y Brian Bolland o Batman: el señor de la noche de Frank Miller, surgidas bajo el padrinazgo de la DC y como conmemoración del cincuenta aniversario del personaje, son miradas mucho más oscuras, violentas y complejas que lo que el hombre murciélago había deparado jamás, más próximas en más de un aspecto a la versión cinematográfica de Burton, que no obstante hace aparecer a Bob Kane en un instante del film: como dibujante de la tira cómica del Gotham Globe en el que trabaja el personaje interpretado por Kim Basinger y firmando un dibujo de su puño y letra.


[2]Las primeras tentativas de llevar a cabo una versión cinematográfica más o menos “respetable” (el mentado serial televisivo protagonizado por Adam West tuvo su risible y merecido largometraje en 1966) se remontan a diez años antes del estreno de Batman. En 1979, y tras el éxito de taquilla de la adaptación del cómic Superman, dirigida por Richard Donner, removió algunas de las mentes y bolsillos inquietos de los trabajadores de la DC. La más afortunada de todas fue la de Michael Uslan, que recibió del presidente de la compañía los derechos de explotación exclusivamente cinematográfica del tebeo… y que tuvo la mala idea de cederle el concepto al productor Jon Peters y su socio Peter Guber, que en 1982 y mediante un pacto con la Warner Brothers apartaron a Uslan de toda responsabilidad creativa en el proyecto hasta el punto de que este se enteró de la definitiva puesta en marcha de Batman, la película, a través de la prensa. Peters y Guber empezaron a moverse buscando un capitán de barco que pudiese llevar Batman a buen puerto y dejar un buen saldo si no “artístico”, sí económico. Se cotejaron nombres como los de Ivan Reitman o Joe Dante, y los guionistas iban y venían mientras un joven Tim Burton arrasaba en taquilla en el primer fin de semana del estreno de su segundo film: Bitelchús. Interesados en el joven director, pero a la espera de ver si su particular estilo calaba entre el público, la recaudación del film protagonizado por Michael Keaton fue todo lo que necesitaban los productores para encomendarle el carísimo proyecto al director. Este, a su vez, contrató al definitivo guionista del film Sam Hamm, que alejó el libreto del concepto de “Superman oscuro” que pretendían las altas esferas de la Warner y barajó como posibles protagonistas a Mel Gibson, Charlie Sheen, Bill Murray o Pierce Brosnan, mientras que para meterse bajo la piel de Joker, pasaron por su agenda algunos nombres propuestos por la productora como Steve Martin, Robin Williams o… Peter O’Toole. Keaton se llevó el gato al agua pese a las numerosas quejas de los fans del cómic, y Nicholson, propuesto por el propio Bob Kane, fue aceptado como megalómano criminal sin reservas. Ante la presión que suponía llevar a cabo uno de los proyectos dorados de la compañía, Burton rodó el film en Inglaterra, mientras en suelo norteamericano la Warner ponía en marcha un monumental aparato mediático y publicitario que inundó el globo a base de camisetas, disfraces, batemblemas en todo tipo de refrescos e incluso condones con la intención de recuperar su inversión a costa de la paciencia de la población que acudió en masa a ver un film planteado en su estreno más como un acontecimiento social que nadie debía perderse que como una película.


[3]Todo lo contrario a lo que ocurriría cuando, años más tarde y tras las risibles secuelas dirigidas por Joel Schumacher, Batman Forever  y Batman y Robin, el director Christopher Nolan diera un lavado de cara al hombre murciélago y pusiese en marcha la trilogía iniciada por Batman Begins, seguida de la célebre El caballero oscuro y El caballero oscuro: la leyenda renace. Tres películas excelentemente interpretadas, con sus virtudes y defectos, que pecan todas ellas de un supuesto realismo que a veces hace aún más inverosímil lo que ocurre en pantalla, y una sobrecarga explicativa en la que numerosas líneas de diálogo, en su mayoría bastante rimbombantes, se dedican a subrayar lo que el espectador ya ha podido entender de antemano. De este modo, lo que en el film de Burton, lo expositivo que es, otorgaba el beneficio de la duda en algunas secuencias, en el caso de la trilogía de Nolan lo que se ve es lo que hay. Para más inri, y teniendo en cuenta lo tremendamente turbio del fondo del personaje de Batman, si en Batman, Tim Burton pasaba de puntillas ante los asuntos política y socialmente más espinosos del personaje protagonista (un multimillonario que prefiere invertir su fortuna en corregir el crimen a puñetazos que en prevenirlo promoviendo causas o iniciativas que puedan evitar su aparición o las circunstancias y desigualdades sociales que lo produzcan), el de Nolan no deja de cuestionarse a sí mismo logrando lo contrario de lo que quizás se pretendía: justificarse sin dejar lugar para la duda de la necesidad de alguien como Batman y la pureza de sus abnegados y fascistoides principios.


[4]La colaboración del excéntrico músico pop ahora conocido como The artist (cuyo nombre completo es, vivir para ver, El artista anteriormente conocido como Prince) debido a problemas de derechos de imagen, dentro del film de Burton debía reducirse a dos temas musicales que se multiplicaron hasta conformar una banda sonora paralela a la compuesta por Danny Elfman. Inicialmente, los temas de Prince, Party man  y Trust, debían acompañar las correrías de Joker primero al entrar en el museo y mientras lo destroza y en el segundo caso mientras reparte dinero a espuertas por las calles de Gotham, pero el músico se implicó en el proyecto con una inesperada energía que Guber y Peters decidieron aprovechar. El resultado fue la existencia de una divertida banda sonora enteramente compuesta por Prince y otra, muy superior, por un Danny Elfman que estuvo a punto de pasar a ser un mero coordinador de música ajena. Sobre este tema, Burton afirmó sentirse algo disgustado no por las canciones, sino por no verles un encaje en su película de las que sólo aparecen tres de las muchas grabadas por Prince, a veces usando material sonoro del film, como diálogos o efectos sonoros.


[5]Interpretación que, sin duda alguna al menos para el que escribe, lo sitúa como el mejor Batman de todos los aparecidos hasta el momento en pantalla. Si ni Val Kilmer ni George Clooney (no entraremos a hablar sobre Adam West) lograron hacerle sombra ni como héroe enmascarado ni como multimillonario, un gran actor como Christian Bale sólo lo consiguió respecto a lo que la cara diurna del personaje se refiere. Mientras el Wayne de Keaton se mantiene en babia, siempre distraido, el de Bale muestra unos matices inauditos hasta entonces en la plasmación  del personaje en pantalla, amén de ser un Bruce Wayne con capacidad para fingir ser no dos personas (Bruce Wayne y Batman) sino hasta tres (Bruce Wayne el frívolo y estúpido playboy, Bruce Wayne el calculador que finge ser un nuevo rico sin principios pero que en el fondo es sumamente inteligente, y Batman)… Aunque una vez enmascarado, la increíblemente turbia mirada de Keaton supera con mucho la voz grave de un Bale competente como hombre murciélago, pero mucho menos inquietante que el del film de Burton.


[6]La escena a la que se refiere el Joker en esta recién comentada, y que tiene lugar un poco después, muestra al mayor enemigo del hombre murciélago repartiendo dólares a diestro y siniestro sobre la pobre población de la ciudad de Gotham para, una vez congregada, intentar aniquilarla liberando una gas letal oculto en los enormes globos que flanquean la cabalgata liderada por el payaso asesino. La escena, “reducida” a un buen espectáculo, oculta una preocupante situación no desarrollada en el film, la que muestra a un poderoso y desquiciado mafioso haciéndose con lo público (no en vano, la cabalgata se hace en honor del aniversario de la ciudad) y suplantándolo con la peor de las intenciones, aprovechándose de lo paupérrimo de la estructura social de Gotham. Para acabarlo de rematar, la aparición de Batman, presto a defender la integridad vital y física -el gas provoca, además de la muerte, que la cara de las víctimas se deforme hasta mostrar una siniestra sonrisa- de los gothamitas, se alza como solución a corto plazo, pero jamás a años vista. Más enervante resulta todo lo anterior si se tiene en cuenta que las riquezas que Joker entrega a la población no parecen muy superiores a las que podría ceder el propio Bruce Wayne a cambio de reducir costes en su cruzada contra el crimen… con lo que ambos colaboran, el uno haciendo las veces de estado del bienestar que pretende aniquilar a aquellos que lo siguen y el otro como monumental capital privado que se erige como policía del mundo que defiende el estado de las cosas sin llegar a cambiarlo. Quizás por eso, el final del film, y sin ánimo de hacer lecturas psicologistas sobre la trama (con Joker como ello o lo reprimido y Batman como represor superyo social), que muestra a un Batman asumiendo sus definitivas y socialmente aceptadas funciones de Guardián de Gotham, de un triunfalismo que decide de que lado de la red cae la pelota ideológica del film, sirve de broche a la historia de un hombre que necesita al criminal, y su permanencia en el status quo,  para completarse a sus propios ojos y validarse a sí mismo. Y mientras, y de forma bastante reveladora, los políticos de Gotham son absolutamente ninguneados.


[7]Término usado por lo general, y a veces con razón, de forma peyorativa debido a una algo cerril visión de un cine hecho, sin duda, con la única intención de recaudar el máximo de dinero, independientemente de la calidad del producto final. En cualquier caso, no deja de resultar algo pasmosa la percepción de algunos sectores del público -curiosamente con más frecuencia entre el autoconsiderado intelectual- que claudican en su visión crítica ante una película cuando ésta es presentada, o vendida, como comercial a modo de interruptor crítico en base a estructuras comerciales previas que no surgen de la percepción del público, sino del mercado. Y como preocupante corolario, se produce también el efecto contrario, el hecho de asumir como cine cultural determinadas películas por el mero hecho de ser consideradas (y,  de nuevo, vendidas) como tales por unas supuestas élites intelectuales y comerciales. Generalmente las mismas que aseguran que una de las mejores cosas que tiene el cinematógrafo es precisamente su capacidad para generar tantas lecturas como espectadores tiene.


[8]El que tiene lugar en la catedral de la ciudad, al borde del colapso y que se va literalmente cayendo a pedazos durante el enfrentamiento entre Batman y Joker. No deja de ser una buena metáfora de algunos aspectos de la producción del film: esta misma escena se iba escribiendo sobre la marcha y mientras los actores interpretaban la escena en la que subían por los vetustos escalones del descomunal y ruinoso edificio, algunos preguntaron al director el por qué de su huída hacia las alturas… A lo que Burton se encogía de hombros y les dijo que se lo preguntaran otra vez cuando llegaran allí, ya que aún se lo estaban pensando. Tal vez eso explicaría la aparente desgana con que parece estar rematado el final de este Batman, pese al agradable aroma gótico de la secuencia.




[9]Todo lo contrario a lo que el propio Burton haría en la primera secuela de este Batman que aparecería en 1992. Producción navideña inauditamente siniestra, Batman vuelve supuso la confirmación de una autoría en el seno del Hollywood de los mayores presupuestos: Burton fue, en ese caso, la estrella indiscutible de la película y se la recibió como tal. Tras el merecidísimo prestigio que le reportó una de sus mejores películas, Eduardo Manostijeras, bajo el padrinazgo de la 20th Century Fox, la Warner concedió plenos poderes al realizador sobre la cara secuela del éxito de taquilla Batman, incluido un impensable derecho al final cut, o a tener la última palabra sobre el montaje por encima de cualquier otra consideración. Así, y con un Tim Burton pasando una época oscura de su vida personal, Batman vuelve se distancia de su modelo en casi todos los aspectos dando como resultado una película fría, oscurísima, retorcida y deprimente, que convierte la teatralidad operística de la primera en una especie de ópera filmada en base a cuatro personajes a cuál de ellos más monstruoso: Bruce Wayne/Batman de nuevo interpretado por Michael Keaton, Selina Kyle/Catwoman encarnada por una impresionante Michelle Pfeiffer, el grotesco Pingüino con Danny De Vito bajo capas de maquillaje y Max Shreck, único monstruo de todos ellos aceptable por la sociedad y, quizás por ello, el más peligroso de todos ellos. La ciudad de Gotham vira a preceptos decididamente góticos, abandonando los aires suciamente industriales de la primera entrega, la épica banda sonora de Danny Elfman recupera el leitmotiv original con ecos y ululantes coros que dotan al film de una cualidad espectral, Batman pasa decididamente al papel de rémora del resto de personajes que pueblan una ciudad reconvertida en patético zoológico humano en el que la figura del héroe es constantemente puesta en tela de juicio, el tono fantástico se adueña de la función de forma aún más plausible, y algunas escenas terroríficas y angustiosas hacen de Batman vuelve, un film navideño imposible desde el punto de vista industrial… pero apasionante desde cualquier otra perspectiva. Además, supuso la definitiva apropiación por parte de Burton del mito del hombre murciélago en una de las películas más descompensadas, pero también más interesantes, de su carrera. Una oscura maravilla.

jueves, 5 de diciembre de 2013

CANCIONES PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA



Las tropas del Ejército Nacional desfilando triunfantes como temible colofón a la Guerra Civil Española, el ensalzamiento de Francisco Franco como caudillo y Jefe de Estado, hambre, pobreza, lujo, Imperio Argentina, estraperlo, producciones cinematográficas en honor de la ideología del Régimen por parte de la productora Cifesa, Jorge Negrete, el apretón de manos entre Franco y Adolf Hitler, las cartillas de racionamiento, el siempre hambriento Carpanta, el Plan Marshall, el NO-DO… Y también Cara al sol, ¡Ya hemos pasao!, La gallina Papanata, La morena de mi copla, Americanos, A lo loco, La televisión, Ya se va el caimán…
Son algunos de los innumerables fragmentos de imágenes documentales, propagandísticas, dibujadas, escritas en prensa o publicitarias que se enfrentan a las no menos abundantes tonadillas y canciones, algunas infantiles, otras loando el triunfo del nocivo Régimen fascista de Francisco Franco o también como parte políticamente inocua de la cultura popular española. Cultura en su vertiente visual y sonora, política y ácrata pero siempre oficial, revisada y recompuesta como retrato de un país marcado a fuego por una época: la que abarca desde el 1939, en que Franco se estableció como sanguinario dictador, hasta el 1971[1] año en el que se armó este film-collage firmado por Basilio Martín Patino[2]: Canciones para después de una guerra.

Película gozosamente amorfa y de naturaleza anómala, a caballo entre la ficción y el documental, que pone en duda toda posible visión de ambos géneros audiovisuales como compartimientos estancos y que refleja y, más aún, expresa la memoria de una época a partir de imágenes y sonidos permitidos y espoleados por el propio Régimen… para torpedearlos.
Así, y en base a secuencias cortas de la duración de las canciones que componen este fresco histórico (y mediático) a modo de capítulos cronológicamente ordenados, señaladas al inicio de esta entrada, todas ellas toleradas por la censura del Régimen[3], son trastornadas y regurgitadas por el film de Patino de forma tan sencilla en su planteamiento como efectivo es su resultado. Sin otra línea argumental que el propio devenir de la historia vista desde las imágenes propuestas por el Régimen dictatorial que por entonces paralizaba el país, Patino muestra imágenes de situaciones tan paradójicamente reconocibles pese a su naturaleza mediática incluso para los que no las vivimos, desde una considerable distancia. Los virajes de las imágenes a tonalidades antinaturales, lo acelerado del montaje de carácter musical pese a lo antiguo de algunas de las filmaciones, o las pintadas -de una malicia casi infantil pero muy atrevida para el momento en que se llevó a cabo el film- sobre material audiovisual previo a modo de filtro que ridiculiza lo que se pretendía serio y trascendente, son algunos de los mecanismos que el realizador utiliza para crear una sensación de extrañeza, de revelar la naturaleza falsa de unas imágenes que quizás ilustran, pero jamás sustituyen, una parte de la realidad de la España “de” Franco.

Estrategia que se complementa definitivamente con el aspecto más llamativo y imprescindible para la existencia de Canciones para después de una guerra, su uso del montaje[4]. Recurso dramático evidenciado y subrayado por el realizador como creador de lenguaje -en este caso cinematográfico- y portador y evocador de ideas que en Canciones para después de una guerra se enfrentan a su sentido primigenio, dándoles la vuelta hasta la denuncia más sangrante en la que se desvela lo que pretendían ocultar. Así, distanciando a las imágenes y las canciones que las acompañan de sus primeras intenciones cuando no vaciándolas de todo sentido para recontextualizarlas, remontándolas hasta dar un nuevo discurso audiovisual, Patino ridiculiza el triunfalismo inherente, que no exclusivo, de toda imagen tolerada por un régimen dictatorial[5]. Bajo ese punto de vista, Canciones para después de una guerra se erige como un irónico campo de batalla ideológico en el que unas imágenes dialogan con otras de contenido parcial o totalmente opuesto, a veces como complemento, otras a modo de contraposición hasta hacer dudar de su validez, revelando a veces su condición no de documento como reflejo de la realidad, sino de propaganda como sustituta de la misma. Y rematando la jugada, Patino sumerge todas las imágenes de archivo que componen Canciones para después de una guerra en una banda sonora que a veces hace de irónico contrapunto a lo que se ve, y otras convierten el acto más bárbaro en una farsa de negrísimo, y divertido, humor negro.
Así, y dentro de la ligereza general que se desprende de lo divertidamente travieso -pese al rigor y el riesgo que entrañaba en el momento de su realización- de Canciones para después de una guerra, destacan los bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial al compás de La gallina Papanata que, gracias a lo conciso de los cortes, llega hasta coreografiar la caída de las bombas al son de los tres huevos que pone la gallina de la canción infantil o, en otro ejemplo mucho menos humorístico pero no menos corrosivo, el alegre y revanchista chotis ¡Ya hemos pasao! como sarnoso acompañamiento de las imágenes que muestran las víctimas del bando republicano de la Guerra Civil…
La fusión entre las imágenes de archivo que representan una visión determinada de España, mostradas como se decía antes con una distancia que denota su falsedad y por tanto su incapacidad para reflejar la realidad en toda su complejidad pero sí una visión de la misma, y la música que las acompaña, crea un atmosférico mejunje audiovisual que obliga a reflexionar sin nunca dejar de emocionar, ya sea divirtiendo o denunciando la más triste de las realidades.

La compilación de imágenes que supone la película como objeto histórico, cuya línea temporal viene marcada por el ordenamiento de las canciones que componen su banda sonora, en el mismo orden cronológico con el que aparecieron realmente en su momento, posibilita la observación de los cambios que se iban produciendo en el Régimen de Franco… pero siempre desde la visión que el Franquismo ofrecía de sí mismo a sus ciudadanos y que Patino se dedica a llenar de lamparones hasta derribarlo, ofreciendo otra en su lugar con tan sólo reordenar los elementos que componían la oficial.
Así, una visión colonialista de los americanos en tiempos de pactos con otros totalitarismos europeos y que los presenta como indígenas prestos a ser evangelizados  es enfrentada, minutos más tarde, con su opuesto, igualmente de pandereta, bajo la tonadilla Americanos e imágenes extraídas del ácido film de Berlanga Bienvenido Mr. Marshall, coincidiendo con la llegada del Plan Marshall y consecuentemente cierto aperturismo y simpatía de cara a la cultura norteamericana. Pero también, y en contraste con lo paródico de su retrato de los orgullos patrios de Franco y sus acólitos, Canciones para después de una guerra se muestra emotiva, y sin cargar nunca las tintas, los niños y niñas víctimas del hambre y otras calamidades, la soldadesca republicana caída bajo fuego nacional, o con el sufrimiento de los pobres y los desarrapados, constante rumor de fondo que siempre contrarresta la imagen que quería para sí el Régimen de Franco.
Una reveladora voz en off, prácticamente lo único que se diría creado específicamente para Canciones para después de una guerra, que aparece esporádicamente a veces en boca de un hombre a veces en la de una mujer, pone el definitivo punto de denuncia a las imágenes. Asegurando las voces que las alegres canciones que se oían en España durante el periodo que recoge el film de Patino cubrían “un oscuro silencio”, en la única concesión del realizador a un antipático por afectado dramatismo en toda la película, hacen de esta un en el fondo deprimido testimonio de una época que escondía la miseria que creaba entre bambalinas.
De este modo, entre la denuncia más rigurosa y el humor que oxigena el conjunto de la película, de clara orientación antifranquista y republicana, Canciones para después de una guerra se ofrece como un discurso político compacto, tanto ideológicamente como en su intencionalidad de revelar lo falso de los elementos que componen la película.
Pero más allá de su sentido del cachondeo a costa de algunos de lugares comunes de la España de Franco y su denuncia del sufrimiento ninguneado por el Régimen  culpable gracias al montaje de imagen y sonido, Canciones para después de una guerra sobrepasa su condición de ácida respuesta al repelente y peligroso triunfalismo del Régimen Franquista al poner en duda, ya desde la propia existencia del film, la capacidad del discurso audiovisual documental o informativo como incuestionable contenedor de la realidad.

Siendo una película literalmente compuesta por retazos de material creado previamente, perteneciente en mayor o menor medida a la cultura popular española de entonces, surgido en un contexto que poco tiene que ver con el que acaba alcanzando en el film de Patino, difícilmente podría plantearse Canciones para después de una guerra como un documental. Lo que no implica, paradójicamente, que gracias a su condición de testimonio personal y la distancia que se desprende de sus imágenes, consciente de ser sólo una visión y no una (totalizadora, como el franquismo) realidad incuestionable, Canciones para después de una guerra no intente o consiga revelar la Verdad: que todo lo que muestra es en algunos casos mentira, pero para aquellos que no lo vivimos porque no habíamos nacido o no lo vivieron porque no estaban allí[6], siempre ficción. Y como tal, dotado de un discurso siempre intencionado, manipulable y manipulado, nunca inocuo, ni política ni ideológicamente, ya sea a favor del Régimen Franquista por parte de aquellos que ostentaban el poder, o en contra por parte del máximo responsable de Canciones para después de una guerra.
De esta manera, y mediante el muy hábil juego de montaje que nunca deja de ser Canciones para después de una guerra, la memoria de una parte del pueblo español, oculta tras los fastos del aparato mediático franquista que rehace o reorienta la historia a su forma de entenderla, se muestra bajo las imágenes de una propaganda cinematográfica, documental y educativa que con el paso del tiempo se multiplica con la aparición de otra publicidad más insidiosa por generalizada: la televisiva que vende lujo doméstico como el Régimen vendía lujo social mientras ambos eran incapaces de resolver la miseria que ningunean.

Vista así, Canciones para después de una guerra no sólo revela lo voluble del lenguaje audiovisual y su capacidad no sólo de surgir de un contexto determinado reflejando algunos de sus aspectos como un espejo sesgado y deformado, sino también de crearlo para aquellos que lo contemplan a través de una pantalla, poniendo en solfa el mismo concepto de cine documental como cine de lo real y subrayando su condición de documento parcial y por tanto, y una vez ha dejado de representar una verdad inamovible, más participativo y cuestionable. Teniendo en cuenta que no hay una sola imagen o canción que aparezca en el film de Patino que no haya sobrevivido a una censura previa, y que por tanto no haya sido tolerada o directamente usada con finalidades ideológicas afines a la del franquismo, es la supuesta memoria de España a la que se apela en el film un trampantojo hecho de retazos de la cultura popular de entonces… y por tanto en base a un pasado y una Historia totalmente mediatizados desde las élites. No es de extrañar que Patino evitara la filmación de nuevo material audiovisual que recoja una visión global de la España bajo el yugo franquista en el momento en que se compuso Canciones para después de una guerra. El contraste existente entre el triunfalismo del aparato mediático del Régimen y los testimonios de aquellos que lo vivieron evidencian un abismo que el film de Patino, pese a los puentes que tiende sin ánimo de sentar cátedra, está lejos de pretender cerrar, potenciando la pegada de su denuncia y llevándola más allá del concreto contexto histórico al que pertenece, y yendo aún un poco más allá, diferenciando lo mediático de, por omisión,  lo vivido.
Así, y afortunadamente, el film de Patino soslaya lo coyuntural de su divertido y revolucionario discurso antifranquista y se erige inesperadamente como ejemplo de lo volátil del significado de las imágenes dentro de un contexto político, social y mediático determinado, y su sospecha en tiempos hipermediatizados, haciendo trasplantable su sano -y necesario- sentido de la duda a tiempos, latitudes, situaciones e ideologías ajenas al momento en el que el film se llevó a cabo. Y todo eso levantando sonrisas con la sorna con la que Canciones para después de una guerra retrata el triunfalismo español de la época, despidiendo al caudillo y su lamentable Régimen al son de Ya se va el caimán. Aunque con la de pantanos que dejó a su paso…

Título: Canciones para después de una guerra. Dirección y guión: Basilio Martín Patino. Producción: Julio Perez Tabernero. Dirección de fotografía: José Luís Alcaine. Música: Manuel Parada. Año: 1971.


[1]Muy a grandes rasgos, en el año 1971 España se hallaba en un violento punto intermedio en el que el Régimen Franquista se vio en la encrucijada tras las tiranteces internas entre una visión más o menos aperturista del Régimen, con Manuel Fraga Iribarne como cabeza visible, y las que veían la necesidad de recuperar la línea dura del franquismo, más aún teniendo en cuenta en silencio que la avanzada edad del caudillo ponía en peligro su personalista dictadura. La expulsión de Fraga del ministerio de Información y Turismo dejó claro sobre el papel la dureza de la línea que se pretendía seguir, lo que propició el aumento de movimientos y asociaciones más o menos clandestinas en oposición al Régimen, algunas de ellas tan violentas como la propia ETA que un par de años después de la prohibición del film que nos ocupa, asesinaría al presidente del gobierno, Carrero Blanco. El mismo hombre que, sólo un par de meses antes, había mandado ejecutar cinco miembros de la banda terrorista vasca y del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico. Por su lado, el cine español sufría de una sangría económica considerable que lo puso al borde de su extinción como industria, amén de un recrudecimiento de la censura como se explica en una nota al pie más adelante.

[2]Nacido en el pueblo salmantino de Lumbrales el 29 de octubre de 1930 en el seno de una familia católica y de derechas, Patino estudió y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, donde fundó el cineclub universitario. Considerado uno de los pioneros del mundo de la publicidad española,  Patino se alejó de dicho oficio para centrarse en proyectos más personales, viajando a Madrid, donde entró en contacto con el mundo del cine y entabló amistad con parte de los miembros del llamado Nuevo Cine Español, movimiento cinematográfico al que pertenecería pese a permanecer siempre en un plano más personal y menos taquillero que el de la mayoría de sus compañeros de generación. En el Instituto de Investigación y Experiencias Cinematográficas (más tarde Escuela de Cine), en el que ingresó en 1953, impulsaría la creación de la revista Cinema Universitario de Salamanca, considerada una de las precursoras de las Conversaciones de Salamanca en 1955, que a su vez es vista como el pistoletazo de salida para el mentado Nuevo Cine Español. En 1966 estrenaría su primer film, el largometraje Nueve cartas a Berta, de gran éxito entre el público y premiado en el Festival de Cine de San Sebastián, para luego rodar, en 1968 Del amor y otras soledades. En 1971 llegaría Canciones para después de una guerra, montada clandestinamente con retazos de imágenes de archivo consideradas inservibles y con la ayuda de un reducido grupo de amigos. Dos años más tarde llegaría Queridísimos verdugos, documental comentado en este blog en el mes de agosto de 2012, y que al igual que el film que nos ocupa en esta entrada y el posterior en la carrera de Patino, Caudillo (dirigido en 1974), no vería la luz pública hasta la muerte de Francisco Franco. En 1980 se encararía con Hombre y ciudad, su primer montaje videográfico en la carrera de un director siempre interesado por los avances cinematográficos y sus posibilidades expresivas. Tras esta experiencia, Patino llevaría a cabo en el campo del largometraje Los paraísos perdidos, Madrid, La seducción del caos, Octavia y la que de momento es su última película, la bastante pobre 15-M: Libre te quiero, alrededor del movimiento 15-M en la ciudad de Madrid, y que vio la luz el pasado año 2012. La Universidad de salamanca le otorgó el título de Doctor Honoris Causa en el año 2007 y a día de hoy, Patino no ha dejado de trabajar en televisión, exposiciones, o videoinstalaciones varias.

[3]La misma censura, siempre con cabezas cambiantes pero un mismo poso ideológico, que condenó al film de Patino al ostracismo hasta 1976, tras la muerte de Francisco Franco. En el año 1971 de la auténticamente valiente, mucho más allá del sentido artístico del término, composición de Canciones para después de una guerra, el ministerio de Información y Turismo encargado de velar por la censura o permisividad de contenidos y formas del cine español era llevado por Alfredo Sánchez Bella, que recrudeció la prohibición relativamente relajada por parte del ministro anterior, Manuel Fraga Iribarne y su Director General de Cinematografía, José María García Escudero, que más adelante fue sustituido por Carlos Robles Piquer. Ambos nombres representaron un ablandamiento en cuanto a las formas pero mayor rigor en cuanto a contenido político del pujante Nuevo Cine Español, a decir de Patino y los de su generación que asistieron a las llamadas Conversaciones de Salamanca. También aportaron una especie de decálogo escrito al que los cineastas recurrían para saber a que atenerse si no querían tener problemas con las autoridades… o saber como ingeniárselas para saltarse las normas a la torera gracias a parábolas, simbolismos o metáforas. Pero, por plantearlo muy someramente, todo lo anterior palideció con Sánchez Bella y su ultraconservador gestor de lo cinematográfico Enrique Thomas de Carranza, cuya revigorizada censura afectó tanto a películas españolas como extranjeras que pretendiesen estrenar en territorio franquista. Y que en el caso de Canciones para después de una guerra y tras los 27 cortes que el realizador tuvo que efectuar hasta que se le concedió el permiso de estreno, tuvo la desgracia de contar entre sus “inspectores” al mismísimo Carrero Blanco, el entonces presidente del gobierno y hombre de confianza de Franco, atraído por la polémica que el film de Patino estaba levantando. Tras verla con su esposa (que al parecer dijo que “al hijo de puta que ha hecho esto habría que mandarlo a Carabanchel”), Carrero Blanco nombró una junta censora formada por cinco autoridades de la vida pública para que la prohibieran definitivamente. Por suerte, y pese a las múltiples acusaciones que recibió el film de posible perturbador de la paz social y enervante y rencoroso retrato de España, Patino ocultó el negativo de la película para que ni productores ni autoridades pudiesen hacerse con ella y destruirla. Cuando se estrenó, en 1976, tuvo los parabienes de sus espectadores, según parece independientemente de su ideología.

[4]No se sorprendan si, pese a su importancia en Canciones para después de una guerra, en los créditos finales de esta entrada no aparece el nombre del montador. He sido incapaz de encontrarlo en ninguna página web o documento, y ante la duda de atribuirle el mérito a otro en detrimento del que se lo merece, he preferido no incluirlo.

[5]Una paródica forma de denuncia, muy añorada por lo que parece por parte de la crítica que considera el film de Patino un rara avis dentro del panorama del cine español... injustamente en mi opinión. Si quizás es cierto que pocas veces se ha visto algo así en una pantalla -pasando por alto el pillaje de imágenes ajenas para reinsertarlas en otros contextos/películas muy propio del cine de serie B y por motivos presupuestarios- de cine, puede que sea porque hay que buscarlo en otras, y gracias a los programas de montaje caseros y al acceso de cualquier internauta, la Red es un hervidero de remontajes a imagen y semejanza del film de Patino en ocasiones con muy similares intenciones políticas.

[6]Entre ellos, el propio Patino. Nacido en 1930 y por tanto víctima de la Guerra Civil pero no participante como soldado, la percepción del realizador de Canciones para después de una guerra de la historia española desde la perspectiva que de ella podía llegarse a tener en 1971 lo hace parcialmente testigo ausente, o a través de lo mediático, de algunos de los hechos que se recogen en su película, y testigo más directo y consciente de los últimos años que ilustra el film, mucho más mediatizados gracias a la aparición del televisor.