miércoles, 15 de enero de 2014

MEDIANOCHE EN EL JARDÍN DEL BIEN Y DEL MAL

El pirata Sherman llegó a la ciudad portuaria de Savannah tras su incendiario paso por Atlanta. También intentó prenderle fuego a la ciudad en la que tiene exclusivamente lugar la película de Clint Eastwood[1] Medianoche en el jardín del bien y del mal, pero los lugareños lo ahogaron en ponche y fiestas extravagantes hasta que decidió perdonar tan hermosa localidad portuaria.
Esta historia, sin otras imágenes que la ilustren que no sean las de las bonitas calles de la ciudad bajo la luz del sol vistas desde las ventanas de un autobús local, es narrada por un conductor del transporte público del lugar, reconvertido en guía turístico, a todos aquellos que acaban de llegar desde el mundo exterior como visitantes de la acogedora localidad del sur de los Estados Unidos[2]. Entre ellos se encuentra John Kelso (John Cusack), periodista neoyorquino enviado a Savannah por una publicación que pretende cubrir una de las más famosas festividades de un lugar pródigo en placeres: la que tiene lugar bajo los dominios de uno de los prohombres de la ciudad, Jim Williams (Kevin Spacey), y en la que tendrá lugar la muerte de un joven amante del anfitrión llamado Billy Hanson (Jude Law), asesinado por el propio Williams según sus palabras en defensa propia. Esta declaración por parte de uno de los miembros más poderosos de la comunidad sureña y la consecuente investigación y juicio sobre su inocencia o culpabilidad abrirá una amable caja de los truenos en una sociedad puramente norteamericana que el film de Eastwood se encarga elegantemente de diseccionar, con el crimen como excusa argumental y turbio contrapunto a la contemplativa exquisitez de los habitantes de Savannah.

Así, y a través de la seducida mirada del personaje interpretado por Cusack, Medianoche en el jardín del bien y del mal muestra durante todo su metraje los exuberantes encantos de la ciudad. Cálidos cantos de sirena bajo la forma de limpias calles flanqueadas por enormes mansiones, repletas de árboles y pobladas por encantadores lunáticos, pudientes bohemios que pasan sus días y sus noches al piano en lujosas casa ajenas, dando y yendo a fiestas de sociedad en las que todo el mundo parece encantado de conocerse a sí mismo… sin por ello dejar de entrever, aunque sea con idéntico espíritu bohemio o como parte del añejo encanto, casi artístico, de Savannah el indisimulado placer, casi como si fuera otra deliciosa y encantadora atracción, carne de chascarrillo popular, la muerte del gigoló encarnado por Jude Law y el consiguiente juicio a Jim Williams acusado de asesinato del joven en primer grado. De este modo, y ya desde el instante en que el film de Eastwood jamás abandona la ciudad de Savannah en toda la película, evitando establecer cualquier comparación con otro lugar del mundo, aislando al vacío la localidad portuaria dentro del film, como un aparte autosuficiente y ajeno a la realidad una construcción ficticia, y por tanto una ilusión,  Medianoche en el jardín del bien y del mal juega sus elegantes cartas, cercanas a una muy lograda sensación de irrealidad[3], a favor del festivo modo de vida que llevan los habitantes de Savannah, la base de cuya convivencia parece ser una alegre hipocresía acordada y conocida por todos. Porque entre el evidente conservadurismo social del lugar, y cierta apertura digamos progresista, más digna de un narcisista y conservador cosmopolitismo de escaparate que de un verdadero respeto (o constructivo pasotismo) por las opciones vitales de sus congéneres, la comunidad de Savannah encuentra en Medianoche en el jardín del bien y del mal el perfecto retrato no del pozo de miserias que parece (como todo dentro de la difícil ambigüedad que destila toda la película) ser realmente si nos dejamos guiar por la desconfianza que despierta la excesiva simpatía de sus habitantes, sino de la refinada apariencia que entre unos y otros han acabado por convertir en la única realidad aceptable para que el lugar, y las mentiras que lo sustentan, sigan adelante convirtiéndose en la única realidad posible.

De esta manera, y de forma considerablemente sibilina pese a lo discursivo de algunas líneas de diálogo, la película de Eastwood muestra a los espectadores del film una versión edulcorada, reconvertida en elegancia gracias a las atemperadas maneras fílmicas del realizador que evita hacer de la población de Savannah una especialmente antipática, de un panorama humano que acaba dando un saldo tan deplorable como, tal y como se plantea y de forma muy ambigua en la película, comprensible dramáticamente y, de nuevo, romántica y seductoramente decadente. A la mencionada elegancia de la puesta en escena de Eastwood, aderezada por un acompañamiento musical jazzístico que mece el film hasta llevarlo a terrenos propios del sueño húmedo de todo bohemio, y la algo forzada simpatía de los lugareños sin llegar a cargas las tintas, capaces de lanzar el más hiriente dardo sin perder jamás sus preciados modales ni su estilizada pose, hay que sumar el elemento más importante del film para con el discurso que acaba componiendo: la omisión.
Del mismo modo que Eastwood no se abandona en ningún momento al triunfalismo barato con subrayados sonoros dentro del sentido de lo maravilloso que se desprende de la película, tampoco muestra nada demostrable dentro de la realidad de Medianoche en el jardín del bien y del mal que contradiga la impresión de que efectivamente Savannah es el mejor lugar de la tierra… y la perfecta destilación de todo lo que es, en líneas generales, una Norteamérica capaz de minimizar sus aspectos más tétricos cuando se pone ante el espejo. Más allá de todo localismo sudista evocado por una Savannah que acoge en su edénico seno las más despendoladas fiestas sociales y rituales vudúes, Medianoche en el jardín del bien y del mal, gracias a su abstracción y la cualidad fantasmagórica (y posible) de lo que se ve en ella, parece un fresco social de las contradicciones que laten bajo la pátina civilizadora y exquisita de Norteamérica siendo una complemento indivisible de la otra, quedando la más desagradable siempre oculta en aras de la perpetuación de ambas gracias a un mito folclórico encantador, del que el film de Eastwood parece una autoconsciente muestra ya parcialmente desde su envoltorio genérico, una amalgama de melodrama gótico en su variable sureña y cine judicial que la brillante puesta en escena del realizador sitúa en un nuevo y muy particular estadio.

A la hechizante atmósfera de la película, digna del mejor y más inasible realismo mágico hecho de los elementos más cotidianos sin exagerarlos se suma la sospechosa, e indispensable de cara a seducir al público y al protagonista del film, extracción de todo aquello que ponga en tela de juicio la versión de Jim Williams, erigido refinado representante de un orden social que actúa como amable demiurgo pero también frío déspota con mucho que ocultar. Visto así, no es de extrañar que la información que alumbra el caso Williams venga de la boca del acusado y no de las insuficientes pruebas que pretenden incriminarle: toda la verdad pasa a través de él, gestor de la romántica realidad que impera en Savannah y lucha por seguir existiendo. Pero lo anterior, ni el suspense que se desprende de ello y que hace mínimamente interesante la larga trama judicial, no podría funcionar de ningún modo sin la aquiescencia del director, que como decíamos no sólo poda los elementos más perturbadores del cuerpo social de Savannah hasta convertirlos en divertidamente pintorescos -como en el caso de un lunático que se pasea por la ciudad con moscas atadas con cordeles rondando por su cráneo y con un potecito con el que se rumorea podría envenenar a toda la población si tuviese un mal día- sin caer en lo grotesco, sino que también se dedica a obviar todo elemento de duda que pueda cuestionar el discurso digamos oficial mediante el uso de la elipsis cinematográfica. La evidente segregación racial que revela la existencia de dos camposantos, uno para los fallecidos blancos y otro para los negros, cariñosos y amables sirvientes de los más pudientes miembros de la sociedad (blancos, por supuesto) incapaces de levantar la voz a sus amos, el clasismo existente entre la clase baja a la que pertenece Billy Hanson en contraste con la paternalista clase opulenta  capitaneada por Jim Williams por la que Kelso va dejándose hipnotizar poco a poco, o todo lo referente a la bisexualidad del personaje interpretado por Kevin Spacey o al divertido exhibicionismo de Lady Chablis (Lady Chablis) que reciben el tratamiento de excentricidad o atracción de lado de una parte importante de algunos de sus conciudadanos[4]… Nada de lo anterior, parte de una escala de valores muy contradictoria que supone las bases humanas de Savannah, es especialmente tenido en cuenta como contrapeso a la lujosa exquisitez del conjunto del film en cuanto son tratados con la misma romántica delicadeza con que Jim Williams muestra sus obras de arte por parte de Eastwood, y en aras a la pervivencia de la comunidad en boca de algunos de los lugareños. Pero hay más: la estancia en prisión de Williams es resuelta por Eastwood mediante un tono cómico que anula toda sensación de peligro amén de elidir, una vez más la violencia del lugar situándola fuera de plano. Y tomando como ejemplo paradigmático, ya en el largo tramo del juicio al prohombre Williams, la presentación del abogado de la acusación y el de la defensa, Eastwood vuelve a marcar las distancias: sólo comenzar su discurso el letrado acusador que podría enviar a prisión al refinado miembro de la localidad mentando al filósofo Hobbes y catalogándose automáticamente como un intelectual aburrido, el director introduce el plano del reloj de la sala de juicios y por fundido muestra la larguísima duración (¡casi una hora y media!) de la cháchara del letrado que por tanto nunca llegamos a oír. Pero, contrariamente, el director deja hablar al carismático abogado de la defensa mostrando su intervención por completo, sin cortes, fundidos o reducciones de ningún tipo mediante montaje. Y el discurso del letrado, amigo y defensor del acaudalado acusado es una componenda de los lugares comunes del populismo made in USA más reconocibles: la familia amenazada, la propiedad de armas como método de defensa ante dicha amenaza, el eterno podríamos haber sido ustedes o yo, o la referencia, algo más adelante, a la unidad comunitaria como bien supremo y a la teleserie Perry Mason, calan no sólo ante el  jurado popular que se ocupa de decidir sobre el destino de Jim Williams, sino también ante un público, el de la película, desprovisto de un contrapeso que sólo se encuentra, en muy desiguales condiciones, en el protagonista del film y su distancia, cada vez menor, propia de un extranjero ante las zalameras formas de Savannah.

Ciudad en la que, a decir de la película, mito y realidad son inseparables y deben ser preservadas para conservar la ilusión. Una ilusión en la que, quizás de forma deliberada, los únicos elementos intrusivos son precisamente los más -y prácticamente los únicos- manieristas dentro de un conjunto gobernado por un clasicismo que fusiona el discurso oficial de Savannah/Norteamérica con el mito que lo sustenta que ,de paso y gracias a su falta de énfasis, lo hace aparentemente objetivo, como si no hubiese ni trampa ni cartón en lo que expone… mediante una puesta en escena transparente que funciona gracias a una especial atención a los detalles y los gestos del excelente elenco actoral, que sugiere más de lo que muestra alimentando la difícil ambigüedad que corroe por todo el film, o a la asociación de ideas basada en una atenta pero imperceptible planificación y estructura de guión que otorga una encomiable unidad a la película. Así, a los continuos comentarios sobre obras de arte falsificadas o cuya superficie oculta una estampa bien diferente, pero cuyos propietarios se encargan de dejar claro que la prefieren a saber la vulgar verdad, orgullosos de su frivolidad y decadencia propias de dandis, o la hipocresía generalizada respecto a la sexualidad de Wilson, usada como un añadido cosmopolita por parte de los que se suponía eran sus amigos, se suma la incapacidad por parte de la civilizada Norteamérica de asumir sus crímenes ante sus propios ojos.
No es de extrañar que la primera vez que vemos a dos seres vivos -en una película en la que los muertos por asesinato o recordados por las ceremonias vudúes siempre están en boca de todos- sean un policía y una mendiga que más tarde se revelará como una hechicera que casi parece conjurar la presencia del periodista John Kelso. En un solo plano Eastwood convoca los dos elementos entre los que basculará su película: la justicia civilizada personificada en el policía montado y la justicia sobrenatural o previa a la civilización de la vieja Minerva (Irma P. Hall), precedidos ambos por una misteriosa secuencia introductoria en la que la cámara deambula por un camposanto, se posa sobre una tumba y luego muestra la estatua de una joven sosteniendo dos urnas, a modo de balanza, en las que se simbolizan el Bien y el Mal al que hace referencia el título… y que la figura mantiene en equilibrio[5]. Quizás por eso, y gracias a lo encomiablemente poco épico o dramáticamente intenso -que no insípido- del juicio a Williams (que, como se entenderá a estas alturas, es también a la cara más cosmopolita y refinada de los nuevos ricos de  Norteamérica) ocultando como se decía antes todo lo cuestionable pero sin ensalzar lo que queda, Eastwood hace suya la rimbombante frase puesta en boca del relamido acusado de asesinato que asegura que “la verdad, como el arte, está en el ojo del que la mira”. Y, ni que decir tiene viendo Medianoche en el jardín del bien y del mal, también la denuncia.

A partir de esa relativista premisa, Eastwood se encarga de ponerlo todo en tela de juicio al mostrar la escena del crimen, lo que realmente ocurrió, explicado por el personaje interpretado por Kevin Spacey primero al periodista y luego, en una versión muy diferente, al jurado. Siendo las dos versiones, al igual que la respetabilidad de las gentes de Savannah, una visión, convenientemente dramatizada y aprovechada, la operística planificación que resulta coherente desde el momento en que la historia es contada por Williams como una pieza artística, acorde con su relamida personalidad (y también variando un poco según la mentalidad de sus oyentes) llama la atención el que éstas sean igualmente canjeables por la realidad de la película, cuestionada desde ese momento. De este modo, y tanto como la inocencia o culpabilidad de un hombre que mueve los elementos que componen su misteriosa imagen en aras de manipular a su audiencia, Eastwood muestra la tramoya de la ficción de su película para, con algo más de distancia, evidenciar la ilusión en forma de relamido discurso que sostiene a su propio país en Medianoche en el jardín del bien y del mal. Film cuya historia y la primigenia inocencia que muestra parecen igualmente condenadas a estar bajo sospecha desde el momento de la confesión, primero como construcción dramática (como película) y luego como mito o, de forma indistinguible en un país como los Estados Unidos pero igualmente extrapolable a otros territorios, como identidad. Y es en ese punto en el que la película de Eastwood deja caer su ambigua -y, en el contexto que nos ocupa, coherente- pelota política del lado de la muda resignación[6] que hace de Kelso un habitante más en una ciudad que es pura mentira hecha realidad, absorbido por las edénicas delicias de Savannah en la que decir la verdad sería una forma de traición… y a la que, muy significativamente, no le vemos ir sino llegar, como si la ciudad lo estuviera esperando tal y como parece hacer la hechicera Minerva, risueña testigo del primitivo, violento, y sobrenatural, equilibrio que sustenta su tremendamente contradictorio hogar y una parte importante de la noción de justicia en la filmografía del máximo responsable de Medianoche en el jardín del bien y del mal. La misma, aunque de forma mucho menos violenta o espesa y por ello también mucho menos revulsiva que lo que suele ser habitual en el cine de Eastwood, que exige una vida a cambio de otra, y que irónicamente se toma su revancha bajo una forma invisible y espiritual, contra un hombre que basa su existencia en lo aparente o lo superficial… acción que logra sostener el maravilloso jardín estadounidense a modo de ritual. Tal y como muestra la recurrente imagen de la estatua sosteniendo los platillos de una balanza en la que parece dirimirse el conflicto de esta misteriosa película, cerrándose en círculo sobre sí misma. Y prevaleciendo así el dionisíaco Orden del que, como el pirata Sherman literalmente borracho de sugestivos placeres, ni un enamorado Kelso ni un hipnotizado público podrán apearse fácilmente.

Título: Midnight in the garden of good and evil. Dirección: Clint Eastwood. Guión: John Lee Hancock, basándose en la novela homónima de John Berendt. Producción: Clint Eastwood y Arnold Stiefel. Dirección de fotografía: Jack N. Green. Montaje: Joel Cox. Música: Lennie Niehaus. Año: 1997.

Intérpretes: John Cusack (John Kelso), Kevin Spacey (Jim Wilson), Lady Chablis (La Lady), Mandy (Allison Eastwood), Jack Thompson (Sonny Seiler), Minerva (Irma P. Hall), Jude Law (Billy Hanson).





[1]Mítico actor y director norteamericano donde los haya y paradigma de la virilidad, Clinton Eastwood Jr. (Clint Eastwood, en adelante) nació el 31 de mayo de 1930 en la ciudad californiana de San Francisco, en los Estados Unidos de América. Hijo de un trabajador de la metalurgia y una trabajadora de una fábrica, apodado Sansón por parte de las enfermeras que asistieron a su parto debido a su considerable tamaño y peso (algo más de cinco kilos), la familia Eastwood viajó por toda la Costa Oeste durante la infancia del futuro realizador, guionista, productor, músico y actor, en busca de sustento. Finalmente se asentaron en Piedmont, en California, donde Eastwood curso sus estudios de primaria. Algo más adelante, y ya en el Instituto Técnico de Oakland, Eastwood fue tentado por el mundo del teatro, aunque lo rechazó para dedicarse a los más variados empleos. En 1951 fue reclutado por el Ejército de los Estados Unidos y destinado a Ford Ort, donde conoció a un empleado de la serie televisiva Rawhide que le facilitó una audición con el director Artur Rubin, quien recomendó al primerizo actor que fuese a clases de interpretación para corregir una serie de defectos que con el tiempo fueron algunos de sus más característicos rasgos, como murmurar diálogos entre dientes y su imperturbabilidad. Pese a todo, Rubin le dio su primer trabajo en aquel año 1954, y Eastwood logró su primer papel para la gran pantalla en el film Revenge of the creature, en 1955. En 1958, y tras numerosos papeles secundarios, Eastwood alcanzaría una ligera celebridad gracias a su interpretación de un personaje secundario en la mentada serie Rawhide, que sería cancelada en 1963. Y gracias a un compañero de rodaje de la teleserie que rechazó la oferta del director Sergio Leone pero informó de ella a Eastwood, este entraría en el panteón de los antihéroes del western (más particularmente su variable italiana, el spaghetti western) con su papel protagonista en la mítica Por un puñado de dólares, estableciendo las bases del arquetipo de tipo duro que pronto sería casi indivisible de la imagen cinematográfica del actor. Amén de otras participaciones en varias otras películas, Eastwood se reafirmaría con Leone en La muerte tenía un precio, y algo más adelante en El bueno, el feo, y el malo, completando la llamada Trilogía del dólar. Tras estrenarse en algunos westerns norteamericanos del momento, Eastwood enconaría su primera colaboración con el director Don Siegel con La jungla humana, considerablemente polémica en su día por su violencia, y en 1968 fundaría su productora Malpaso Productions. A partir de ahí, y gracias a la amistad que formó con Don Siegel (con el que colaboraría en algunas de sus más conocidas películas como actor como el primer Harry el sucio, El seductor, o la no menos magnífica Fuga de Alcatraz) los proyectos se fueron amontonando, siendo quizás el mejor de los que un servidor ha podido ver -y dejando a un lado sus colaboraciones con Don Siegel- Los violentos de Kelly, que consta además como el último de los filmes en los que participó como actor que no fuera producido por Malpaso. En 1971, el mismo año en que se pondría bajo la piel de Harry Calahan por primera vez, dirigiría su primera película: Escalofrío en la noche, entretenido film que narra las desventuras de un Don Juan (interpretado, como no, por él mismo) que pone voz a un programa nocturno de radio y que es acosado por una violenta y enfermiza admiradora. Mientras proseguía con su carrera como actor a órdenes de otros con Joe Kidd, Eastwood dirigiría e interpretaría Infierno de cobardes, western más o menos inspirado pero con algunas imágenes muy potentes. Más tarde llegarían, ya ciñéndonos a su carrera como director, Licencia para matar, o El fuera de la ley, tomando el relevo a un Phillip Kauffman que fue despedido a mitad de rodaje de la película igualmente protagonizada por Eastwood que se puso finalmente tras la cámara para llevarla al muy relativo buen puerto que puede verse en el no muy inspirado saldo final del film, pese a la gran acogida que tuvo entre la crítica.  Su siguiente película, tras rechazar intervenciones como actor en otras como Apocalypse now, fue la muy entretenida Ruta suicida y, algo más adelante la delirante Duro de pelar en la que compartía pantalla con Sandra Locke y un orangután con el que se repartía su cada vez más habitual saldo de porrazos, aunque en esta ocasión bajo un prisma mucho más cómico de lo que ya se consideraba un clásico Eastwood. Más tarde vinieron Bronco Bill, la secuela de Duro de pelar llamada La gran pelea, El aventurero de medianoche, Firefox, o la cuarta entrega de la fascistoide saga de Harry el sucio que se estrenó entre nosotros bajo el título de Impacto súbito. Una de sus más célebres réplicas (Alégrame el día) fue utilizada en campaña electoral de las presidenciales de 1984 por el entonces candidato republicano Ronald Reagan. A su incontable experiencia como director se sumarían aquella misma década El jinete pálido, la mítica y desarmante El sargento de hierro, encargada por el mismísimo Ejército de los EEUU con objetivos propagandísticos y que al ver el resultado final se retiró cautelosamente de los títulos de crédito y la interesante Bird, biografía del músico de jazz Charlie Parker. Comenzó la década de los noventa con la magnífica y misteriosa Cazador blanco, corazón negro, inspirada en las experiencias de John Huston durante el rodaje del clásico La reina de África, y la divertida El novato, película de acción al uso tan ultraviolenta y alegremente protofascista que resulta hasta risible en sus excesos, vistos desde la más pacata y repulida actualidad. 1992 sería el año de una de sus mejores películas como director: Sin perdón, western crepuscular que le supuso un buen puñado de premios Oscar, y una de las primeras en comenzar a desmitificar su propio arquetipo de tipo duro… para acabar creando uno nuevo no menos mítico. Su casi ya estereotipada virilidad sería torpedeada por él mismo en la muy interesante Un mundo perfecto y en la maravillosa Los puentes de Madison. Es quizás la película que se comenta en esta entrada, Medianoche en el jardín del bien y del mal la que menos se identifica, a mi modo de ver equivocadamente, con el resto de la filmografía del realizador tal vez debido a la escasa violencia que muestra, lo remilgado de sus ambientes, y muy especialmente a su ausencia como actor en la misma. Pero su imparable proceso de desmitificación no sólo de su propio arquetipo, sino de la conservadora ideología que lo apoya la hacen perfectamente asumible dentro del corpus fílmico del director. Ese mismo año, preso de la hiperactividad que demostraría casi siempre durante esa década y a partir de ella, volvería a la carga con la estupenda Poder absoluto, nueva muestra de su talento como actor y director, amén de su habitual y estilizado narcisismo encarnando tipos duros… pero ahora profundamente carismáticos. El mismo arquetipo que volvería a encarnar en la estupenda y injustamente olvidada Ejecución inminente, y no digamos ya en la castigada y muy reivindicable Space cowboys, ya en el año 2000. Dos años más tarde llegaría la muy decepcionante Deuda de sangre, aburrida revisión a la Harry Calahan del cine policiaco más estereotipado llevado a cabo de forma muy descafeinada. Nada que ver con esa oscura maravilla llamada Mystic river, que de nuevo recaudó numerosas estatuillas doradas de la Academia y supuso la definitiva consagración, si es que aún hacía falta, de Eastwood no sólo como autor, sino como último autor clásico. Ante esta percepción de la crítica establecida como lugar común que parece validar todo ensalzamiento de su obra sin el más mínimo matiz (vamos, que para mal), llegaría otra película de Oscar que aunque muy respetable, y con momentos muy potentes, hacía gala de un guión digno de (mal) telefilm: Million dolar baby. En el año 2006 llegaría el díptico bélico situado en la Segunda Guerra Mundial formado por Banderas de nuestros padres y Cartas de Iwo Jima, planteadas desde los bandos norteamericano y japonés respectivamente. En el año 2008 llegaría la a veces algo desabrida, otras muy perturbadora El intercambio, film de aires casi kafkianos por lo alucinante de su punto de partida argumental que palidecería en la memoria ante un film muy irregular pero perfectamente acorde con los lugares comunes del cine del realizador y actor planteado como el definitivo ocaso del perfil de masculinidad encarnado en hombres como Harry Calahan o el propio Eastwood: Gran Torino. Tras esta supuesta despedida del mundo de la interpretación (algo más adelante el director volvería a sus foros cascarrabias con Un golpe de efecto, que no dirigiría pero sí protagonizaría) Eastwood llevaría a cabo uno de los mayores chascos de su carrera con Invictus, azucarada loa a uno de los hombres más justamente celebrados del pasado siglo que el paso del tiempo ha elevado a la antipática -e innecesaria, y casi diría que contraproducente- categoría de semi-dios, el gran Nelson Mandela. Tras este traspiés, al menos para los que generalmente nos aburrimos con el deporte y el cine sin aristas, Eastwood estrenaría Más allá de la vida, de la que nada puedo decir por no haberla visto, y su última película hasta el momento: J.Edgar, interesante retrato de Edgar Hoover, cabeza visible de la oscura Agencia de Seguridad FBI, protagonizada por Leonardo Di Caprio. Ha dirigido múltiples películas para televisión, documentales musicales y compuesto la mayoría de bandas sonoras de sus películas. A día de hoy, Eastwood está considerado, y con razón, un conservador capaz de mirar con un admirable sentido crítico -ya nos gustaría ver a muchos progresistas capaces de algo similar- su propia forma de ver el mundo. Y por encima todo, un gran cineasta y un mito viviente del séptimo arte.


[2]Ciudad perteneciente al estado de Georgia, Savannah está considerada la ciudad hechizada de los EEUU por excelencia, con más de 80 cementerios en su haber, así como alrededor de 50 edificios considerados encantados. Fue fundada por el general James Edward Oglethorpe en 1733 como parte de la colonización escocesa de América del Norte, siendo la ciudad de más antigua fundación dentro del estado al que pertenece y acreedora de uno de los mayores puertos del sur de los Estados Unidos. Está considerada una de las ciudades más bellas de Norteamérica, y una de las más cosmopolitas de los EEUU actuales, por herencia de los colonizadores escoceses e ingleses primero, y luego de las familias judías españolas y portuguesas que encontraron allí un hogar en el que instalarse. Algo más adelante, ya en el siglo XIX, su población se benefició una oleada migratoria proveniente de Irlanda, y una menor pero igualmente considerable de ciudadanos franceses, algunos de ellos provenientes de Haití. Según se dice, Savannah fue la primera ciudad estadounidense cuya planificación urbanística responde a un esquema previo pensado por su propio fundador, y su declive se inició con la Guerra de Secesión para intentar remontar su decadencia en 1955, mediante un plan de recuperación de patrimonio cultural. Su fuerte personalidad a todos los niveles se ve reforzada por el hecho de que gran parte de sus edificios sobrevivieron a dicha Guerra, siendo su muy antigua arquitectura un elemento que la hace muy apetitosa a nivel turístico, una de sus mayores fuentes de ingresos especialmente durante la década de los noventa, como ciudad típicamente del sur… aunque a buen seguro con menos encanto del que Clint Eastwood logra transmitir en su película.


[3]Y eso que Medianoche en el jardín del bien y del mal tiene su base en hechos reales ocurridos en la localidad de Savannah, donde un joven llamado Denny Hansford murió a manos de su amante y jefe, un afamado restaurador llamado James Williams, en 1981. Este último fue juzgado hasta cuatro veces y declarado inocente. Este caso, según parece muy famoso entre los habitantes de la ciudad, fue la base literaria del libro que sirvió de inspiración para el guión de la película homónima dirigida por Clint Eastwood. La novela, considerada mayoritariamente como no ficción, fue escrita por John Berendt, que se trasladó a la propia Savannah en los años 80 y quedó prendado de la muy particular atmósfera que parece respirarse allí. Tomando notas de todo aquel con el que hablaba o de las rocambolescas situaciones que presenció durante su estancia, Berendt asegura que el resultado final es un apaño a caballo entre la pura realidad de Savannah y ciertas licencias artísticas destinadas a proteger la identidad de algunos de los personajes aparecidos en el libro, que fueron rebautizados al ser puestos en negro sobre blanco. Después de su publicación hubo un fuerte incremento de turistas en la ciudad, atraídos por las descripciones que de ella se hacía en la novela. Sin haberla leído ni saber de su publicación a este lado del Atlántico, se comenta que las mayores diferencias respecto a la película de Eastwood son una mayor preponderancia de la investigación criminal en el libro y el cambio de nombre del personaje principal, de Berendt a Kelso. En otros aspectos, como la aparición de Lady Chablis y su relación con el caso Williams, fue tan fiel a lo escrito que contó con la participación en el film que nos ocupa de la verdadera Chablis, igualmente fuente de inspiración para la Chablis literaria.


[4]Aunque en el caso de Lady Chablis, que se interpreta a sí misma, muy probablemente sea debido a su forma de ser, más que debido a prejuicios que hagan de ella una atracción turística similar al ayuntamiento de Savannah. Chablis, nacida Benjamin Edward Knoxs en 1957 (aunque en la película asegura haberse llamado Frank) en la ciudad de Quincy en el estado de Florida, dio sus primeros pasos como artista de variedades drag-queen como bailarina y presentadora en clubs nocturnos, ganando numerosos premios y obteniendo un gran reconocimiento como humorista por parte de crítica y público. Su carácter festivo y abierto, según dicen los que la han conocido o visto en un escenario, hacen suponer que la interpretación de la Lady es siendo generosos, inexistente y casi siempre la misma, ya sea sobre el escenario o fuera de él… y ante la cámara o fuera de su alcance.


[5]Ese equilibrio entre fuerzas destructivas y las creativas que laten bajo las límpidas formas de Savannah tienen su eco horario en la medianoche del título, particularmente en la media hora que precede el fin de un día y la media hora en que el siguiente da comienzo. Durante esos sesenta minutos partidos en dos mitades, la primera dedicada al Bien, y la segunda al Mal, los espíritus parecen tener una mayor presencia en el plano terrenal, llegando incluso a poder contactar con los vivos. O al menos eso aseguran los rituales vudúes que el personaje de Minerva en el film de Eastwood, siguiendo al parecer ritos auténticos, lleva a cabo para entrar en contacto con el difunto Billy Hanson. Por otro lado, la figura de la niña sosteniendo dos platillos a modo de balanza en la que se dirime el peso del Bien y el Mal ha sido trasladado del cementerio, tal y como se ve en la película, al museo de la ciudad. Y por lo visto los platillos no simbolizaban ningún equilibrio espiritual o moral, sino que sencillamente servían para que los pájaros del lugar pudiesen alimentarse con lo que pudiese caer allí, o beber agua de lluvia estancada. Una muestra más de la capacidad de sugestión del film de Eastwood basándose en una realidad preexistente que poco o nada tiene que ver con el saldo final de la película.




[6]Amén de una curiosa pincelada que demuestra una vez más el conservadurismo inherente del cine de Eastwood: en una de las últimas conversaciones entre el difunto Hanson y la médium Minerva, esta le espeta al muerto lo fácil  que lo ha tenido en la vida, ya que no ha tenido que trabajar, ni responsabilizarse nunca por nada, antes de zanjar la discusión yéndose de allí dejando plantado al espíritu. Por mucho que se pueda estar de acuerdo con las palabras de la médium, no dejan de ser algo pasmosas teniendo en cuenta la miseria vital que se intuye tras la vida del chapero y drogadicto Hanson, al que casi no se le ve sonreír en toda la película pero parece constantemente enfadado y amargado, como para pensar que esa es una forma de vida fácil.

jueves, 9 de enero de 2014

CLERKS





Cualquiera que haya tenido que ganarse la vida tras un mostrador de cara al público durante demasiado tiempo conoce sobradamente la historia. Dante Hicks (Brian O’Halloran) trabaja como malhumorado dependiente en una modesta tienda de comestibles, que también hace las veces de quiosco y estanco, en constante y resignado conflicto con su clientela. Habituales o de nuevo cuño, neuróticos, aprovechados, o clientes sencillamente pesados por el mero hecho de romper la monotonía diaria de Dante, este también se encara entre muchas otras cosas y siempre durante la jornada laboral resumida en esta ópera prima de Kevin Smith[1] Clerks, al ingente pasado sexual de su novia Veronica (Marilyn Ghigliotti), y el impresentable pasotismo de su compañero de batalla Randal, (Jeff Anderson) que lleva el videoclub adosado al establecimiento regentado por Dante como si sus clientes fuesen un mero estorbo que hay que barrer para poder seguir con su inacabable discusión diaria sobre la tienda, los clientes y la vida en general.
Así, Clerks sitúa en su cotidiano epicentro de baja intensidad la amistad alimentada por la pura convivencia entre ambos dependientes, con un apático y protagonista Dante como diana de todas las burlas y lecciones de vida, y un calmadamente anárquico Randal[2] como lúcido testigo e instigador de las dudas que pueden sacar a Dante de la rueda en que se ha convertido su abúlica existencia… o al menos entretenerle hasta que termine la jornada del día. Porque, lejos de toda épica, solemnidad, o problemática más o menos excepcional, Clerks se sitúa en esa tibia zona de la vida diaria en la que efectivamente no pasa nada bajo la forma de una jornada laboral que transcurre mientras se hacen planes. Acorde con lo anterior Smith, hombre orquesta que se ocupa tanto de la dirección, guión, producción y montaje del film, arma la amorfa narrativa de  su película, sin una línea argumental digna de tal nombre, en bloques separados por intertítulos de una sola palabra, en conceptos que se diría pretenden convertir las secuencias que los siguen en ilustraciones audiovisuales de lo puestos en blanco sobre fondo negro… y que pronto se revelan un recurso estilístico totalmente prescindible[3].

Porque si algo destaca en Clerks, por encima de todos sus aspectos y sólo por debajo de su inacabable cháchara, es su condición de estilizado -al menos en su guión- testimonio de la vida diaria[4], dotado de una unidad narrativa y estilística que hace casi indistinguibles en su fondo una escena de otra, todas parte de una cotidianeidad tan reconocible como bien exprimida. Smith no pretende otra cosa que el uso y abuso del día a día de sus personajes como lugar en el que tiene lugar su film, sin poner nunca en duda su situación laboral, económica o vital, sino como un escenario privilegiado desde el que atisbar el tedio cotidiano. Elementos dramáticamente potentes como podrían haber sido el paso del tiempo que parece no pasar pero no se detiene, o la bien jugada imposibilidad de Dante de abandonar casi durante todo el metraje su puesto de trabajo pese a que nada ni nadie lo retiene allí y que, para más inri y como él no deja de repetir a todo el que quiera escucharle, es su día libre dotando al film de un fatalismo casero tan cotidiano como logrado[5] que se confunde con el derrotismo de su protagonista, quedan absorbidos por una puesta en escena que opta por pasar desapercibida, y se diría que neutra, para resultar próxima. La asepsia formal de Clerks, sin subrayados de ningún tipo ni prácticamente banda sonora, se alía con la que hace referencia a su punto de vista, apolítico y neutral respecto al algo triste, pese al vitalismo, de lo que ocurre en pantalla plasmado en un blanco y negro que la aproxima, de manera tan estereotipada como efectiva, al documental. De este modo, las escasísimas florituras formales, más allá del mentado y puede que deliberado blanco y negro,  del film de Smith se reducen a una espídica planificación dentro de un coche, algún subrayado sonoro destinado a ridiculizar a los clientes del establecimiento y sus manías o a cargar de -en el fondo inocente- agresividad algún que otro instante, dentro de la calma chicha por la que navega el pobre diablo de Dante ahogado por las numerosísimas conversaciones que trufan la película y le dan su verdadera razón de ser, realzados por una estrategia formal, rayana en lo teatral, que se mantiene en un segundo plano.
Lo que no implica que Clerks no resulte sorprendentemente ágil, divertida o ligera: los enajenados clientes que castigan, pero también desperezan, la rutina de Dante con ideas tan absurdas como encontrar la docena de huevos perfecta, amotinar a los compradores de tabaco para ampliar su mercado de chicles, o usar el retrete de uso exclusivo para trabajadores del local con la clara intención de masturbarse, no sólo animan el espectáculo humano que hace de la vida del dependiente protagonista una más nerviosa pero también más vital, también animan una película que logra transmitir al mismo tiempo tanto la desidia cotidiana de un empleado como las momentáneas perlas que hacen la jornada más soportable.

Acorde con lo anterior, Clerks, como película hablada a niveles verborreicos y sobre los temas más nimios sin espacio para un retrato físico -o desde un punto de vista purista cinematográfico- de sus personajes, juega sus cartas planteando situaciones dialogadas que acumulan desgracias sobre las quejosas espaldas del pobre Dante a modo de creciente bola de nieve que nunca llega a estallar. Entre ambos polos, el del absurdo pero verosímil y el de lo cotidiano pero excepcional, el film de Smith encuentra su tierra firme en un barato[6] envoltorio formal tan aplastantemente sencillo que en ocasiones se diría, no siempre para bien especialmente debido a unos actores que no siempre alcanzan y a veces parecen recitar el texto, teatro filmado. A la frontalidad de los encuadres, la distancia de las tomas y su alargada duración que puede alcanzar la de toda una secuencia se contrapone un inteligente  juego con la mansa coreografía compuesta por la rapidez de los diálogos, un montaje invisible pero lo bastante ágil como para no demorarse -dentro de lo que cabe- demasiado, y los diferentes planos de profundidad incluidos en una misma toma, dándole un inesperado dinamismo a una película que corría el peligro de resultar quizás divertida en una lectura a su guión pero lamentable, por rematadamente antinatural y forzada  cuando se pretendía precisamente lo contrario, en su plasmación en pantalla.

Afortunadamente, la habilidad de Smith para plantear situaciones tan increíbles como posibles arrastra Clerks hacia una visión realista de la vida de su protagonista, pero también lo suficientemente distanciada como para resultar divertida. El granuloso blanco y negro, filmada en un agradecido y sucio formato de 16 milímetros, otorga a Clerks una mentada pátina de cine documental dinamitada por unos diálogos tan explicativos que el film sólo parece existir a través de ellos, pero también lo bastante ingeniosos y desprejuiciados como para validarlo por sí solos. Al humor exultantemente soez de los diálogos del film de Smith, repleto de malsonantes tacos y una refrescante explicitud sexual que espesan con fortuna el inofensivo carácter de Clerks, se le podrán achacar muchas cosas -entre ellas, que no siempre tiene toda la gracia que el guionista y realizador cree- pero no el de no estar planteado a modo de camuflaje de una estructura en la que nada, o casi nada, parece haber sido abandonado al azar. Del mismo modo que la proximidad (especialmente la generacional y más concretamente la que hace referencia a la cultura popular) de las situaciones de base planteadas por el film de Smith hace de este uno creíble y cotidiano, el director hace con su película lo que sus personajes hacen con los mínimos elementos propios y ajenos para matar el tiempo: observar y razonar. A la reflexiones sobre las posibles lecturas políticas de filmes como El retorno del Jedi, o la psicosis producida por el tener un trabajo inútil, Smith se dedica a crear, paralelamente a los en el fondo amables chistes sobre felaciones y necrofilia, una serie de lecciones vitales que rozan ocasionalmente la filosofía barata, pero otras bosquejan cuestiones mucho más complejas que lo que la sencillez de su exposición hacían esperar. De este modo Clerks se aúpa sobre la amistad entre Dante y Randal, opuestos antitéticos en el que el segundo ejerce de provocador maestro sobre el primero, que permite ser a la vez ligero y relativamente -porque efectivamente nada especial ocurre entre las cuatro paredes en las que discurre el film, que nunca rompe su inherente sensación de cotidianeidad- profundo, capaz de levantar máximas filosóficas sobre la vida, el amor, la muerte, la fidelidad a uno mismo o el paso del tiempo sin parecer adoctrinador ni alzar la voz. Vista así, Clerks se erige como una pequeña película consciente de su reducido tamaño pero dotada de una inesperada y refrescante carga de profundidad que mantiene sabiamente en un segundo término, un film igualmente consciente de su relativa condición de película de amigos que acabó por revelar una capacidad de reconocimiento entre el público a escala casi generacional para crear escuela… y nuevos mitos sobre viejos moldes.
El mencionado y amistoso antagonismo entre los caracteres de Dante y Randal, prototipos cinematográficos y vitales del conformista y el rebelde, trasunto de anarquista y lúcido Pepito Grillo, dentro del nunca cuestionado microcosmos que representa la tienda, por el que pasan desde la actual novia del dependiente protagonista hasta el amor de su vida (Lisa Spoohauer) que por fin se le pone al alcance son sólo algunos de los arquetipos que denotan el clasicismo, sino cinematográfico sí dramático, que late bajo la presunta novedad de Clerks. Los propios e icónicos Jay (un parlanchín Jason Mewes) y el orondo Bob el Silencioso (el propio Smith, mudo) ponen la guinda al férreo y pequeño pastel estructural del film –tremendamente clásico en este aspecto, en el que no hay personaje que no tenga una función determinada dentro de Clerks-  como consejeros y guías[7] a un protagonista desnortado que busca sin encontrarlo su lugar en un mundo que, en una nueva dualidad de la película de Smith, no es ni mucho menos tan nuevo ni realista como podría parecer... Y, puede que precisamente por eso, logra fintar su condición coyuntural o generacional más allá de lo que en la superficie, personajes, diálogos o geografías, pueda mostrar, dando a luz estos últimos a nuevos arquetipos.

Dichos personajes que el tiempo elevó a la categoría de iconos, y la capacidad de ampliar las posibilidades de la más abúlica existencia personificada en Dante (y en menor medida, también en Randal) a través de los pequeños detalles que realzan lo insólito que hace soportable algunas parcelas de lo cotidiano, hizo de Smith uno de los adalides de la involuntaria glorificación de la Nada diaria[8] capaz de encontrar lo esencial oculto en lo aparentemente superfluo para una generación desnortada hasta el nihilismo que ve pasar su vida desde detrás de un mostrador, única línea de separación entre los locos que ofrecen su dinero a cambio de comida, cigarrillos o periódicos y los que les devuelven el cambio, haciendo sus vidas más soportables. Y, precisamente por el tibio equilibrio que componen entre unos y otros, y que Clerks como divertida traslación cinematográfica del espíritu grunge sustenta entre charlas y latas de refresco a modo de costumbrista purgatorio[9] en el que nada resulta concluyente ni decisivo, no parece precisamente un trampolín a una vida mejor. Así, y empantanándose en el conformismo cotidiano y apalancados en el frustrante consuelo del superviviente de ver el vaso medio lleno, Smith erige, gracias a su sencillez estética y su grosero -y divertido- sentido del humor recargado de diálogos sobreexplicativos una apología de lo superfluo como vacuna contra el utilitarismo, tanto laboral como cinematográfico y ya sea fuera o dentro de su película a base de un ingenio capaz de extraer matices de lo cotidianamente gris… como ya advierte la persiana de la tienda atrancada sólo cuestionada por el cartel garabateado por Dante: Les aseguramos que estamos abiertos. 
Y trabajando.

Título: Clerks. Dirección y guión: Kevin Smith. Producción: Scott Mosier y Kevin Smith. Dirección de fotografía: David Klein. Montaje: Scott Mosier y Kevin Smith. Música: Scott Angley. Año: 1994.
Intérpretes: Brian O’Halloran (Dante Hicks), Jeff Anderson (Randal Graves), Marilyn Ghigliotti (Veronica Loughran), Jason Mewes (Jay), Kevin Smith (Bob el Silencioso), Lisa Spoohauer (Caitlin Bree).           


[1]Nacido el 2 de agosto de 1970 en Nueva Jersey, Kevin Patrick Smith fue el tercer hijo del matrimonio formado por el ama de casa Grace y el cartero Donald. Estudió en una escuela de raigambre católica, hecho que marcaría su vida personal y que aparecería numerosas veces, la mayoría bajo una óptica considerablemente crítica con la iglesia como institución, a lo largo de su carrera cinematográfica. Tras una infancia y juventud entre cómics y una gran afición por el cine de la mano de su progenitor, se trasladó a Nueva York a poco de graduarse en el instituto para asistir a la New School for Social Research, donde pretendía estudiar narrativa. Pero Smith pisó pocas veces el aula; a cambio, se dedicó a revolotear por el Rockefeller Center, lugar de rodaje del Saturday night live, esperando sentado a que algún mandamás televisivo viese en él el genio silencioso que el programa necesitaba… y que nunca recaló en su presencia. Algo desencantado, Smith abandonó los estudios y regresó a Nueva Jersey, donde encontró un trabajo como dependiente en un videoclub -propiedad de un empresario que también albergaba la tienda de comestibles en la que más tarde tendría lugar Clerks- en el que pasó unos años y conoció a un joven empleado de la limpieza que le inoculó la pasión por el cine y junto al que vio la película que cambió su manera de entender el cine y hacia donde enfocar su vida. Slacker,  de Richard Linklater, aguijoneó el orgullo de Smith, que albergó esperanzas de que si una película como esa podía hacerse y tener su público, él podría hacerlo también. A partir de entonces, y a modo de formación, estudió algunas películas de Hal Hartley, Jim Jarmusch o Spike Lee, para finalmente enrolarse de nuevo en una universidad canadiense, la Vancouver Film School, que ofrecía en un curso de ocho meses de duración un método de enseñanza práctico con escasas lecciones teóricas. Fue allí donde conoció a Scott Mosier, futuro co-productor de Clerks y sempiterno colaborador de Smith en el futuro, y a su director de fotografía David Klein, además de rodar algunos cortos documentales en Súper 8 el más célebre de los cuales fue precisamente un documental sobre el fracaso de uno anterior que no llegó a rodarse jamás. En el ecuador de curso, y con la posibilidad de recuperar la mitad de los nueve mil dólares de inscripción al desertar en ese instante, Smith plegó velas y volvió a Nueva Jersey con el objetivo de convertirse en director de guerrilla y autoemplearse, pese a las oportunidades que ofrecía la bien subvencionada industria audiovisual canadiense. Tras leer algunos libros alrededor de cómo directores del renombre de Sam Raimi o Robert Rodríguez habían logrado llevar a cabo sus baratas óperas primas, Smith se embarcó en el rodaje de Clerks, tal y como se explica de forma más pormenorizada en una nota al pie que puede leerse algo más adelante. Poco después de Clerks, y ya en el año 1995, Smith volvería a la carga con Mallrats, película de culto que ya perfilaba algunos de los elementos más reconocibles de su cine y exageraba la vertiente cómica presente en su primera película. Pese a todo, Mallrats no deja de ser una película a veces divertida, otras pesada, que abandona esa capacidad de Clerks de plantear temas de cierto calado desde una perspectiva inocentemente humorística… y que sería el único sustento de la fallida Mallrats, pese a todo un título de culto para algunos superior al resto de la filmografía del director. Algo que, en opinión del que suscribe, llegaría en 1997 con Persiguiendo a Amy, película más madura que las dos anteriores sin por ello caer casi nunca en una impostada seriedad y una tendencia a la cursilería muy atenuada que con el tiempo acabaría siendo una de las constantes más irritantes de su cine. La polémica llegaría un par de años más tarde con Dogma, película sorprendentemente criticada por algunos círculos afines al catolicismo más desnortado que, como sabrá cualquiera que haya visto el film, se negaron a ver la película de Smith por (pre)juzgarla de blasfema y ofensiva para su fe. Ni falta hace decir que Dogma está muy lejos de dichas acusaciones y resulta además una entretenida película que puede considerarse como una de las más eminentemente visuales de una carrera cinematográfica basada en la incontinencia verbal. Una vez más fueron necesarios dos años para que el director volviese a rodar, en esta ocasión con la obvia intención de cerrar un capítulo de su vida profesional. Jay y Bob el silencioso contraatacan supone una divertida tontería a mayor gloria de sus personajes más icónicos, interpretados por Jason Mewes y él mismo, por la que pasan sin ton ni son casi todos los personajes de películas anteriores del realizador. Siendo esta película algo más similar a una fiesta de fin de curso en el que todo el mundo parece estar invitado y llevando al límite la tendencia del realizador de entremezclar personajes de diferentes películas como parte de un mundo de ficción habitado por todos ellos, lo cierto es que para cualquiera que no sea un seguidor de la obra de Smith muy probablemente le parecerá una tomadura de pelo, tal es su condición de complemento de películas pretéritas y su sentido del humor tan gamberro como a la postre inofensivo. Pero el cambio llegó, y a decir de los que la vieron, no precisamente para bien: Jersey girl, comedia romanticota al parecer de lo más convencional, fue su siguiente película en el año 2004. Quizás alertado por la mala acogida generalizada de la película, Smith se replegó a territorios conocidos con la secuela del film que nos ocupa, Clerks 2, que resultaba divertida y hasta cierto punto entrañable en su recuperación de los protagonistas de la original diez años más tarde… pero que también hacía gala de una trama sentimental azucaradísima y cierta sensación de que lo que antes resultaba fresco ahora se intuía algo formulario. En el año 2008 Smith dirigiría la entretenida ¿Hacemos una porno? que como las anteriores era una de cal y una de arena, entremezclando cierto atrevimiento en los diálogos y algunas situaciones con un fondo tan convencional como el de cualquier comedia al uso. En paralelo con su carrera de realizador y guionista, Smith hizo sus pinitos como actor, aprovechando su relativa celebridad como personaje más o menos público para una parte de la audiencia, siendo la película de mayor envergadura en la que participó la cuarta entrega de Jungla de Cristal (comentada en este blog hace un par de semanas), La jungla 4.0 con Bruce Willis como consuelo e inevitable protagonista. Precisamente fue Willis quien propuso a Smith el que sería su próximo proyecto: Vaya par de polis, del año 2010, el primero dirigido por el director de Clerks que no partiría de un guión propio ni contaría con su participación en el libreto. El resultado, pese a no haberla podido ver, pasó sin pena ni gloria tanto para los fans de Smith como para los de un Willis que quedó tan disgustado con el saldo final como el realizador. Tras un rifi rafe mediático en el que Smith acusaba a Willis de no querer sentarse a hablar de su personaje y Willis acusaba a Smith de pasarse el rodaje fumando marihuana (a lo que el director respondió que esa era su manera de dejar volar su creatividad), la película parece haber pasado al olvido. Un año más tarde llegaría su por ahora última película, e indudablemente una de las mejores de su carrera: Red State, comentada en este blog el mes de noviembre del año 2012. Además de la dirección y escritura de sus películas, Smith ha trabajado durante todos estos años en labores de producción de filmes propios y algunos ajenos como El indomable Will Hunting, en la que participaba como actor y guionista uno de sus grandes amigos y colaboradores, Ben Affleck. También ha escrito numerosos comics, libros autobiográficos y dado conferencias en universidades norteamericanas en las que básicamente se dedica a destripar sus acercamientos a la industria del cine. Y que no tienen desperdicio.

[2]Los nombres de ambos personajes tienen un revelador origen literario. Mientras el de Dante es una referencia directa a su tocayo creador de La divina comedia, que hace buena la traslación del infierno narrada en el libro a la existencia del dependiente de la tienda de alimentación, el nombre de Randal tiene un origen menos reputado. El suyo responde al mismo que el de Randall (este con elle) Flagg, Demonio que asola a una humanidad al borde de la extinción nuclear en la larga novela de Stephen King Apocalipsis, y que iría apareciendo como personificación del Mal en otros libros del reivindicable escritor de Maine como en su interminable saga de La torre oscura.

[3]Pese a la influencia que puedan provocar estos intertítulos en la audiencia de la película, el propio Smith ha declarado en más de una ocasión que su intención inicial era la de plantear cada secuencia como un remake cinematográfico y actualizado de los círculos del infierno por los que pasa el personaje de La divina comedia, pero que al verlo demasiado pedante y restrictivo, los cambió por una serie de palabras que, sencillamente, le hacían gracia y le daban un aire culto a su película. Fueron palabras que Smith denomina de cincuenta centavos, que podían gustar a un “público universitario” con ganas de buscarle tres pies al gato y que funcionan como oposición a palabras más vulgares o (de nuevo, según Smith) de cinco centavos, como joder o culo. Y, además de todo lo dicho, las palabras que van apareciendo una y otra vez durante la película compartimentándola son absolutamente inútiles (y difícilmente rescatables desde una innecesaria óptica más o menos culterana) dentro de su desarrollo.

[4]No por casualidad, el propio Smith trabajó en una tienda de alimentación mientras alternaba jornadas en un videoclub, en el que conoció a un chico que limpiaba el local por las noches que le inoculó las ganas de trabajar en el cine, propiedad del mismo dueño que el negocio anterior. El director y guionista de Clerks asegura que él mismo fue la inspiración para el personaje de Dante, y que Randal era quien le habría gustado ser en algunas situaciones. La novia de Dante Veronica y su amor platónico Caitlin estaban inspiradas en la que era su novia de entonces, la hermana de Scott Mosier… además de la abulia vital que parece empantanar a todos los personajes del film. Más aún, la tienda en la que tiene lugar Clerks es la misma en la que el director trabajaba cuando el rodaje del día concluía para reanudarlo una vez la persiana se había bajado para los clientes. A decir de Smith, trabajaba en el establecimiento de seis a once de la mañana para echarse a dormir desde el fin de su jornada hasta que el rodaje diese comienzo o preparar lo que fuese necesario para aquella noche. Todo lo utilizado, ya sea dentro de la película o como picoteo, era parte de la tienda, así que fue pagado por el equipo como gastos de material y casi siempre evitando la presencia del propietario del lugar. La tienda también sirvió como cuartel general durante los ensayos con el reparto y lugar de montaje por parte de Scott Mosier durante la jornada diurna de Smith, función en la que se iban turnando cada equis tiempo durante el rodaje del film.

[5]Muy lejos de la claustrofobia que habría dotado a una situación como ésta un realizador como Roman Polanski, o del surrealismo del Buñuel de El ángel exterminador, la película de Smith parece más emparentada con la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot, pero con una base realista tan reconocible que hace de la situación de Dante, y la de tantos alienados como él, más absurda todavía. En el catálogo de influencias de Clerks podrían encontrarse además films clásicos del cine independiente americano como Nola Darling, de Spike Lee (con escenas muy similares tanto en su forma como en sus intenciones) o las primeras películas de Jim Jarmsuch como Extraños en el paraíso, Bajo el peso de la ley o Permanent vacation. Aunque la influencia declarada más importante, además de suponer el impulso que llevó a Smith a llevar a cabo Clerks, es el film de Richard Linklater Slacker, que el realizador del film que nos ocupa pudo ver en una escapada que hizo a Nueva York el día de su vigésimo primer cumpleaños.

[6]Partiendo de un presupuesto de 25 mil dólares de base, conseguido mediante tarjetas de crédito (o lo que es lo mismo, endeudándose hasta las cejas), Smith vendió su colección de cómics y logró algunos fondos más gracias al seguro de sus dos coches Volkswagen (ambos hechos un cristo, uno propiedad a medias con Jason Mewes y el otro con el motor aún por reparar), siniestrados durante una fuerte tormenta que cayó sobre Nueva Jersey, riada incluida, que arrasó con todo… y que para los responsables económicos del film, fue como agua de mayo. Los padres de Smith, él cobrando una pensión por invalidez y ella ama de casa sin remunerar, aportaron igualmente una pequeña cantidad para que la película de su retoño se hiciese realidad.

[7]Además de protagonizar la escena visualmente más potente de la película, pese a su aplastante sencillez. Aquella en la que ambos, tenuemente iluminados por la lámpara que alumbra la entrada del establecimiento ante el que se pasan el día apostados, se desgañitan bailando sin decir palabra. En una película tan animada en lo verbal y tan calmada en lo físico, esta secuencia supone un liberador mazazo de vitalidad tan gratuito y lúdico como maravilloso.

[8]Fruto de todo lo anterior y otros elementos ajenos al film y su producción, como fue el encuentro de Smith y Mosier con los gurús del más visible cine independiente -signifique lo que signifique eso- americano de principios de los noventa. Fue gracias a Bob Hawk, nombre de influencia dentro de algunos festivales de cine al que Smith llegó tras algunos agradables contactos con la prensa local, como Clerks acabó en el Festival de Sundance, pero fue por el empeño del representante de productores John Pierson que la película de Smith acabó en los despachos de Miramax… para ser ignorada por completo por uno de sus mandamases, Harvey Weinstein. De nuevo en Sundance, y bajo el consejo de Pierson de cambiar el final original de la película que terminaba con Dante muerto durante un atraco a la tienda de alimentación, un trabajador de Miramax convenció a Weinstein para que le diese una segunda oportunidad. Y esta vez funcionó, Miramax acabó por ser la única distribuidora que pujaba por Clerks en el mercado cinematográfico tras su paso por cuatro sesiones en Sundance, aportando 227 mil dólares por los derechos de explotación. Veintisiete de los cuales servirían para cubrir los gastos definitivos del film sin contar las tarjetas de crédito, cien mil más para inflar el film de 16mm. a 35mm. y así poder ser proyectado en cines… y de propina cien mil más para repartir entre todo el equipo de la película. Pese a proyectarse en pocos cines recaudó unos tres millones de dólares en suelo norteamericano, más alrededor de cinco más en el resto del mundo… por no hablar de un considerable éxito en el mercado doméstico VHS que hizo de Clerks una película de culto. Además, y acrecentando un prestigio que probablemente la hizo merecedora de estreno en Europa, ganó el Premio del Jurado del Festival de Cannes de 1994 y el Premio al Mejor Director en el de Sundance.

[9]En ese sentido, y pese a la escuela creada por Smith con una breve y muy olvidable prole cinematográfica en la que se confundió demasiadas veces el describir el tedio interminablemente dialogado con hacer una película hablada y tediosa, los proyectos más similares a los del film de Smith hay que encontrarlos en la literatura, con el autor Douglas Coupland a la cabeza. El escritor de la novela Generación X -clasificación generacional en la que tanto Dante, Randal o Kevin Smith se integrarían sin demasiados problemas- mucho menos cáustico que el realizador de Clerks se sostiene como uno de los pocos iguales a Smith como retratistas de una generación que se debate entre la angustia de la falta de perspectivas vitales y la cómoda pereza de no tener que decidir nada inmediatamente.