jueves, 17 de julio de 2014

JUNGLA DE CRISTAL: LA VENGANZA



Según el cineasta Alfred Hitchcock, una película debería empezar con un terremoto para luego proseguir siempre en sentido ascendente en intensidad. Jungla de cristal: la venganza comienza con una explosión en el centro de una Manhattan de postal, poblada por un gentío que invade las calles ininterrumpidamente, puestos callejeros de comida ambulante y hombres barriendo a manguerazos la mugre acumulada en el asfalto por el aplastante calor veraniego que asola la ciudad. Pero sin orden ni preaviso, un conjunto de coches y una camioneta saltan por los aires ante el estupor generalizado y la consecuente investigación del atentado con bomba por parte de la policía de Nueva York. Un seguimiento de cortísima vida, casi tanto como la primera toma de contacto de este film dirigido por John McTiernant[1] con la calurosa urbe que pronto se revela como un lúdico parque temático con la destrucción generalizada como atracción principal, que culmina con una llamada telefónica por parte de un hombre que, tras adjudicarse la autoría del atentado, se presenta como Simon (un algo desubicado Jeremy Irons) y anuncia que las explosiones matutinas de ese día son tan sólo la antesala de lo que le aguarda a la ciudad si no se cumplen sus condiciones: que el ex detective John McClane (Bruce Willis) juegue una sádica partida en la que la isla de Manhattan hará las veces de prenda y tablero. Así, y tras enunciar el somero punto de partida argumental a partir del cual se arma Jungla de cristal: la venganza, tercera aventura del castigado personaje encarnado por Willis, prácticamente claudica en su desarrollo desde el instante en el que McClane aparece tumbado en el suelo de un furgón policial desperezándose de la enésima resaca de la que por una vez deberá recuperarse no derrumbado en su sofá y ante el televisor, sino preso de una gincana terrorista en la que, como de la propia película de McTiernant, él es el centro absoluto.



Vista así, y puede que debido a la absoluta ausencia de trama propiamente dicha más que de una pobreza de desarrollo, Jungla de cristal: la venganza juega sus cartas pobremente escritas desde el guión mostrándolas en pantalla con la velocidad de un tahúr por un McTiernant que convierte su film en una inocente pero desenfrenada gamberrada con su estrella protagonista como epicentro de un caos urbano en el que lo lúdico se impone por encima de todo atisbo de tensión. Un actor en la piel y bajo la inevitable camiseta imperio de un personaje que aquí aparece absolutamente desprovisto de todo rasgo de identidad, más allá de un nombre que le otorga un pasado al que prácticamente no se hace referencia en Jungla de cristal: la venganza, exento de toda motivación que no sea la de salvar el pellejo o, en lo posible, el de sus conciudadanos. Convertido en un mero estereotipo, perfectamente compensado por el carisma del actor que lo interpreta, el raquitismo en el retrato del McClane de Jungla de cristal: la venganza supone el paradigma de lo pobremente desarrollado del guión de la película, incapaz por todo lo anterior de sugerir, desde una estructura compuesta por secuencias prácticamente independientes las unas de las otras y con un grado de continuidad casi aleatorio, la más mínima impresión de peligro, aunque no de urgencia. Más aún, su absoluta entrega al más ruidoso espectáculo se revela como la única manera de compensar un libreto insostenible que en el mejor de los casos resulta superfluo para el muy disfrutable visionado de la película dirigida por McTiernant, pero que en los afortunadamente escasos tiempos muertos que trufan el film es incapaz de resolver los numerosos sinsentidos de su más que básica, prácticamente única trama. Así, y ciñéndose a los cánones del taquillazo veraniego más espurio bajo los que se concibe, y a conciencia, el film dirigido por McTiernant, Jungla de cristal: la venganza se exhibe como espectáculo puro y duro y, yendo un poco más allá, como juego en el que un McTiernant imbuido del espíritu del malvado de turno tortura traviesamente a su personaje principal mientras invita al espectador a disfrutar de un film planteado como un show circense de primera magnitud.



Un más-difícil-todavía increíblemente trepidante pese a estar paradójicamente exento, como se decía algo más arriba, de tensión en un planteamiento formal. La luminosidad de una fotografía que no busca provocar un dramatismo ausente en Jungla de cristal: la venganza, una planificación a veces caótica y siempre nerviosa en su uso de la cámara al hombro como tónica formal, nunca planteada como generadora de un suspense que jamás llega y cuyos momentos más elaborados se reducen a ocurrentes estrategias que parecen responder antes a gamberros giros cómicos más o menos sorprendentes que al más mínimo intento de densidad que pueda poner palos en las ruedas del divertidamente frenético tren de juguete gobernado por McTiernant. Una película cuya atmósfera sonora, formada por un constante griterío, frenazos de coche, explosiones y puñetazos, resume bastante bien el aspecto visual de un film marcado, y para bien, por su tendencia al puro ruido como estrategia para silenciar el vacío sobre el que se construye. Esta falta mentada falta de densidad, sustituida aquí por un mucho más ligero y continuo frenesí, se alimenta a su vez de un despreocupado sentido del fascismo más recalcitrante con atentados bomba que no dejan víctimas y un policía protagonista que él sólo asesina a tiros y entre divertidos chascarrillos chulescos a prácticamente un ejército entero, para acabar situando Jungla de cristal: la venganza en una descerebrada y perpetua huída hacia delante en la que detenerse o cuestionar alguno de los lugares comunes de los que se alimenta supone blandir la bandera blanca ante los problemas, ya sean morales, políticos o, yendo a los que realmente hunden o alzan una película, narrativos. Y si en Jungla de cristal: la venganza  y al contrario de lo que les ocurre a sus protagonistas al enfrentarse a los numerosos acertijos sembrados por Simon por toda Manhattan, pensar -o en este caso detenerse mínimamente para plantearse lo que ocurre en pantalla- implica perder, McTiernant se arma de razones para provocar un vigoroso sentido de la emoción que se alimenta de un primer tramo magistral, con una frenética carrera contra reloj por Central Park y las calles de Manhattan que culmina con un atentado en el metro de la ciudad narrado, filmado y montado con un desparpajo digno de aplauso, una bastante lograda naturalidad dentro de ciertos parámetros que humanizan a los personajes a base de moratones, heridas y constantes quejas sobre lo maltratador de su situación, y una querencia por lo despreocupadamente bruto que resulta, entonces y ahora, muy liberadora en su falta de pretensiones, suponen un constante estímulo tan necesario para el buen desarrollo de la película como inane en definitiva. Una testosterónica naturalidad, siempre forzada bajo los cánones de la divertidamente bruta virilidad que desprende McClane que encuentra su único contraste en un antipática e interesadamente relamido Simon, que otorga a Jungla de cristal: la venganza una inmediatez y una proximidad quizás prefabricada, pero crucial para transmitir la vivacidad de una propuesta que sobrevive gracias a su despreocupación. Podría pensarse que McTiernant, teniendo en sus manos la claustrofóbica ratonera en que Manhattan se convierte en el guión de Jungla de cristal: la venganza, opta por no complicarse la vida y transforma la potencial angustia de un hombre convertido en la presa de un lunático en una especie de aventura gráfica o un videojuego escasamente elaborado -reduciendo su propuesta a un terreno como se decía algo más arriba mucho más inofensivo aunque no menos intenso- plagado de acertijos que activan bombas que sólo se desactivan al enunciar la respuesta correcta. Porque más allá de lo comentado al respecto, la falta de motivación del protagonista (supervivencia aparte), y la gamberra blancura de la que hace gala la película, diluye la tensión hasta ser definitivamente asfixiada por una de las mayores virtudes de Jungla de cristal: la venganza: su despreocupado sentido del humor capaz de evaporar la empatía del público para con el sufrimiento de un personaje al que sólo el carisma del actor que lo interpreta, su sobrehumana resistencia que no le impide retorcerse de dolor y aprovechar cada instante para poner a bajar de un burro a todos aquellos que le hayan metido en su peliaguda situación, y su condición de vector principal a través del cual transcurre la película, salvan el film de McTiernant de un distanciamiento que habría sido fatal para la película.



A cambio, y gracias a la inestimable colaboración del involuntario compañero de correrías del detective, un afroamericano racista de muy malas pulgas que responde al nombre de Zeus Carver (un Samuel L. Jackson cuya rotunda presencia es capaz de hacerle sombra a la de la estrella principal de la función), Jungla de cristal: la venganza se sostiene a base de un constante intercambio de insultos, réplicas chistosas tan hirientes para los que las reciben como divertidas para el público de la película, y una ininterrumpida catarata de malsonantes tacos que regurgitan la tensión del film retroalimentando la impresión de que nada en esta película, y sin que ello comporte un desdoro hacia el resultado final, es digno de ser tomado en serio. A través de Zeus, personaje tan desdibujado como McClane pero igualmente fortalecido por el actor que lo encarna, no sólo se incluye una pincelada alrededor del racismo que a duras penas sirve de trampolín a partir del cual se establece de forma algo peregrina la alianza a la fuerza entre el detective blanco y el propietario de una tienda de segunda mano del barrio de Harlem, sino una excelente válvula de escape, sustentada en la comentada y malsonante verborrea, capaz de mantener un grado de interés en el espectador que de haberse tratado de una epopeya de acción de un solo hombre (McClane) habría sido muy probablemente, y de nuevo, un absoluto fracaso. Vista así, Jungla de cristal: la venganza se sostiene en buena medida gracias a la relación entre McClane y Zeus, antes que en el antagonismo entre el detective y su Némesis al otro lado de la línea telefónica Simon. Éste último supone uno de los elementos peor desarrollados, por contradictorios, del film ya que mientras su presencia en la película se reduce al de ser una simple voz que ordena y dispone durante el primer tramo de Jungla de cristal: la venganza reservándose el papel de divertidamente sádico demiurgo, cuando el personaje interpretado por Irons hace acto de aparición la pegada del film de McTiernant se desinfla considerablemente. Quizás en parte por introducir una motivación criminal (un atraco a la reserva federal estadounidense) que convierte la venganza personal que complementa el título del film y tiende un puente con la primera aventura de McClane en agua de borrajas y, lo que es peor, en una contradicción absoluta que se sostiene a duras penas gracias a ser mostrada en paralelo con la inminente detonación de una bomba escondida en un colegio de Manhattan sin determinar y que pone en jaque a todas las fuerzas del Orden de la isla. Siendo probablemente la primera y única concesión de McTiernant a la emoción,  consistente no tanto en el espectáculo como en la carrera contra reloj para salvar de la vida de los niños de la ciudad, las finalmente vulgares intenciones de un Simon vendido al dinero, en un nuevo lugar común del cine de acción made in USA en el que la pobreza ideológica de los malvados de turno hacen de sus motivos políticos una mera cortina de humo que les permite abrazar las bondades capitalistas que aseguraban repugnar, lastran un tanto el divertido juego que el espectador vive sobre los castigados hombros de McClane pero que espera como agua de mayo toda nueva perrería por parte del criminal. Y es en este regodeo en el que McTiernant se delata: lo enrevesado de los planes de Simon, pergeñados con una mala baba lo bastante ingeniosa como para resultar graciosa, y el mentado sentido de la diversión extraído del puro caos urbano convierte Jungla de cristal: la venganza en una suerte de comedia negra próxima a un intenso y violento slapstick en lo visual y a una maleducada screwball comedy en lo verbal[2], cuyo endiablado ritmo diluye sus fronteras con las de un género, el del cine de acción, reafirmado a base de su uso y abuso de lugares comunes que ocasionalmente roza la autoparodia.



De este modo, y situado entre ambos fuegos, el que supone la socarrona resistencia física y humorística de un McClane que es pura acción física que sirve de conductor de la trama por un lado y la fría bilis con la que un Simon etéreo maltrata al detective creando dicha trama por la que el malcarado policía va dando tumbos, el público de Jungla de cristal: la venganza se encuentra en la divertidamente masoquista disyuntiva (a buen seguro involuntaria por parte de los responsables de la película, pero igualmente muy efectiva) de esperar el siguiente retruécano argumental que castigue el ya de por sí huraño policía, transformando el film en su primera y superior mitad en un juego desprovisto de toda narrativa más o menos elaborada pero que la habilidad de McTiernant logra sostener en el aire. Probablemente por eso, este sorprendente y muy conseguido equilibrio se rompe al presentarse la trillada motivación real de Simon haciendo de la trama alrededor de la venganza, que había logrado situar a McClane en el centro dramático de la película justificando hasta cierto punto la omnipresencia de Willis en pantalla, una contradicción que jamás llega a resolverse y que, peor aún, raletinza el ritmo de un film en el que el dinamismo constante (verbal o físico) supone su mayor baza. Así, y una vez la voz que todo lo organiza y que práticamente hace las veces de narrador de un film que avanza a través de sus designios se  materializa en un desabrido Jeremy Irons incapaz de situar al personaje que interpreta a la altura de su omnipotencia inicial, y Jungla de cristal: la venganza pretende dar un fracasado sentido narrativo a todo lo visto, es curiosamente cuando el film hace aguas en su plausible pobreza de desarrollo. A partir de ese instante, la película se divide entre las escenas protagonizadas por Bruce Willis y su comparsa Samuel L. Jackson, dotadas de un ritmo y un festivo y despreocupadamente fascistoide sentido de la violencia que casi nunca desfallece y, montadas en paralelo, otras muy inferiores por su fatal estatismo y aburridos comentarios alrededor de los rebuscados planes del grupúsculo europeo que pretende hacerse con el oro que les permitirá, según sus palabras, comprar el país que deseen para su ejército sin patria[3]. Y llegados a ese punto -pese a todo y como se decía algo más arriba bastante bien llevado por un McTiernant que no abandona su estimulante tendencia al humor gamberro y al frenesí más físico lleno de accidentadas persecuciones de coche o violentos tiroteos y palizas que van convirtiendo el periplo de  McClane en una especie de martirio del que su inquebrantable sentido del humor lo convierte en vencedor moral a ojos del público- Jungla de cristal: la venganza desemboca en una pobre, prototípica y bastante desabrida conclusión, a todas luces anticlimática y desganada[4], que por suerte no descompensa la espuria intensidad del resto de la película. Llegados a este punto, y con el vacío que late bajo la turbulenta superficie del film, las cartas se ponen sobre la mesa sin asomo del más mínimo farol: no hay aprendizaje por parte de un personaje (McClane) que termina el film tal y como empieza, a punto de llamar a su exesposa en un punto final que tiene más de machada presuntamente chistosa que de retrato de la mentalidad del policía, no hay evolución, ni por parte de McClane ni tampoco de Simon, y se diría que tampoco por parte de un Zeus tan desdibujado en sus simpatías hacia McClane que a duras penas puede hablarse de un mayor acercamiento hacia la raza blanca. Nada en Jungla de cristal: la venganza va hacia ninguna parte, aunque por fortuna tampoco lo intenta siendo así incapaz de generar una decepción al respecto. Sólo hay furia, frenesí, sangre y sudor engarzados en una embarullada melodía que expulsa todo intento de trascendencia o dramatismo y que pretende tomar al asalto el sistema nervioso del espectador antes que un privilegiado lugar en su memoria. Un irregular pero impepinable espectáculo que se reconoce como un divertimento que sabe finiquitarse tan pronto como la acción ha llegado a su fin, de forma tan brusca y abrupta que poco o nada se le puede exigir más allá de lo que ofrece.



Título: Die hard with a vengeance. Dirección: John McTiernant. Guión: Jonathan Heinsleig. Producción: John McTiernant y Michael Tadross. Dirección de fotografía: Peter Menzies. Montaje: John Wright. Música: Michael Kamen. Año: 1995.

Intérpretes: Bruce Willis (John McClane), Samuel L. Jackson (Zeus), Jeremy Irons (Simon), Larry Bryggman (Inspector Walter Cobb), Graham Greene (Joe Lambert), Colleen Camp (Connie Kowlski), Nicholas Wyman (Targo).





[1]Para los que deseen leer una somera biografía del polémico realizador de Jungla de cristal: la venganza, pueden hacerlo en una de las notas al pie del análisis hecho en este mismo blog de la primera película de la saga, La jungla de cristal, en el mes de diciembre del pasado año 2013.


[2]Ambos subgéneros dependientes del de la comedia, surgidos en la llamada época clásica del cine se definen por una perfecta sincronización de algunos de sus elementos. En el caso del slapstick, que englobaba aquellas comedias en las que el personaje o personajes principales sufría imposibles caídas, tartazos en la cara o una consecución de golpes cronometrados a la perfección para resultar tan hilarantes como prácticamente imposibles. De naturaleza casi circense y en una especie de mezcla de numero cómico de payaso y malabarismos todo en uno, el slapstick tuvo, por su espectacularidad visual, su época dorada durante el cine mudo. Algo que, por su naturaleza casi exclusivamente verbal, habría sido imposible para el cine de la screwball comedy, cuya comicidad estaba basada en los gags verbales, los diálogos espídicos y los equívocos y giros narrativos que se desprendían de una verborrea muchas veces (las mejores) acompañada de una gestualidad de los actores que en Jungla de cristal: la venganza se encuentra en una variable testosterónica y gamberra pero igualmente muy conseguida, gracias a las excelentes interpretaciones de Bruce Willis y Samuel L. Jackson que componen una muy particular química entre una pareja de personajes que en el guión resultan completamente planos. De esta manera, Jungla de cristal: la venganza complementa la tendencia generalizada de la saga (y debido a su éxito, a una parte del cine de acción influenciado por el primer film protagonizado por John McClane) al slapstick que el sentido del humor que tanto Willis, que no en vano se hizo un nombre como actor de comedia antes de encarar su imagen de tipo duro y héroe de acción, como McTiernant en la primera entrega, se encargaron de sembrar en el particular vía crucis del policía hasta erigirse en uno de sus elementos más diferenciadores del resto de action-heros coherentemente surgidos durante la Era Reagan. Por algo será que algunos analistas dice, no sin razón, que el mayor referente cinematográfico del personaje de John  McClane no serían los Stallone o Schwarzenegger con los que compartió década y expeditivos métodos, sino con el cine silente protagonizado por Harold Lloyd antes de que el cine sonoro, y con él el screwball comedy, relegara el humor físico de trompazos e imposibles piruetas a un segundo plano.


[3]Este decalaje fue debido, según parece, a los continuos cambios a los que fue sometido el guión original titulado Simon dice escrito por Jonathan Heinsleig, que dio con la idea al imaginarse como se vengaría un amigo de su infancia al que accidentalmente hirió de una pedrada cuando eran niños, ya en la edad adulta y con el conflicto olvidado al menos por una de las partes. Un libreto que inicialmente no estaba planteado como base escrita de la tercera película de la saga iniciada en 1988 por La jungla de cristal sino como vehículo de lucimiento para el actor Brandon Lee, que haría el papel que finalmente sería rebautizado como John McClane y acabaría interpretando Bruce Willis, y que en sus primeras versiones incluía una co-protagonista femenina que reescritura tras reescritura se convertiría en el iracundo Zeus encarnado con su habitual intensidad por Samuel L. Jackson. Probablemente debido a la oscura muerte de Lee durante el rodaje de El cuervo, dirigida por Alex Proyas en 1993, el guión se archivó y pasó a ser uno de los hipotéticos libretos de una cuarta parte de otra saga de acción nacida en los ochenta, Arma letal, hecho que seguramente provocó la incorporación de una trama típica de las buddy-movies que la saga interpretada por Mel Gibson y Danny Glover abrazaba sin problemas desde el primer y entretenido Arma letal… Aunque, una vez más, el proyecto fue descartado para acabar en las manos de un John McTiernant que pidió algunos cambios en la historia -muy especialmente en un segundo tramo que para cuando el libreto debía usarse para una cuarta Arma letal giraba alrededor de un atraco en el MOMA, que acabó siendo el de la Reserva Federal Estadounidense que puede verse en la película- pero que para esas alturas poco o nada cambió en su primer y más afortunado tramo. El constante baile de versiones de Simon dice explicaría la peregrina vinculación de esta Jungla de cristal: la venganza con las películas anteriores de la saga, desprovista de la motivación familiar que casi siempre había movido, y seguiría moviendo en la cuarta y quinta parte del film original, a John McClane que aquí sería un personaje perfectamente intercambiable con cualquier otro héroe de acción de no ser por el carisma de Willis y la propensión de McClane a perder divertidamente los papeles en todo momento. A modo de curiosidad, añadir que Jonathan Heinsleig fue detenido por el FBI tras el estreno del film por, a decir de la oscura organización federal, conocer demasiado bien los entresijos de la Reserva Federal tal y como se muestra en la película. La defensa de Heinsleig no podía ser más desarmante, los miedos de los agentes estaban alimentados por un plan que el guionista había imaginado de lo leído sobre la Reserva en la revista Newsweek.




[4]Algo que de haber conservado el final originalmente escrito, que fue descartado por demasiado cruel y presuntamente oscuro, no habría ocurrido.  En él, el atraco era un éxito y McClane era expulsado de la Policía de Nueva York como chivo expiatorio por todo lo ocurrido en la película, pero éste daba con Simon en una cafetería húngara, país en el que el personaje encarnado por Jeremy Irons se refugiaba no sólo de los servicios secretos y las autoridades policiales, sino también de sus antiguos compañeros en el golpe a los que habría traicionado quedándose con todo el oro. Tras la sorpresa de haber sido descubierto, Simon es forzado a jugar a “McClane dice”, una especie de cruce entre ruleta rusa (que aquí cobra el más expeditivo aspecto de un bazuca) y juego de la botella en el que una respuesta mal dada implica apretar el gatillo de una arma de la que no se sabe por que lado sale el proyectil… Algunos mandamases de la producción, inquietos por el cariz siniestro de un juego tan poco espectacular como malintencionado por parte de un héroe que de pronto dejaba de ser luminoso (siempre según una de esas extrañas lógicas que hacen de un hombre pegando tiros a diestro y siniestro un dechado de humanismo) descartaron el final a favor del que hoy queda como oficial. Quizás de haber optado por el original, la impresión de que el film ha pasado de ascender en todo momento a pegar un bajón que no responde tanto a lo narrativo sino a una falta considerable de espectacularidad habría sido mucho menor al terminarlo con una escena cuya conclusión se jugaba en una liga diferente: la del diálogo. Existió además un tercer final que tampoco llegó a usarse y que acababa con el pequeño ejército ario huyendo de suelo americano con un avión llevándose el botín. Su alegría dura poco al darse cuenta de que uno de los explosivos con los que jugaban con las vidas de McClane y Zeus ha sido introducido por estos en el aeroplano, que estalla en pleno vuelo cuando Simon pregunta al resto del pasaje si alguien lleva una garrafa de cuatro galones con los que detener la cuenta atrás del explosivo.

viernes, 11 de julio de 2014

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO



Cuando Eva (Eszter Bolint) aterriza en el destartalado apartamento de su primo Willie (John Lurie), recibe una única instrucción si quiere pasar allí los próximos diez días antes de visitar a su madre: hablar en americano, no en húngaro. Ambos, rondando la treintena él y de escasos dieciséis años ella, tienen sus orígenes en el Budapest que jamás aparece en ésta, una de las más afamadas películas de cine independiente norteamericano de los ochenta, Extraños en el paraíso, dirigida por un Jim Jarmusch[1] que con ella  alcanzaba el proceloso status de pequeña celebridad de culto cinéfilo[2]. Un film que da comienzo con la imagen de Eva, acompañada de su inseparable maleta, contemplando el aterrizaje de un avión desde las afueras del aeropuerto de una ciudad de Nueva York alejada de todo glamour y vista por Jarmusch como si de un abandonada área industrial se tratara antes de abandonar el plano callejeando hasta llegar a la morada de su arisco primo bajo los roncos compases de un profético I put a spell on you entonado por Screamin’ Jay Hawkins. Una estampa que condensa la contradicción que, se diría, albergan en su interior los dos personajes de mayor peso de Extraños en el paraíso, ajenos a la tierra que habitan y pisan como se supone de la arquetípica imagen de Eva contemplando el aeropuerto que presuntamente acaba de abandonar, pero igualmente pertenecientes al suelo norteamericano que los encandila y existe a través de ellos desde el momento en que Jarmusch no muestra a la joven llegando a Nueva York sino -gracias a un uso de la elipsis que será una de las tónicas formales del film- siendo ya parte del paisaje, estando  allí desde el principio. Un inicio, que ya define Extraños en el paraíso como un film que contempla una blanquinegra Norteamérica[3] mostrada desde dentro y sin posibilidad de un contraste externo, y que supone también el del primero de los tres bloques en los que dos intertítulos dividen caprichosamente la película de Jarmusch. Así, al que responde al lógico nombre de Nuevo mundo, que contiene la llegada de Eva desde su Hungría natal a una nada romántica Nueva York y su posterior convivencia con su huraño primo, le sigue un tercer bloque equívocamente bautizado Paraíso que tiene lugar un año más tarde y narra el viaje de Willie y su amigo Eddie (Richard Edson) a Miami, tras visitar a Eva y, de paso, a la madre de ésta y tía de Willie (Cecilia Stark) en una nevada y fría Cleveland.

Bloques que funcionan los unos como reflejos de los otros, creando un diálogo entre las  partes hasta resultar uno de los escasos ingredientes narrativos de Extraños en el paraíso que, a partir de lo sugerido no por sus imágenes sino desde la propia estructura del relato del film de Jarmusch, dota al minimalismo  formal de la película de sentido o, al menos, de una mínima orientación narrativa. Siendo este film uno especialmente expositivo en su austera narración y atonal en la plasmación en imágenes de un guión lleno de zonas silenciosas, la voluntad de Jarmusch respecto a la Norteamérica habitada por los protagonistas de Extraños en el paraíso se desprende así, además de por la estructura narrativa recién mencionada, de las acciones de Willie, Eva o Eddie atentamente recogidas por la cámara. Timbas de poker, interminables siestas, no menos largas jornadas ante el televisor y, por lo general, una extraña alergia a abandonar el apartamento en el que Willie parece vivir atrincherado ante un mundo exterior que Jarmusch sólo recoge en contadísimas ocasiones desde fuera del automóvil con el que Willie y Eddie pasan de un estado a otro, son mostrados con el mecanicismo que las delata como parte de la rutina de unos personajes que, un año después a la llegada de Eva a Nueva York, siguen actuando del mismo modo en la fría Cleveland. Aunque Jarmusch no se esfuerce, probablemente con toda la intencionalidad posible, en reforzar esa impresión de repetición a partir de recursos formales como un determinado uso de la planificación, fotografía o encuadres de Extraños en el paraíso, a modo de subrayados de unas acciones que se delatan de forma más despreocupada y por tanto también más coherente con el apacible costumbrismo que pretende el cineasta. Más bien parecen ser las diferencias entre Cleveland y Nueva York las que subrayan la fortaleza de una rutina que sobrevive el desplazamiento de un ciudad a otra a hombros de los que las provocan: los notables cambios idiomáticos que se dan en un Willie que al inicio del film le advierte a su prima que jamás le hable en húngaro, pero que charla sin problemas en dicho idioma con su tía cuando aparece en Cleveland acompañado por Eddie, o la copiosa comida con que la anciana mujer recibe a la pareja de neoyorquinos en contraste con la “cena de televisión” con la que Willie suele terminar el día, comiendo de una bandeja de plástico en la que los alimentos a duras penas parecen comida de verdad, palidecen ante la evidente sensación que vaya donde vayan, los protagonistas de Extraños en el paraíso encontrarán siempre lo mismo a su alrededor. Pero Jarmusch, desde esa negativa a remarcar esas similitudes entre Nueva York y Cleveland desde el aspecto formal de su película antes comentada, muestra esa Norteamérica carente de matices no desde su forma de verla como cineasta, sino desde lo que se desprende de las actitudes de sus habitantes. Vista así, la abulia que ha hecho de la Norteamérica de Extraños en el paraíso un lugar en el que los paisajes son más o menos intercambiables no se desprende tanto de la descripción hecha por Jarmusch de los lugares por los que deambulan Willie, Eddie o Eva, sino de cómo estos interactúan con dichos entornos… Construyendo así un retrato en el que la rutina paisajística de Norteamérica no es tanto producto de un horizonte plagado de fábricas abandonadas y carreteras, sino de una actitud vital o, yendo un poco más allá, de una cultura que consecuentemente Jarmusch extrae de sus personajes, y no de la forma en que contempla dichos lugares como director.

De este modo, y sin el más mínimo atisbo de sarcasmo o impulso aleccionador, a las mentadas apuestas en carreras de caballos o en el canódromo, o la recurrente aparición de Screamin’ Jay Hawkins a través del magnetófono portátil de Eva, capaz de convertir en reconocible y familiar lo que hasta el momento de apretar el botón de  play era un ambiente completamente nuevo para ella, se suma una similar estrategia narrativa tan particular como barata a nivel presupuestario: que prácticamente toda Extraños en el paraíso transcurre en interiores que podrían ser más o menos intercambiables. Una impresión de aislamiento que se dispara ante la extraña situación de situar la primera parte del film en una Nueva York de la que sólo se muestran un par de planos mal contados mientras prácticamente toda la acción, reducida muchas veces al más puro inmovilismo físico y vital de sus personajes, transcurre en el apartamento de Willie. Un destartalado lugar a duras penas regentado por un televisor y un catre que se convierte en casi todo lo que Eva llega a atisbar de la ciudad que nunca duerme y que a decir de un paternalista y machista Willie resulta tan peligrosa que su joven prima tiene vetados casi todos sus movimientos por ella. Esta desabrida forma de vida basada en un aislamiento que ocasionalmente cambia de estancia (pero no de abúlico poso) sin prácticamente jamás salir al exterior y que la poco enfática puesta en escena de Jarmusch rescata de la claustrofobia, se complementa con la escapada hacia Cleveland de Willie y Eddie filmada, también casi sin excepción, desde el interior de un coche prestado que sólo sirve a la pareja de hombres para trasladarse, más que de un estado a otro, de un apartamento a una cafetería, una casa, o a un hotel de carretera con lo más o menos intercambiable como común denominador, reforzando ese constante desapego vital que parece deslizarse entre las imágenes de Extraños en el paraíso.

Pero, en su atonalidad, todos estos elementos que componen sin definir por completo la película están, como se decía algo más arriba exentos, de toda visión crítica sobre un estilo de vida retratado con una acritud que obliga al espectador a reorientar su mirada hacia los pequeños detalles que hacen tan esforzado como sugerente el visionado del film de Jarmusch, mucho más concentrado en el valor de los gestos, miradas o todo aquello que se desprenda de sus personajes que en cualquier otro elemento del film. Probablemente por ello, y como consecuencia del retrato de una existencia sin más oficio ni beneficio que un constante deambular sin ambiciones aparentes[4], no hay en Extraños en el paraíso una historia explicada según determinados parámetros cinematográficos al uso, aunque sí ocurren en ella muchas cosas cuya importancia queda, a su vez, en suspenso debido a la falta de énfasis audiovisual de gran parte de sus elementos y que se desprende de la utilización de largos planos secuencia, separados los unos de los otros por unos segundos en los que la pantalla permanece en negro[5], como unidad narrativa a través de la cual transcurre la película. Así, y desde esa distancia que hace del costumbrista film de Jarmusch uno puramente expositivo, prácticamente sin una banda sonora que acompañe musicalmente ningún momento del film, y carente de todo atisbo de psicologismo, todo se sugiere sin llegar a ser nunca concluyente ni llegarse a establecer una escala de importancia entre todos los hechos que se narran linealmente y sin exabruptos en Extraños en el paraíso. Desde la antiépica pero nada miserable visión de Norteamérica que se sustrae de la película sin llegar a erigirse en su razón de ser, hasta la ambigua relación de Willie con sus propias raíces y su sentido de la pertenencia a una u otra cultura que se ve espoleado por la aparición de una Eva que cuestiona una y otra vez todos los referentes culturales (como la “cena de televisión o el fútbol americano) norteamericanos que su primo da por supuestos pero que a ella, por su condición de extraña le parecen marcianos,  pasando por el palpable afecto que se da entre el trío de amigos formado por Willie, Eddie y Eva, todo es sugerido y perfectamente integrado en la sencillísima narrativa de Extraños en el paraíso. Una narrativa reducida/amplificada a pequeños detalles, gestos, miradas y actitudes que nunca parecen fruto de una intención que vaya más allá de lo puramente descriptivo, situándose muy por encima de una narración poblada por personajes sin objetivo ni aparente resquemor por ello, componiendo una extraña (por poco habitual) sensación de inmediatez reforzada por las interpretaciones de un equipo interpretativo no profesional[6] y la negativa de Jarmusch a ceñirse a un determinado género más o menos codificado o a reducirse a unos parámetros dramáticos más o menos reconocibles y, por lo tanto, previsibles.

Así, el peligro latente de que Extraños en el paraíso acabe deshilachándose en la pura nada cotidiana, y pese a que lo moroso de su ritmo puede llegar a resultar cansino, el film encuentra la vacuna al que podría haber sido el mayor de sus males en la mentada  estructura que describe a Willie enfrentándose a unos orígenes, extraños al abúlico suelo norteamericano en el que vive sin demasiados estímulos, personificados en su prima, y que más tarde le empujarán a visitarla a casa de su tía, en el corazón de su condición de inmigrante húngaro, para luego, y tras un equívoco disparado por la insatisfacción de Eva ante la incapacidad (o falta de ganas) de Willie y Eddie de hacer algo diferente a sus rutinas en Nueva York, verse supuestamente obligado (en una duda sembrada nuevamente por el uso de la elipsis que afecta tanto al aspecto visual de la película como al tratamiento de las relaciones entre los personajes que la habitan) a regresar al  Budapest del que todo el mundo en Extraños en el paraíso parece querer huir para así poder sentirse libres para avanzar hacia ninguna parte.  Bajo esta perspectiva estructural, pese a todo muy, muy diluida y perfectamente oculta tras el humanismo que destila la película, poco importan lo algo forzado de algunas de las líneas de diálogo de Extraños en el paraíso que en ocasiones se convierten en algo teatrales soliloquios, o un sonrojante deus ex-machina insertado con calzador en el tramo final del film, muy llamativo por su artificiosidad dentro de un contexto gobernado por la calma indeterminación de su expositiva puesta en escena, que jamás da el brazo a torcer. No hay en Extraños en el paraíso metáforas ni simbolismos que podrían haberse dado de contar con una base dramática o unos personajes más estereotipados. A cambio, y siendo una película en la que lo abstracto (el desapego, la amistad, la incomunicación, los lazos familiares o, en definitiva, el desarraigo como forma de vida) se alcanza desde lo más estrictamente concreto, lo sociológico puede atisbarse desde una escala personal, y lo más elevado encuentra su representación en los gestos más cotidianos, Extraños en el paraíso hace del minimalismo de los elementos que la componen su verdadera naturaleza. Siendo esta cualidad de narrar y transmitir ideas a través de una serie de imágenes que se ofrecen (falsamente) como vírgenes de toda intencionalidad lo más conseguido de la película dirigida por Jarmusch, que se diría hecha desde el despojamiento de todo elemento que pueda distraer al público de los protagonistas. Un núcleo humano hecho de gestos y mínimos detalles expresivos en los que lo esencial y lo superfluo se mezclan en un todo indivisible que sale a flote ante un público abandonado a su propia concentración gracias a lo atenuado del resto de elementos que componen la película, silenciada en todos los aspectos que puedan alejar a su audiencia del taciturno Willie, el bondadoso Eddie o la siempre desubicada (aunque no menos que sus compañeros de viaje) Eva, a partir de los cuáles trasciende no sólo la relativa emoción y historia contenidas en el film[7], sino también la propia narración de Extraños en el paraíso, en la que lo que se obvia y se sugiere acaba por ser más importante que lo que en ella se muestra. Seguramente por eso, en el último capítulo -Paraíso- Eva es la única del trío de protagonistas que da posibles muestras de cambio al situarla Jarmusch en una playa de Miami, de espaldas a la orilla y acompañada de su magnetófono… que por una vez no llega a encenderse, sin que ello implique un cambio que estará cerca de producirse sin concretarse jamás, mientras que una de las primeras y únicas muestras de tensión en el trío de amigos se da cuando la rutina -que a estas alturas del film podría considerarse como el único hogar de los desarraigados protagonistas- se rompe al pasar de apostar en el hipódromo de Miami para hacerlo en el canódromo de la misma localidad... Haciendo del título del capítulo en que se encuentra esta escena recién mencionada uno tremendamente equívoco desde el instante en el que el trío protagonista se ve imbuido de un vitalismo y una alegría de verse libres de ataduras familiares (o de un pasado que les impide sentirse ellos mismos) que se apaga al entrar en contacto con las rutinas de las que son incapaces de deshacerse, volviendo al hogar que llevan siempre a cuestas. Un reducido conjunto de rutinas que reducen sus vidas a un círculo tan pequeño como confortable para ellos, haciendo del Paraíso que da título a este tramo del film uno quizás irónico o quizás no[8] en una posibilidad tan hipotética en su cálida desdramatización como el film de Jarmusch en su totalidad, por ello y afortunadamente falto de moraleja que recoja y de un sentido unívoco a lo que se ve en pantalla.
Una película, por todo lo anterior, tan reducida en su escala y pretensiones como los sueños y actitudes de sus protagonistas, para algunos grandes en su pequeñez, mientras para otros tan diminutos y vulgares como lo que se narra indivisiblemente a través de ellos. Y es en esa ambigüedad donde Extraños en el paraíso encuentra su más personal, irritante y poderosa baza.

Título: Stranger than paradise. Dirección y guión: Jim Jarmusch. Producción: Sara Driver. Dirección de fotografía: Tom DiCillo. Montaje: Jim Jarmusch y Melody London. Música: John Lurie. Año: 1984.
Intérpretes: John Lurie (Willie), Eszter Balint (Eva), Richard Edson (Eddie), Cecillia Stark (Tía Lotte), Danny Rossen (Billy), Richard Boes (Trabajador de una fábrica).


[1]Jim Jarmusch nació el 22 de enero de 1953 en la ciudad de Akron, Ohio, en los EEUU, como el hijo mediano de tres hermanos. De madre crítica de cine y teatro para un periódico local y padre abogado, Jarmusch vivió su infancia rodeado de libros y esporádicas escapadas a salas de cine en las que se proyectaban películas de serie B y clásicos del cine de terror como La criatura de la laguna negra antes de, al encarar la adolescencia, aficionarse a la literatura beat, con Jack Kerouac y William Burroughs a la cabeza, y al cine de vanguardia llevado a cabo por la escena neoyorquina capitaneada por Andy Warhol y su acólito Paul Morrissey o los filmes de Robert Downey (Sr.). Tras pasar desapercibido por el instituto –en su opinión debido a una falta de ambición que lo distanciaba de gran parte de un alumnado más concentrado en triunfar social y (por lo tanto) económicamente- Jarmusch se graduó en 1971 para, ante la desaprobación paterna, viajar hasta la ciudad de Chicago y estudiar en la Escuela de Periodismo de la Universidad del Noroeste, de la que al tiempo fue expulsado por sus repetidas ausencias en clase de Periodismo a favor de las de Literatura e Historia del Arte. Así, al año siguiente y ya con la intención de establecerse como poeta, Jarmusch se inscribiría en la Universidad de Columbia, donde se especializó en literatura inglesa y norteamericana, además de empezar a escribir pequeños relatos narrativamente deslavazados y editar un periódico literario llamado The Columbia Review. El último año de su estancia en la universidad, Jarmusch se trasladó a Paris, donde pasó diez de los mejores meses de su vida trabajando como transportista de piezas de arte que en muchas ocasiones y debido a la rudeza de sus condiciones laborales, llegaban algo “desgastadas” a manos de compradores y galeristas, pese a que la mayoría de ellos, y a decir de Jarmusch, nunca se daban cuenta del remozado aspecto de la obra. En París se hizo asiduo a la Cinemateca Francesa donde pudo ver los trabajos de muchos de los directores que marcarían sus primeros pasos como realizador: Ozu, Mizoguchi, Imamura, Bresson, Dreyer, Ford, Vigo, Godard o un Samuel Fuller del que pese a ser norteamericano Jarmusch sólo había podido ver algunos de sus filmes por televisión a altas horas de la noche, fueron algunos de los nombres que marcaron la retina del futuro director de Extraños en el paraíso e hicieron que en aquellos primeros años de la década de 1970 su escritura empezara a ser más descriptiva y visual de lo que había sido hasta entonces. Nuestro hombre se graduó finalmente en 1975, regresando desde París a los EEUU un año después y asentándose en Nueva York, donde frecuentó los ambientes musicales underground de la ciudad antes de ser aceptado en la Escuela de Cine de Nueva York, lo que sorprendentemente logró al presentarse con una serie de fotografías y un ensayo fílmico pese a que se consideraba necesaria la presentación de una pequeña filmación para poder ingresar en la escuela. A pesar de esto último y su falta de experiencia en el mundillo, Jarmusch no sólo fue aceptado en un lugar en el que conoció a uno de sus futuros directores de fotografía Tom Di Cillo, la productora Sara Driver o el director afroamericano Spike Lee, sino que también se convirtió en uno de los asistentes del realizador Nicholas Ray (director de, entre otros, clásicos como Rebelde sin causa o Johnny Guitar), que impartía clases en la escuela. Tras supervisar uno de los guiones de Jarmusch al que Ray acusaba de no tener suficiente acción (algo a lo que un orgulloso Jarmusch respondía limando aún más la narración hasta dejarla en puro minimalismo), el impulso del realizador de Extraños en el paraíso de ir a la contra de su maestro logró ganarse el respeto de éste, que lo contrató como ayudante personal en la que sería su última participación en una película: el mítico documental, muy irregular y moralmente peliagudo El relampago sobre el agua dirigida por Wim Wenders en 1979 y que recogía los últimos momentos de la vida de un Ray consumido por el cáncer que le provocaría la muerte en ese mismo año. Inspirado por la figura de Ray, Jarmusch tomó una decisión y usó el dinero que le habría permitido terminar sus estudios y así obtener su título universitario para llevar a cabo su primer largometraje: Permanent vacation. Película muy irregular y no demasiado conseguida, pese a que ya apunta algunos de los temas que se irían desarrollando durante toda su carrera, esta opera prima filmada en 1980 con un presupuesto de doce mil dólares ganó, pese al escaso éxito que obtuvo entre las autoridades universitarias, el premio Josef Von Sternberg del Festival Internacional de Cine de Mannheim-Heidelberg y no vio la luz en algunos cines hasta que el inesperado éxito de su segundo film, del que se ocupa esta entrada, hizo rentable su exhibición en algunos (muy pocos) cines norteamericanos. Tras Extraños en el paraíso, que tardaría cuatro años en llegar desde que Permanent Vacation fuese completada, Jarmusch encararía la más accesible y estupenda Bajo el peso de la ley, que supondría su primera colaboración profesional con Roberto Benigni y el músico Tom Waits, amén de repetir con uno de los actores protagonistas de su anterior film, John Lurie. En esta ocasión, y aparcando su asiduidad con el director de fotografía Tom Di Cillo, Jarmusch contaría con Robby Müller, uno de los directores de fotografía habituales del providencial director alemán Wim Wenders que, como se explica en una nota al pie posterior, hizo posible el rodaje de Extraños en el paraíso. Más artificiosa que ésta última, aunque también mucho más dinámica y divertida, Bajo el peso de la ley supuso la certificación del talento de Jarmusch, que avanzaría hacia terrenos más (aunque siempre muy relativamente) experimentales en 1989 con la irregular Mistery Train, su primer film en color y un film hasta cierto punto episódico que se resiente de un ritmo algo moroso del que Jarmusch lograría desprenderse en una película con mucho en común con la recién mencionada: Noche en la tierra, de 1991. Fiesta multicultural nada aleccionadora y considerablemente dinámica pese a tener lugar en los interiores de diferentes taxis durante el turno nocturno de diferentes ciudades del globo, Noche en la tierra situaba a Jarmusch en la avanzadilla de un cine independiente que empezaba a atraer a actores de renombre y a recaudar numerosos premios en festivales. Siendo este un film ocasionalmente muy divertido y trágico en algunos de sus segmentos, supuso también un parón creativo para Jarmusch, que pasó los siguientes cuatro años participando en proyectos de amigos como Leningard Cowboys go to America, del finlandés Aki Kaurismaki,  acompañando a su amigo y mentor creativo Samuel Fuller durante la filmación de un documental llevado a cabo por el mismo realizador, o su fugaz aparición en Blue in the face, falsa secuela de la estupenda Smoke, igualmente dirigida por el director de aquella, Wayne Wang, auspiciada por el literato Paul Auster y con mucho en común con el cine del realizador de Extraños en el paraíso. Y en 1995 Jarmusch lograría alcanzar uno de sus sueños: filmar un western. Aunque fuese uno tan sui-generis como el resultante en Dead Man, justamente celebrada película en blanco y negro dotada de una poética algo lastrada por la machacona melodía, inicialmente preciosa pero cuya reiterativa presencia acaba siendo agotadora, improvisada por Neil Young durante tres proyecciones consecutivas de Dead Man bajo la supervisión del realizador. La colaboración entre ambos se prolongaría en el excelente documental Year of the horse, que Jarmusch llevaría a cabo en 1997 alrededor de la banda de Young,  Crazy Horse. Dos años más tarde, en 1999, Jarmusch encararía una de sus mejores y más infravaloradas películas: Ghost Dog, protagonizada por un impensable Forest Withaker y mecida por la excelente banda sonora regentada por RZA pero que supuso para muchos (a mi entender de forma completamente equivocada y en cualquier caso insuficiente como juicio de valor) una concesión a una supuesta comercialidad que la película no sólo esquiva, sino que logra utilizar en su beneficio para situarse en una extraña tierra de nadie tan particular como gratificante. En el año 2003, y tras el parón creativo que supuso para Jarmusch recuperarse del golpe asestado por los atentados terroristas perpetrados en el once de setiembre de 2001 en suelo neoyorquino, el director culminaría la recopilación de una serie de cortometrajes que llevaba a cabo desde mediados de los ochenta e inicialmente pensados para su inclusión en el programa Saturday Night Live. Esta compilación de cortometrajes, algunos de ellos interrelacionados, otros sólo unidos por los elementos que los componen (un mínimo de dos personajes sentados, bebiendo café, fumando cigarrillos y discutiendo sobre lo divino y lo humano) llevó el título de Coffe and Cigarrettes, contiene auténticas perlas fílmicas además de suponer un muy curioso trabajo en paralelo a los largometrajes llevados a cabo por el realizador al contar entre el reparto de algunos de los cortometrajes con muchos de los actores de sus más reputados filmes. El 2005 sería el año de la algo aburrida Flores rotas, protagonizada por un buen actor antipáticamente revalorizado como es Bill Murray, que pergeñaba la impresión de estar ante un ejercicio hábil pero excesivamente arty y repetitivo pese a contar con indudables virtudes. Y eso que en comparación con su siguiente trabajo,  Los límites del control, era una maravilla, pues esta película protagonizada por un actor secundario habitual en la filmografía de Jarmusch, Isaach de Bankolé, producida internacionalmente, es de una simpleza tan enervante en sus hinchadísimas pretensiones que supone, con mucho, la peor película de las firmadas por un Jarmusch que repite aquí algunas de sus constantes pero desprovistas de toda la humanidad que las distanciaba del film de tesis más rematadamente obvia en la que cae en esta película de 2009. Un rumbo que, a falta de haber visto Sólo los amantes sobreviven, su última película hasta la fecha, esperemos que sea flor de un día en una carrera tan coherente en sus mayores aciertos y más lamentables errores como muy interesante y resistente en su conjunto.

[2]El film obtuvo alrededor de dos millones y medio de dólares de beneficios en suelo norteamericano, una cifra nada desdeñable si se tiene en cuenta que su presupuesto constaba de unos modestos -siempre dentro de lo que suele ser habitual dentro del cine norteamericano, independiente o no- cien mil dólares. Además, la producción de Extraños en el paraíso resultó bastante tortuosa aunque también coherente con su modestia general: Jarmusch la planteó inicialmente como un cortometraje de larga duración que comprendía el segmento que en la película definitiva llevaría el nombre de El nuevo mundo y que pudo ser financiado parcialmente gracias a la venta de los derechos de emisión de su primer film -Permanent vacation- a German TV, un canal de televisión alemán. Pero no fue hasta algo más adelante, cuando Wim Wenders entregó a Jarmusch el celuloide sobrante de su película El estado de las cosas con el que el realizador de Extraños en el paraíso podría rodar el primer (y por entonces, único) tramo de lo que acabaría siendo su segundo largometraje. Algo más tarde, y cuando el montaje de lo que se titularía El nuevo mundo había concluido, Jarmusch se planteó ampliar la historia dejando más espacio a los dos personajes secundarios (Eva y Eddie) que hasta entonces quedaban en un ligero segundo plano respecto al de Willie. Así, y aprovechando las relaciones establecidas con la venta de Permanent vacation a German TV,que aunó fuerzas con la ZDF y un joven productor asentado en Munich y amigo de Jarmusch, se consiguió el capital que transformó, tras unos ligeros recortes en la duración del mediometraje original, El nuevo mundo en Extraños en el paraíso tal y como hoy la conocemos. Un inesperado hit del cine independiente americano cuya influencia y repercusión fue comparada, como lo sigue siendo a día de hoy, con películas tan dispares como Cabeza borradora, o Easy Rider: Buscando mi destino que fue premiada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1984, recibió una mención especial en el Festival de Cine de Locarno de ese mismo año, o el Premio Especial del Jurado en Sundance en 1985, además de numerosos premios de parte de asociaciones de críticos norteamericanos que situaron el nombre de Jarmusch en un mapa que película tras película se resiste a abandonar.

[3]Estupendamente fotografiada por un Tom Di Cillo que al cabo del tiempo encontraría su propia voz como realizador de pequeñas joyas como Vivir rodando o la injustamente menospreciada, pero preciosa en su sencillez, Caja de luz de luna. La agenda del primer director de fotografía de Jarmusch hizo imposible seguir colaborando con el director de Extraños en el paraíso cuando comenzó el rodaje de la que sería la primera película de DiCillo: Johnny Suede, que contaba con un divertido Brad Pitt (en su primer papel protagonista) tocado con un imposible tupé en una película interesante pero algo fallida.

[4]Esta aparente desubicación responde a la repulsa que el realizador siente por la ambición que, a su parecer, gobierna las vidas de muchas personas entre las que no se cuentan Willie, Eva, o Eddie, definidos por el realizador como outsiders de un universo que mucha gente sólo sabe ver como una forma de ascender en la escala social y económica pero en el que, al (lúcido) parecer de Jarmusch “No todo el mundo aspira a ser fotógrafo de moda (…) No me gusta la idea de que la gente gire alrededor del dinero o de un estilo de vida determinada. Hay muchas otras formas de vivir”. Yendo un poco más allá, y de nuevo en palabras de Jarmusch: “No me gusta el tipo de ambición que se ve en las películas americanas, y estos personajes (los de Extraños en el paraíso), no tienen una verdadera ambición ni son personajes intelectuales. Esta no es una película existencial, no están constantemente cuestionando su existencia o el estado del mundo que los rodea. Al contrario, lo aceptan sin más, moviéndose por el mundo de la película en una especie de aleatoriedad y desánimo, como si esperaran la próxima carta con la que jugar en lugar de interpretar filosóficamente las cosas (…) La idea de la película es que el público no vea venir las cosas y no sepa que es lo que va a ocurrir después” Precisamente por ello, Jarmusch evitó en lo posible todo lo que el consideraba clichés propios del cine norteamericano: ni armas, ni crímenes, sexo, relaciones amorosas… nada que pusiese en sobreaviso al espectador sobre los derroteros por los que transcurriría la narración de Extraños en el paraíso.

[5]Este recurso por montaje fue motivo de distendida discusión entre el director y el productor de Extraños en el paraíso. El segundo, como era de esperar, veía inservibles los espacios en negro que finalmente harían de frontera entre un plano secuencia y el siguiente pero Jarmusch, en cambio, lo veía necesario para marcar el ritmo del film, dando al público un momento para reflexionar sobre lo visto antes de encarar el siguiente plano. En un plano más simbólico, el director relaciona este recurso con el que, a decir del realizador, es uno de los temas principales del film: la sensación de pérdida o de vacío que visualmente representan estos espacios literalmente vacíos de contenido.

[6]Respondiendo al impulso de Jarmusch de no trabajar, al menos por entonces, con actores profesiones que cargaran con tics interpretativos que pudiesen desmontar la naturalidad que se pretendía insuflar a Extraños en el paraíso, el realizador se codeó de amigos y conocidos ajenos al mundillo para llevar su visión a buen puerto. Así, John Lurie, que acabó encarnando a Willie y fue, además del autor de la escasísima  banda sonora de la película, partícipe junto con el director de los primeros esbozos de un guión que se inspiraba inicialmente en el actor y sus ideas sobre el tono que quería tanto para su personaje como para la película en sí, conocía a Jarmusch desde finales de los setenta, cuando ambos pasaban sus horas en locales musicales en los que la movida punk neoyorquina campaba a sus anchas. Lurie tenía cierta experiencia en el campo de la interpretación por su participación en un grupo teatral underground llamado Squat, aunque para cuando Extraños en el paraíso empezó a tomar forma estaba volcado en despegar su carrera musical formando el conjunto Lounge Lizards. En cualquier caso, su afiliación al grupo Squat fue crucial para que la segunda en discordia, la actriz Eszter Balint que interpreta a Eva, saltara al ruedo del film de Jarmusch. Balint, que llevaba en el grupo Squat desde los nueve años de edad y era, como su personaje en la película, húngara y más concretamente de Budapest, había sido una de las opciones de Jarmusch para aparecer en su opera prima Permanent vacation cuando rondaba los catorce años de edad, pero pese a que fue imposible su participación el realizador la tuvo en mente cuando empezó a escribir Extraños en el paraíso. Richard Edson, que encarnó al bonachón Eddie, era un viejo amigo del director perteneciente al mundo musical en el que Jarmusch siempre se ha sentido cómodo, como certifican los numerosos músicos que han aparecido en calidad de actores en sus filmes, ya sean el mentado Screamin’ Jay Hawkins (que aparecería años más tarde en Mistery Train), Tom Waits (que haría lo propio en Bajo el peso de la ley y en uno de los cortometrajes de la serie Coffe and cigarrettes en el que compartía mesa con Iggy Pop), o RZA (en, de nuevo, Coffe and cigarrettes). Para lograr la naturalidad que Jarmusch considera idónea para sus películas, el guión se utiliza como guía y en muchas ocasiones los personajes se moldean hasta cierto punto a imagen y semejanza de los actores que los interpretan, sin llegar nunca a una anarquía en la que el realizador delegue el control de la película en sus intérpretes, pero llegando a un mínimo consenso en el que si bien ciertos temas deben aparecer y algunas directrices deben seguirse a pies juntillas, el resto queda al libre albedrío de cada uno siempre que sea a gusto del máximo responsable de Extraños en el paraíso.

[7]Esta trascendencia supone una herencia directa de algunos de los cineastas de cabecera de Jarmusch, como puedan ser los japoneses Kenji Mizoguchi o Yasujiro Ozu, por los que el realizador de Extraños en el paraíso siente una veneración que le sirvió como guía para encarar formalmente esta película en la que llevó a cabo un proceso de sustracción. Así, y extrayendo elementos superfluos que pudiesen desconcentrar de los pequeños detalles a través de los cuales avanza la narración, Jarmusch alcanza lo sentimental desde un plano austero que sólo puede funcionar desde la falta de un ruido audiovisual capaz de distraer la mirada y la atención del público de una historia que, certificando un antipático y sobado lugar común muy discutible, explica más por lo que omite que por lo que muestra. Y si es así es gracias a su nada forzada capacidad de sugestión.

[8]Aunque Jarmusch parece tener una idea muy clara al respecto: “Para estos personajes no hay paraíso.Es algo que se imagina o se construye alrededor de uno para hacerle sentir más seguro y confortable. Pero esa no es la realidad de las cosas”. En todo caso, que cada uno saque las conclusiones que crea adecuadas.