jueves, 20 de noviembre de 2014

SI...





Papá ¿Qué más dejaste para mí?
¡Papá! ¡¿Qué más dejaste para mí?!
Al fin y al cabo sólo era un ladrillo más en el muro
(...)
No necesitamos educación.
No necesitamos control mental.
Ni oscuros sarcasmos en clase.
Maestros, dejad a los niños en paz.
¡Eh! ¡Maestros! ¡Dejad a los niños en paz!
Al fin y al cabo sólo era un ladrillo más en el muro.

The Wall, partes I y II. Pink Floyd. 1979.
 

El cinco de noviembre de 1605, el británico católico Guy Fawkes fue arrestado y acusado de conspirar contra la vida del Rey Jacobo I de Inglaterra, su familia y todos los miembros de la Cámara de los Lores para así restaurar una monarquía afín a sus por entonces perseguidos principios religiosos. Fawkes, piedra angular de la llamada Conspiración de la pólvora[1] que pretendía volar el Palacio de Westminster con unos explosivos situados bajo la Cámara de los Lores durante uno de los plenos, fue detenido justo antes de detonar la carga para, más adelante, ser torturado, inculpado, y mandado a la horca, de la que escapó para romperse el cuello durante su cortísima huída muriendo inmediatamente y ahorrándose así no sólo la horca sino también la suerte reservada a los traidores: ser castrado, destripado y finalmente descuartizado durante sus últimos momentos de vida consciente. Pero lo agresivo tanto de los métodos del conspirador como de aquellos que lo juzgaron, así como lo escasamente épico de su final, que pese a todo le permitió un último aliento menos brutal, no evitaron que la figura de Fawkes se hiciese un honorable hueco en la historia del contestatarismo más extremo cuyo violentísimo sentido de la justicia aún hoy es visto bajo un prisma de relativa ambigüedad. Héroe o villano, terrorista sin más o sanguinario rebelde con causa, el nombre del célebre conspirador es el que cae a modo de inofensiva etiqueta sobre los hombros del joven estudiante de la Inglaterra de 1968 Michael Arnold Travis (Malcom McDowell), ganado durante el desigual pulso mantenido durante seis cursos contra las autoridades escolares del College público por el que refunfuña y conspira año tras año.

Un apodo que acepta amistosamente durante su primera pero reveladora aparición como protagonista de esta película dirigida por Lindsay Anderson[2] Si…, y en la que hace acto de presencia como alguien automáticamente diferente en un entorno en el que cualquier tipo de iniciativa propia o destacable tanto en lo curricular como en lo personal es catalogado como peligrosamente transgresor. Así, y bajo un sombrero de ala ancha y con la cara semioculta tras un pañuelo negro que sólo deja ver sus ojos, escudado detrás de un baúl que carga al hombro adquiriendo un aire bastante pintoresco en comparación con el resto de la bastante más aséptica comunidad estudiantil analizada por Anderson hasta ese momento del metraje de Si… Travis es catalogado, tanto a ojos del público como de la propia escuela, que hace las veces de microcosmos de muestra de la sociedad inglesa del momento, como un outsider. Un rebelde con la más absurda de las causas para cualquiera con un mínimo de sentido común: un poblado bigote que Michael no duda en afeitarse en la intimidad de su pequeño dormitorio en el que por fin puede descubrir su rostro, consciente de que las autoridades estudiantiles que imponen su particular toque de queda moral por los pasillos considerarían esta coqueta muestra de estética personal un ataque directo al Orden imperante en el College, comparable a un corte de pelo demasiado largo, un aspecto desarreglado, un pensamiento o acto mínimamente creativo, o una mirada desafiante a aquellos como Rowntree (Robert Swann), Denson (Hugh Tomas) o Fortinbras (Michael Cadman), matones institucionales de modales exquisitamente violentos, imbuidos de una superioridad prácticamente incuestionable para el resto de estudiantes. Una rebelión, en definitiva, contra el inenarrable sistema de castas establecido entre aquellos que mandan e imponen su visión de las cosas por derecho incontestable y aquellos que obedecen so pena de castigo curricular, psicológico o físico, entre abusos de poder y, en algunos casos, también sexuales, silenciados todos ellos bajo una abúlica capa de aristocráticas maneras tan bien aprendidas como vacías de todo sentimiento. Un microcosmos que, como se asegura desde los púlpitos de la capilla adosada al recinto escolar, o desde las arengas marciales volcadas sobre el alumnado con la intención de enaltecer su sentido del sacrificio personal en aras de un bien común cuyos contornos pertenecen a las élites escolares, convierten el College en el que transcurre Si… en una proyección de la Inglaterra de la que, a su vez, el propio College tanto se enorgullece como faro ético y moral y guía de sus políticas educativas. Un asfixiante establishment en el que lo militar, lo religioso y lo escolar (muy lejos de lo verdaderamente educativo) se confunde en un pernicioso y didáctico potaje ideológico y moral tan turbio y enrarecido en su fondo como claro en su plasmación en imágenes por parte de Anderson[3].

Como parte de este aparentemente objetivo, por frío, retrato de una comunidad estudiantil que hace las veces de retrato de la sociedad de la que se retroalimenta, Si… da comienzo con una secuencia en la que uno de los más jóvenes alumnos del College (Phillip Bagenal), recién llegado a la institución, recibe una corta pero contundente instrucción por parte de uno de sus mayores en la que este se anuncia como alguien superior al que aquellos como él, prácticamente niños y desconocedores del reglamento de la escuela, deben obedecer como esclavos y no dejar de agradecerle la dureza con la que se les enseña, siempre en aras de su propio bien. Una escena, de nuevo aparentemente anecdótica por su voluntariosa atonalidad y falta de dramatismo que vista en perspectiva se revelará, al igual del resto de gran parte de las secuencias que vertebran la película, parte de una estrategia en la que la distancia formal y tonal, sin exabruptos ni virajes hacia una sordidez en la que muy fácilmente podría haberse caído, dando a parte del film una falsa impresión de ecuanimidad desde la que, gracias a esta estratagema formal, la denuncia de una serie de hechos planteados como incontestables cae por su propio peso. Planos generalmente distantes, escasos acompañamientos sonoros, o una fotografía que nada destaca de los planos que la conforman pero que tampoco resulta destacable en sí misma considerada, son algunos de los recursos que Anderson utiliza para pergeñar una impresión de objetividad encaminada a hacer de algunos momentos de su película, curiosamente los más sólidos y que mejor han envejecido desde su complicado estreno[4], un retrato de la vida estudiantil… siempre vista bajo los parámetros de alguien que, como Travis, los contempla con una mezcla de amargo resentimiento y divertida burla. Así, sin alcanzar nunca el expresionismo, y pese a que a duras penas podría verse Si… como una película que ilustra en imágenes subjetivas las emociones y pensamientos de su protagonista adolescente[5], Anderson se presenta aparentemente ecuánime en su opinión sobre lo que ocurre en el College pero, a poco que se contemple al detalle, el grado de tendenciosidad con el que se plasma en imágenes una serie de acontecimientos que parecen ser tratados conscientemente como un pequeño muestrario de algo más grande que no se limita a las paredes del College se hace cada vez más plausible. Bajo este punto de vista, hasta que la aparición de Travis tiene lugar, y desde la mentada escena en la que uno de los nuevos estudiantes es adoctrinado sobre su servil papel en el College, a la que muestra como algunos de los más mayores estudiantes hacen méritos para convertirse en guardias de aquellos que pese a tener su misma edad son tratados como críos a la espera de un correctivo, todo lo que ocurre en Si… parece destinado a tejer un contexto, social y moral, en el que Anderson ha elegido puntillosamente los elementos a mostrar. La crueldad de los estudiantes que ejercen de policía moral, cuyos actos Anderson plasma con una frialdad cercana a lo deshumanizado, el sistema clasista que rige a la perfección el funcionamiento del College, la inopia del Rector (Peter Jeffrey) sobre el maltrato que se da en los pasillos de la institución, en contraste con la clara aquiescencia del sector marcial y del religioso al corriente de todo ello… o la más o menos velada atracción sexual que algunos de los matones sienten por algunos de los alumnos más jóvenes son mostrados con una aplastante sencillez que fortuna rehuye todo regodeo (formal y tonal) en la miseria de lo que explica. A cambio, una premeditada sensación de claustrofobia se hace palpable ante la negativa de Anderson a  no mostrar las calles de Inglaterra en prácticamente toda la película, recreando gran parte de la acción en el interior de  aulas, gimnasios, dormitorios, campos de entrenamiento o capillas, y saliendo solo al exterior en un par de escenas marcadas por un sentimiento de libertad que, para más inri, se ve reforzado al tener lugar en la campiña inglesa, como si se encontraran fuera de una civilización que parece podrida. O, en un suma y sigue que refuerza la comparación entre una muy determinada manera de entender la educación y la escolarización y una prisión al uso, tanto para el cuerpo como para el alma, la tesis de Anderson echa asimismo raíces en el fuerte contraste existente entre la asepsia que parece reinar en el College si se compara con el pequeño habitáculo en el que Travis pasa sus días forrando las paredes con fotografías que alternan desnudos femeninos con imágenes de miseria y guerra, dotando paradójicamente al dormitorio de un ambiente mucho más hogareño de lo que podría decirse del resto de la escuela. Pero estos recursos, que parten de una estrategia en absoluto descuidada en su ánimo de pergeñar una atmósfera más o menos opresiva, palidecen en su disimulo si se los compara con otros factores escénicos decididamente bufonescos: la perfecta sincronización, casi como si de un musical se tratara, de los gestos y elegantes voces de los matones Rowntree, Denson y Fortinbras, en contraste con la naturalidad exhibida por Wallace (Richard Warwick) y Johnny (David Wood), amigos y compinches en la disidencia de Michael, por no hablar de un irreverente sentido del humor que, especialmente durante la segunda mitad del metraje, se adueña de la película, o la más que sorprendente decisión por parte del director de que algunas escenas o planos sean en blanco y negro dentro de un conjunto gobernado por el color. Rastros progresivamente evidentes que demuestran que Anderson no pretende sentar cátedra sobre lo que ocurre en Si… desde una óptica incontestablemente realista a modo de documental sino, directamente, oponerse a una visión de la sociedad como la condensada en el College por todos los medios disponibles, sean estos creíbles o no al considerar parte del mismo mal tanto la realidad inglesa de 1968 como sus formas de representación cinematográfica, también basadas en un grado de unidad y coherencia lógica propios del relato igualmente tradicional.

Vista así, la entrada en escena del protagonista de Si…, apuntada algo más arriba, no sólo destarota un ritmo moroso que en ausencia, al menos hasta ese instante, de un conflicto claro, ha dotado al film de Anderson de la falsa aureola de película documental antes comentada, sino que también concreta una impresión de antipática asfixia que lleva gestándose desde el primer fotograma de la película hasta encontrar en Travis el contrapunto fantasioso y por tanto, y dentro de ese contexto, lo suficientemente irreverente como para resultar mucho más virulento en lo que al desarrollo de lo que a Anderson parece interesarle se refiere: construir un discurso de marcado contenido antitotalitario. A escasos minutos del principio del film, la presencia del personaje interpretado con su entusiasmo habitual por Michael McDowell que bebe a hurtadillas, se asfixia con bolsas de plástico para obtener una experiencia cercana a la muerte y asegura que la violencia y la guerra son los únicos actos puros posibles hoy en día, certifica definitivamente la sensación de que se está presenciando el antagonismo entre una sociedad opresiva y un rebelde que se atreve a desafiar su validez como modelo a seguir y en el que vivir guste o no, tan arquetípico como bien plasmado por Anderson con la inestimable aportación de McDowell,. Bajo este punto de vista, que como se decía más arriba cuanto más avanza la película más claramente se perfila en sus imágenes, no resulta extraño que todos los esfuerzos de Anderson parezcan destinados no tanto a retratar el proceso de progresiva locura en la que el personaje de Michael va cayendo hasta estallar en un espiral de violencia sin control sino a aportar todos los argumentos posibles que hagan de él un rebelde con el que poder simpatizar tanto por sus principios como por su indudable carisma. Quizás por eso, y pese a que algunas inquietantes actitudes del joven estudiante puedan hacer pensar lo contrario, Anderson amplia el prisma sobre lo que acontece en el film hasta hacer de sus personajes meros símbolos de forma tan obvia que llegado un punto difícilmente puede tomarse la violenta revancha de Travis bajo parámetros realistas mientras que, a cambio, se dedica a reforzar la validez de su causa poniendo en la medida de lo posible al espectador en su lugar. El ejemplo más paradigmático de esto último se da secuencia mejor planteada y resuelta del film de Anderson: en ella, y tras insultar directamente a Rowntree, Travis y sus dos inseparables consortes implicados en el ultraje son citados en el gimnasio del College para recibir su correctivo. Desde una toma de cámara lejana y algo elevada, que contempla a los tres personajes esperando fuera del gimnasio la llegada de sus castigadores, que les igualan en número y también en edad, Anderson deja que el espectador contemple a estos últimos entrando en el recinto blandiendo sus fustas antes de que, uno por uno, los tres jóvenes traspasen la puerta por separado para recibir su violento correctivo. Pero, pese a lo que podría esperarse, Anderson no rompe la continuidad de la toma hasta que es Michael, el último en entrar tras unos minutos de espera que se hacen largos por lo estático del plano, el que se enfrenta a un castigo que en su caso acaba siendo todavía más largo que el de sus dos amigos. Así, si los latigazos que reciben Johnny y Wallace no se muestran sino que se intuyen gracias a una banda sonora que iguala en volumen las voces de los que están fuera del gimnasio y las voces y golpes de los que están dentro, Anderson corta por fin el estático y, gracias a su larga duración, anímicamente muy incómodo plano cuando es Michael el que abre las puertas del gimnasio con sarcástica teatralidad[6]. Mediante una planificación igualmente distante aunque más variada y una morosidad rítmica que pese a todo no diluye la tensión acumulada en el plano que abría la secuencia desde el exterior del gimnasio, el realizador muestra a Travis encorvándose sobre el potro bajo la atenta mirada de los guardianes que lo miran desde la distancia antes de correr hacia él y golpearlo con la fusta. Pero después de los cuatro golpes que anteriormente han satisfecho las ansias de venganza de los tres estudiantes ofendidos en el caso de William y Johnny, el castigo continúa hasta convertirse en una paliza no tan dolorosa como humillante y, sobretodo, lamentablemente educativa según los temibles parámetros del College. Porque no contento con lo brutal del castigo Anderson riza el rizo y, liberado del estatismo del plano del exterior del gimnasio antes mencionado, vuelve a dividir la escena en varios planos en los que muestra la parte más joven del alumnado del College escuchando los ecos de los latigazos que resuenan por toda la escuela, convirtiendo así a Michael no tanto en un mártir gracias a la distancia tonal de Anderson, como en representante de la rebelión contra un Orden desproporcionadamente violento y opresivo. Además, y por la toma de partido hecha por parte de Anderson hacia el estudiante, la violencia deja de ser una idea teórica o una amenaza como en el caso de Johnny y William para pasar a ser, a ojos del público y sobre la carne de Michael, una realidad que se presencia y, por tanto, se comparte con el protagonista de Si… de forma más enervante que en los dos casos anteriores. Es en esta escena donde cristaliza la asunción de un punto de vista que si bien no vertebra, como se apuntaba algo más arriba, la película al completo en base a un subjetivismo sin ambages, sí se alinea con el de un Travis cuyas ansias de razonable libertad encuentran su perfecto refuerzo dramático en las imágenes de Si… Y ya no tanto desde la comentada óptica más o menos naturalista bajo la que se contempla la cotidianeidad del alumnado del College sino, prácticamente a partir de ese instante, desde una serie de disgresiones formales y tonales que torpedean constantemente la impresión de realismo que se destila de gran parte de la película de Anderson.

Así, sesiones de estudio por parte los más pequeños de la escuela para aprenderse los nombres de los más mayores bajo la amenaza de ser castigados en caso de no sabérselos en pocos días, o partidos de rugby en el que el Rector se postula como único hombre de la institución capaz de esbozar una sonrisa sincera de alegría en su aparente desconocimiento sobre lo que ocurre dentro de la escuela… muestran una rutina estudiantil en la que lo cruel convive con lo inconsciente, comparten espacio  fílmico con imágenes filmadas en un tosco blanco y negro en las que pueden verse  fugaces y angustiadas miradas a cámara por parte de Travis, mientras escucha el misal sentado en uno de los abarrotados bancos de la capilla escolar justo después de haber sido literalmente fustigado por Rowntree y sus sicarios, no sin agradecerles entre lágrimas de dolor su uso de la violencia para corregir su mala conducta… o momentos tocados por una liberadora sexualidad que contrastan sobremanera con lo recatado y sexualmente represivo ambiente del College, además de un sentido del humor que coquetea con el surrealismo y que trasladan la película a un lugar más próximo al de la parábola levemente irreverente. Es en estos instantes en los que el retrato, lentamente asentado como temible base planteada como real a la que torpedear gustosamente, da paso a la sátira más o menos ingeniosa que alcanza sus más memorables cotas cuando más agresiva resulta pese a que nunca logra superar una irregularidad que a veces hace de su rebeldía una especialmente infantil, otras salvaje pero, especialmente en lo que al apartado formal se refiere, casi siempre caprichosa. Seguramente por ello, el paso del tiempo ha hecho de los instantes filmados en blanco y negro unos gratuitamente arty, al carecer de una justificación más o menos clara en lo dramático aunque pese a todo y en algunas ocasiones contienen una leve irrealidad que atenta, hasta cierto punto, contra la lógica del relato de Si… especialmente si se compara con el austero realismo de las escenas que retratan la vida entre las paredes de la escuela[7]. Así, el momento en el que Michael, acompañado por Johnny, escapa de los confines escolares, roba una motocicleta y toma un café en un establecimiento en el que intentan cortejar a la camarera (interpretada por la guapa Christine Noonan), es plasmado por Anderson como una llamada al salvajismo que, pese a lo sexualmente agresivo de algunos pasajes, no carece de complicidad entre el protagonista de Si… y la Chica, joven sin nombre que a partir de entonces aparecerá esporádicamente durante el resto de la película atentando, de nuevo, contra toda causalidad narrativa que pueda justificar su presencia en los lugares y momentos más insospechados… y cuya  importancia dentro de la trama prácticamente se ve reducida a símbolo de la libertad sexual para un joven accediendo a la vida adulta desde una escuela exclusivamente masculina. Siguiendo esa lógica simbólica, que probablemente incluiría la motocicleta robada como un nuevo símbolo de la libertad individual en contraste con un mucho más acomodaticio automóvil, y bajo los compases del Sanctus firmado por los congoleños Missa Luba, tiene lugar una surrealista pelea a zarpazos entre el joven y la camarera que pronto deviene en una salvaje, por animalesca, disputa entre mordiscos y empellones. Símbolo del salvajismo como única muestra de diversión alejada, por tanto, de la civilización, y que Anderson remata al plantear, por corte de montaje, a los dos personajes repentinamente desnudos revolcándose por el suelo entre sexuales dentelladas antes de mostrarlos de nuevo, sentándose en una de las mesas del café vestidos y como si nada hubiese ocurrido. Lo logrado de la escena, que si bien puede parecer algo inocente vista desde la actualidad aún conserva la frescura necesaria como para que su sentido de lo libertario todavía resulte contagioso, no reside así en suponer un desquite más o menos sexualizado a lo visto hasta ese momento en las imágenes en color de Si…, sino en el que lo desenfadado de su tono, además de su divertida y desprejuiciada celebración de lo (buenamente) salvaje como equivalente de pureza vital, rompe por completo el estatismo y la seriedad que señoreaba la película hasta ese momento si exceptuamos las burlescas réplicas de diálogo de, quien si no, Travis. Pero, pese a lo que podría parecer, la posibilidad de que esta escena consista en una curiosa y liberadora fuga mental del adolescente protagonista de Si… no implica, vista la película en perspectiva, que todas las escenas filmadas en un idéntico blanco y negro sean delirios fantásticos surgidos de la mente del personaje interpretado por Malcom McDowell. A momentos como el recién comentado, u otros como el que muestra a Johnny durmiendo con Bobby (Rupert Webster), uno de los alumnos más jóvenes de la institución con el que flirtea en escenas anteriores, o la misteriosa imagen de la mujer del Párroco del College (Mary McLeod), desnuda por los pasillos de la escuela mientras los alumnos se preparan para unos bufonescos e inquietantes ejercicios militares en un bosque parte de los territorios de la institución, Anderson iguala otros mucho más superfluos, incomprensiblemente subrayados por el llamativo uso del blanco y negro que se hace en Si… en los que pueden verse desfiles militares, intercambiables paseos por los pasillos u otros momentos que, de puro cotidiano, serían indistinguibles de algunas escenas de transición del lado más contenido del film, mayoritariamente en color. Y esta impresión de, al menos aparente, incoherencia, se extiende a otros campos del film: su mentado sentido del humor, capaz de brindar imágenes tan brillantes y divertidas como la del párroco del College (Arthur Lowe) surgiendo desde dentro de un enorme cajón del armario del rectorado para aceptar las disculpas de Michael, Johnny y William por haberlo agredido durante la instrucción militar antes comentada, abraza el absurdo intermitentemente y sin un aviso previo que pueda atenuar el golpe que escenas como esta suponen para la unidad tonal de Si…, aunque también terminan por certificar la impresión de que lo que ocurre en el film, por su artificiosidad, ha abandonado los rígidos parámetros del retrato más o menos certero para situarse en un lugar más próximo a una más o menos beligerante declaración de principios propia del explosivo año 1968 en el que si sitúan rodaje y argumento de Si….

Es de nuevo en una sola escena, que como en el caso de la secuencia que tiene lugar en el gimnasio redirecciona lo visto hasta entonces hacia un objetivo que se clarifica de repente, en la que este corte de mangas contra una tradición, tanto social como, en menor grado, cinematográfica, encuentra su expresión más clara en las imágenes del film. Solo en su dormitorio, y armado con una pistola de aire comprimido que ya anuncia la violenta deriva del anarquismo que poco a poco se va asentando en Michael como única respuesta posible a lo opresivo de su entorno, Anderson muestra al protagonista de su película disparando sus dardos, por una vez de forma literal, contra algunas de las fotografías que recubren las paredes de su cuarto. Anuncios publicitarios, o imágenes de autoridades gubernamentales, religiosas y de militares de alto rango y de soldadesca son impactados por los selectivos dardos de Michael, que esquiva en su consciente criba social tanto a los depauperados como a las víctimas de la guerra… aunque, en un disparo muy significativo, perfore la fotografía de una sonriente y glamourosa Audrey Hepburn erigida en símbolo de una tradición, esta cinematográfica, equiparada en Si… a la social, moral, y económica que puede verse entenderse tanto como producto como consecuencia de la imagen pública de la mítica actriz  hollywoodiense. Pero esta escena, lo suficientemente larga como para sugerir su importancia dentro de la trama y orientación ideológica de Si…, encuentra pronto su perfecto reflejo en un registro mucho más salvaje, aunque igualmente algo atenuado por el sarcástico sentido del absurdo que va llenando de lamparones la seriedad inicial de la película. Tras el comentado hallazgo del arsenal de armas automáticas, que consta de ametralladoras y granadas entre sus más mortíferos componentes, en los desvanes del colegio que, recordemos, hace las veces de academia militar, tiene lugar el enfrentamiento definitivo entre Michael y sus acólitos por un lado y el resto de la sociedad por el otro. O, dado el alto grado de simbolismo alcanzado por la suave irrealidad que se ha ido dibujando hasta ese momento en la película hasta validarla como parábola, la batalla final entre lo Nuevo y libre y lo Viejo y opresivo.

Aprovechando un acto institucional que congrega en la capilla del College a militares retirados, importantes figuras gubernamentales, padres y familiares de algunos de los alumnos, y prácticamente todas las autoridades escolares al completo, Michael, Johnny, Wallace, la misteriosa Chica que no se sabe bien como ha logrado reunirse con ellos y el joven Bobby abren fuego contra todos ellos desde los tejados de la escuela situados frente al edificio en el que el acto tiene lugar. A tiro limpio, y sin escatimar granadas, los nuevos terroristas siembran el pánico e incluso logran asesinar a algunos de los allí presentes, aunque durante una inesperada tregua en la que el Rector del College intenta poner paz asegurando que él entiende los motivos de los belicosos estudiantes, haciendo uso de una retórica que lo convierte en una parodia de lo que representa como autoridad educativa, la Chica lo apunta parsimoniosamente y le descerraja un tiro en la cabeza. Pero lo inopinadamente violento del acto, idéntico en su agresividad a todo el tiroteo precedente pero mucho más brutal por mucho más ceremonioso, encuentra pronto su contrapunto cómico, y absurdo, cuando el rector cae inerte al suelo ¡estallando en una bola de fuego! Y no es el único de una escena que rápidamente se adentra en el terreno de la divertida sátira que se bien diluye un tanto la potencial agresividad de esta secuencia de Si…, que se habría desplegado en toda su brutalidad bajo un registro más decididamente realista, lo hace elevando lo que en ella ocurre a un nivel más simbólico que realista. Porque a la bufonesca intervención del rector le sigue una repentina llamada a las armas de todos los congregados al acto del College que de golpe y porrazo se revelan como hiperviolentos soldados prestos a defender unos ideales que la película ha empezado describiendo elegantemente para poco a poco, y especialmente en su segunda mitad, acabar ridiculizándolos en una parodia poco matizada pero hilarante en sus mejores momentos. Ancianas de aspecto apacible que, presas de una rabia que las hace olvidar su propia seguridad ante los disparos del quinteto de cruzados, agarran las metralletas de los caídos para defender su orgullo patrio, hombres vestidos con armaduras medievales presentes en el acto para así dotarlo de un aire de respetable tradicionalismo se refugian buscando algo con lo que enfrentarse a los atacantes, tal y como hacen los jóvenes estudiantes fieles a unos principio, los del College, que no son sino los de la propia sociedad inglesa en un continuo y enrarecido toma y daca entre el uno y la otra. Caóticamente filmada, pero con una intencionalidad meridiana a ojos del público, Anderson convierte en una histérica soldadesca a prácticamente todo hombre y mujer de aires respetables presentes en el acto, enfrentados en bloque y armados hasta los dientes contra los cinco rebeldes en un más que desigual combate. Una batalla que, por encima de su surrealismo y sentido del humor, hace de la fauna humana que la compone una puesta al servicio de la idea que late bajo las imágenes de Si…: la guerra entre la Historia nacional, personificada tanto por la edad, el credo o hasta la vestimenta de algunos de los combatientes, y aquellos que pretenden enfrentarse a ella por todos los medios disponibles para destruir el pilar educacional del que ha surgido la sociedad y moral inglesa que los oprime. Un acerado retrato que, debido a su proliferación de sus elementos más o menos surrealistas, no es tanto el de la realidad de una época tan explosiva como la que tuvo lugar en 1968 como de las ansias de rebelión de sus cada vez más numerosos desertores y proscritos, incapaces de escapar del yugo de una forma de entender el mundo cerrada y autoritaria que no contempla otra alternativa que regurgitarse a través de las nuevas generaciones para que todo cambie, pero todo siga igual hasta la podredumbre.

Título: If… Dirección: Lindsay Anderson. Guión: David Sherwin. Producción: Lindsay Anderson y Michael Medwin. Dirección de fotografía: Miroslav Ondrícek. Montaje: David Gladwell. Música: Marc Wilkinson. Año: 1968.
Intérpretes: Malcolm McDowell (Michael Arnold Travis), Richard Warwick (Wallace), David Wood (Johnny), Christine Noonan (la Chica), Robert Swann (Rowntree), Rupert Webster (Bobby Phillips).


[1]Aquel cinco de noviembre iba a tener lugar la Apertura del Estado Inglés, muchos de cuyos miembros eran parte de familias aristocráticas protestantes. Los conspiradores, que antes de decidir la voladura de la sede Parlamentaria habían sopesado secuestrar a los hijos del Rey Jacobo I y la paradójicamente católica Reina Ana de Dinamarca, dando comienzo a una rebelión en los Midlands, pretendían así liderar el alzamiento de los católicos romanos ingleses contra las duras leyes que la corona había adoptado contra ellos e instalar un nuevo Rey obediente a los principios y doctrinas del papado. La prohibición que impedía legalmente a los católicos asistir a misa o a los oficios de la Iglesia de Inglaterra implantada por la reina Isabel I, predecesora en el trono de Jacobo I, había supuesto un duro revés contra los católicos que vivían en suelo inglés y que vieron inesperadamente recrudecidos los castigos por romper estas leyes por parte de un nuevo rey al que, por su matrimonio con una católica, se le presuponía una mayor amplitud de miras. El 26 de marzo de 1604, Robert Catesby, Thomas Winter y John Wright acordaron acabar con la opresión monárquica que les impedía acudir a sus sitios de culto. Poco después, el célebre Guy Fawkes, fogueado en un regimiento de españoles católicos que había combatido en los Países Bajos, se sumó al trío de conspiradores. Pero el número fue en aumento: ya en 1605, Thomas Bates, John Grant, Robert Keyes, Robert Wintour y Christopher Wright se añadirían a un grupo que se completaría con la llegada de Sir Everard Digby, Ambrose Rokwood y Francis Tresham, quienes aportarían gran parte de los fondos necesarios para llevar a cabo el atentado que jamás, aunque por muy poco, llegaría a tener lugar. Los trece hombres alquilaron una serie de estancias en los sótanos del Parlamento que fueron llenando poco a poco de barriles de pólvora, hasta alcanzar la friolera de un total de treinta y seis que debían hacerse estallar a principios de octubre de ese año 1605. Pero una epidemia de peste obligó a postergar sus planes hasta el mes siguiente, cuando el conde de Salsbury, Robert Cecil, organizó una red de espionaje que lo llevó hasta el sótano en el que, ya en la noche que va del cuatro al cinco de noviembre, Guy Fawkes estaba a punto de culminar los preparativos que harían posible la voladura del Parlamento y todos aquellos que estuviesen en él. Fawkes fue capturado, y pese a las numerosas torturas a las que fue sometido, parece que no acusó a ninguno de sus colaboradores ni reveló sus identidades, pero uno a uno fueron siendo encontrados por la guardia inglesa y posteriormente ejecutados. El sótano desapareció durante un incendio en 1834 pero, más a modo de tradición anual que por auténtica prevención, la guarda del Parlamento revisa los sotanos del edificio cada día cinco de noviembre. Pero el fallido atentado dio luz a otra festividad tradicional: la llamada la Noche de Guy Fawkes que consistió, hasta 1859 en lanzar al fuego de las hogueras encendidas cada cinco de noviembre unos muñecos hechos a imagen y semejanza del conspirador o, como alternativa, venderlos a penique el muñeco para así poder comprar fuegos artificiales con el dinero ganado. Pero hacia el siglo XVII, la Noche de Guy Fawkes empezó a ser identificada con actos de vandalismo que tenían lugar durante su celebración, que algunos ciudadanos aprovechaban para arrancar la madera de las casas y las vallas y echarlas al fuego, aprovechando la confusión para llevar a cabo robos y pillaje. El decreciente odio que una parte de la población profería hacia los católicos hizo que la quema de la efigie de Fawkes cayese en desuso, así como la prohibición que impedía la venta de fuegos artificiales a menores acabó de rematar la jugada. Pese a todo, Fawkes, o al menos su cara, parece haber recuperado el lustro en estos últimos años gracias al comic escrito por Alan Moore V de Vendetta, en el que su anarquista protagonista lleva una máscara de Guy Fawkes y planea, como su modelo histórico, destruir el parlamento durante la noche del 5 de noviembre como oposición a un gobierno de visos claramente dictatoriales. La popularidad (y calidad) del cómic propició una magnífica adaptación para la gran pantalla dirigida por James McTiegue en el año 2006 con idéntico título, popularizando hasta límites insospechados la máscara del terrorista/rebelde V, que recordemos está inspirada en la cara de Fawkes, como símbolo contestatario hasta ser un rasgo indisociable de las intervenciones públicas del oscuro grupo de protesta en la red Anonymous.

[2]Lindsay Gordon Anderson nació en Bangalore, en el sur de la India el 17 de abril de 1923. Hijo de padre oficinista de la Armada Británica, lo que motivó su nacimiento en la por entonces colonia inglesa en suelo asiático. Pasó su infancia en Worthing, Sussex oeste, donde cursó sus estudios elementales para más tarde asistir al Cheltenham College, cuya estancia allí inspiraría la escritura del guión del film que nos ocupa. Tras graduarse, Anderson trabajó como criptógrafo para la Intelligence Corps en Nueva Dehli mientras la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin, en 1945. A su regreso a la pacífica vida de civil que llevaba en Worthing, Anderson co-fundó junto con Gavin Lambert y Karel Reisz la revista de crítica y actualidad cinematográfica Sequence, en la que participaba asiduamente escribiendo reseñas y artículos. Poco después se enroló en otra publicación, esta de mayor recorrido, llamada Sight and Sound, así como la revista New Statesman, de clara afiliación política izquierdista. Combinando su labor como crítico cinematográfico, profesión de la que despreciaba el supuesto objetivismo bajo el que algunos de sus colegas llevaban a cabo su trabajo, con el de productor independiente de cortometrajes y incontables obras teatrales en una actividad que abarcó desde el año 1957 hasta 1992, Anderson se fue postulando como uno de los máximo artífices del Nuevo Cine inglés surgido a finales de los cincuenta: el llamado Free cinema, del que puede leerse un cortísimo resumen tanto de su historia como de sus intenciones en una de las notas al pie de la entrada dedicada a uno de los filmes más importantes del movimiento, La soledad del corredor de fondo, analizada en este blog en abril de 2013. Pero antes, y junto con Karel Reisz (que dirigiría la estimable y virulenta Sábado noche, domingo mañana) y Tony Richardson (quién posteriormente dirigiría la mentada La soledad del corredor de fondo), Anderson se enfrascó en el rodaje de una serie de documentales de calado humanista como Thursday’s children, de 1954, que le valió un premio Oscar al mejor cortometraje documental ese mismo año. Pero no fue hasta 1963 y tras algunas experiencias televisivas que, bajo la producción de Reisz, Anderson dirigiría su primer largometraje de ficción cinematográfica: El ingenuo salvaje. Tres años más tarde y tras una acogida desigual entre la crítica y el público, Anderson participaría en la serie NET Playhouse, y en 1967 llevaría a cabo el mediometraje White bus, antes de dar la campanada con la exitosa película que nos ocupa y que permitiría una segunda aventura de Mick Travis en su falsa secuela, aunque por lo que dicen los que han podido verla, emparentada en espíritu: Un hombre de suerte, dirigida en 1973, dos años antes de su siguiente película, llamada In celebration. Siete años más tarde, ya en 1982, Anderson recuperaría a Travis, Johnny y Williams para una tercera aventura que de nuevo poco o nada tenía que ver con las dos anteriores y que respondía al título de Britannia Hospital. En 1986 Anderson dirigiría junto a Jeremy McCracken un documental televisivo llamado Free cinema, para un año después embarcarse en una nueva película de ficción con intérpretes del calado de Bette Davis, Lillian Gish, o el no menos célebre Vincent Price en Las ballenas de agosto, que precedería a su última película, Glory! Glory! de 1989. Murió el 30 de agosto de 1994 en la ciudad francesa de Angulema poco después de rodar una pequeña película televisiva llamada Is That All there is? en la que él, junto a algunos de sus colaboradores miembros del ámbito cinematográfico, lanzaban las cenizas de las actrices Jill Bennett y Rachel Roberts al Támesis, y que fue emitido por la cadena BBC en 1993.

[3]Una inicialmente transparente puesta en escena que dudosamente habría llevado a cabo con el mismo grado de austeridad el director que inicialmente debía llevar a buen puerto el guión escrito por David Sherwin y John Howlett: el mítico Nicholas Ray, quien sufrió una crisis nerviosa poco antes de empezar la producción del film y tuvo que renunciar a su dirección. Ray fue el segundo de una corta lista de posibles directores que comenzó con el británico Seth Holt, montador de algunas comedias para la Ealing antes de encarar una carrera en la Hammer films. Pero Holt declinó la oferta por considerar su forma de dirigir demasiado convencional para lo que Howlett y un Sherwin que se había inspirado en muchas experiencias personales para la escritura de su guión, tenían en mente. Ofreciéndose sin embargo a producir la película (cosa que tampoco llegó a ocurrir) Holt pasó el testigo a Ray, con el resultado antes comentado, y finalmente el libreto cayó en las manos de Lindsay Anderson, que fue presentado a Sherwin por el productor de Si… durante una ronda de pintas entre guionista, director y productor en un pub inglés. El rodaje de la película, que se prolongó durante tres semanas, se llevó a cabo entre el Chelntenham College y la Aldenham School, con la participación de algunos de parte de su alumnado y profesorado como actores y extras en la película. Algunos de los discursos que pueden oírse en Si… fueron realmente utilizados en algunos de los actos oficiales llevados a cabo en Chelntenham.

[4]Debido a que, en ese mismo año 1968 tuvieron lugar incontables protestas y huelgas laborales en las que los sectores más jóvenes de algunos países europeos reclamaban un cambio de modelo político, económico y social. Siendo las que tuvieron lugar en Francia las más célebres, aunque ni de lejos las más violentas ni cruelmente reprimidas, de todas ellas, estas protestas en suelo francés tuvieron en los estudiantes sus más aguerridos representantes. El día 22 de marzo, un grupo de militantes de extrema izquierda, junto con algunos intelectuales, poetas y profesores de la Universidad de Nanterre, en París, se ocuparon el edificio de Administración de la Universidad como protesta contra la discriminación clasista existente en la sociedad francesa, así como el control ejercido sobre las universidades por parte del Gobierno. Con la llegada de la policía, la protesta se disolvió pacíficamente, aunque los maestros que tomaron parte en ella fueron rápidamente expedientados. Ante este hecho, se sucedieron las protestas entre la comunidad estudiantil y la protesta se extendió hasta la Universidad de la Sorbona, que fue ocupada por los estudiantes el tres de mayo. La policía acordonó la institución y, mostrando su apoyo a la comunidad educativa, las mayores agrupaciones estudiantiles y del profesorado se manifestaron el día seis ante la Sorbona. La policía cargó, intentando dispersar violentamente a los manifestantes, que no se arredraron, o al menos no en su totalidad, y empezaron a montar barricadas en las calles adyacentes antes de ser definitivamente dispersados. Pero pese a la voluntariosa actitud de la policía, el frente estudiantil ya empezaba a ganar adeptos de forma imparable y al día siguiente hubo una nueva manifestación a la que se añadieron maestros y algunos trabajadores, la mayoría jóvenes, que se sumaron a una nueva protesta que no sería la última, pues el día diez de ese mismo mes una ingente cantidad de personas se congregó en la Rive Gauche antes de negociar fallidamente su marcha con la policía, que volvió a cargar organizándose una batalla campal de cerca de un día de duración en la que hubo numerosos heridos y muchas cámaras de televisión que llevaron la violencia de la actuación policial a todos los hogares. Bajo una creciente simpatía hacia los manifestantes por parte de un sector cada vez mayor de la población, intelectuales, artistas y sindicatos de izquierdas se unieron en un frente común que culminó con una llamada a la huelga general para el día trece de mayo, durante el que cerca de un millón de personas marcharon por las calles de la ciudad reclamando la liberación de los detenidos durante protestas anteriores. El Presidente Pompidou, manteniendo a la policía a una segura distancia de los manifestantes, amnistió a los enjuiciados sin que ello repercutiera un ápice en las protestas, que se acrecentaron en número y manifestantes. Con la reapertura de la Sorbona, se produjo una nueva ocupación de la Universidad, a la que se sucedieron nuevas ocupaciones en otro sector, que no se había mantenido indiferente respecto a lo ocurrido en París durante esos días: el laboral. Se ocuparon hasta cincuenta fábricas en los siguientes días y el diecisiete de mayo se convocó una huelga en la participaron doscientos mil trabajadores, que al día siguiente se convirtieron en dos millones de huelguistas, y a la semana siguiente… en diez millones, dos terceras partes de la población ocupada en todo el territorio francés, que además no respondía ante las autoridades sindicales sino que se organizaban según sus propios principios y voluntad. Ante una serie de exigencias salariales y de condiciones laborales que, de no cumplirse, alargarían la huelga indefinidamente mientras se iba extendiendo entre la ingente cantidad de manifestantes que iban haciéndose con (o recuperando) el control del país de que el gobierno, con Charles de Gaulle a la cabeza, debía dimitir y convocar nuevas elecciones. Una nueva manifestación, organizada en esta ocasión por el partido comunista, marchó por las calles principales de París reuniendo cerca de medio millón de personas. Temiéndose que intentaran ocupar algunos edificios gubernamentales que obligaran a la policía un nuevo uso de la fuerza que habría puesto en pie de guerra a una población de la que el 20% de ella no veía con malos ojos una revolución, De Gaulle dimitió y convocó elecciones para el 23 de junio, amenazando también con aplicar la ley marcial si los trabajadores no regresaban a sus puestos y las protestas se dispersaban. Desde ese momento, las aguas se calmaron lenta pero inexorablemente, aunque el hito histórico era impepinable y el desde entonces llamado Mayo del 68 sirvió y sirve de inspiración tanto a revolucionarios de acción como de salón, extendiéndose a otros países de Europa y Estados Unidos, y haciendo que películas de contenido tan potencialmente explosivo como el de Si…, y más aún teniendo en cuenta que la acción tenía lugar dentro de una escuela, fuesen catalogadas con una X en su estreno, lo que limitó enormemente la distribución de este film de Lindsay Anderson.  Aunque la polémica desatada sobre la conveniencia de su contenido no logró impedir que se alzase con la Palma de Oro del Festival de Cannes del año 1969 pese a que en algunos lugares como la España de Franco, aún tardaría ocho años en llegar.

[5]Un personaje que tendría su continuidad, al menos de nombre, en sus secuelas bastardas más arriba apuntadas, llamadas Un hombre de suerte y Britannia Hospital. Durante años se rumoreó la posibilidad de hacer una secuela propiamente dicha de Si… que recuperaba no sólo a sus actores principales y los nombres de los ya no tan jóvenes que interpretarían, sino a los propios Michael, Williams, y Johnny que pueden verse en la película que nos ocupa, que tendría así su continuidad en un guión firmado por el propio Anderson poco antes de su muerte, en 1994. En él, podía verse como Michael había logrado ser un actor de renombre con una nominación al Oscar, Wallace un militar que había perdido un brazo durante una contienda, y Johnny había hecho carrera como clérigo... mientras que Rowntree había escalado hasta ser Ministro de defensa. Pero durante una reunión estudiantil (que visto lo visto el final de Si…, sería curiosa de ver) en la que los tres amigos volvían a reencontrarse, Rowntree era secuestrado por un grupo antibelicista, liberado por Michael, Johnny y Wallace y, por el camino, literalmente crucificado por Travis.

[6]Gesto que sirvió de guía para McDowell cuando tuvo que encarnar al más célebre personaje de toda su carrera: el brutal Alex De Large protagonista de la adaptación cinematográfica llevada a cabo por Stanley Kubrick en 1971, de la novela de Anthony Burgess La naranja mecánica. Tras recibir el guión del film, McDowell tuvo dudas sobre como interpretar al drugo protagonista de la adaptación del libro de Burgess, con lo que telefoneó a Anderson buscando consejo. Y el realizador de Si… le recordó el instante en el que Michael Travis abría triunfal la puerta que lo separaba del castigo físico que le esperaba en la secuencia comentada en el texto, sugiriéndole que aplicara ese espíritu burlón no sólo a un instante del film como había hecho hasta cierto punto en su film, sino a todas las acciones que DeLarge llevase a cabo en una de las películas más recordadas de Stanley Kubrick.

[7]Extremo que parte de mi opinión personal pero que según parece tiene una sencillísima explicación: las escenas que muestran a McDowell en misa son en blanco y negro porque su rodaje habría sido mucho más complicado de haberse hecho en color. A partir de ahí, y buscando darle un mayor empaque visual al film que no dejase a dicha escena completamente descolgada, Anderson se dedicó a filmar nuevos planos en blanco y negro que además contaban con el aliciente de resultar muchísimo más baratos que los que rodaron en color. Seguramente por eso, todos los planos rodados fuera del calendario de rodaje fueron filmados con una cámara en blanco y negro, lo que explicaría sin más problemas la profusión de planos sueltos blanquinegros dentro de secuencias que de no ser por estos pequeños insertos, serían completamente en color. Por lo tanto, saquen sus propias conclusiones alrededor de lo que se explica en el cuerpo del texto en comparación con lo escrito aquí y que se extrae de unas declaraciones hechas por el actor Malcom McDowell para la edición en DVD de Si… en el año 2007, aunque siendo la primera opinión una hecha desde lo que la película me ha hecho pensar he preferido dejarla como está… y como muestra de lo que mucho que puede llegar a hacer la autosugestión cuando se trata de analizar una película.

jueves, 13 de noviembre de 2014

EL RESPLANDOR




Delbert Grady llegó al Hotel Overlook con su esposa y sus dos hijas de diez años, amparado por excelentes referencias laborales que lo acreditaban como el perfecto candidato al puesto de vigilante durante la temporada invernal en la que el Hotel cierra sus puertas anualmente, dando un respiro vacacional a todos sus empleados habituales. Pero pese a lo corriente y fiable de su apariencia, Grady perdió completamente la razón en algún momento de aquel invierno, y atacó furiosamente a su familia. Asesinó a su mujer e hijas con un hacha, amontonó los cuerpos en una habitación y finalmente se metió los cañones de una escopeta en la boca, antes de apretar el gatillo y quitarse la vida… Y gracias al aplomo con el que escucha esta macabra historia, Jack Torrance (un progresivamente desbocado Jack Nicholson), pasa a ser parte de la familia laboral del Hotel Overlook. De profesión escritor sin obra conocida, Torrance recibe de parte del director del acogedor refugio de montaña este corto y desalentador relato sobre un hombre enloquecido en el mismo despacho en el que el malogrado Grady fue contratado por su antecesor en el puesto. Pero lejos de arredrarse tal y como otros aspirantes han hecho antes que él, Torrance firma el contrato que hará de él, su esposa Wendy (Shelley Duvall) y su hijo Danny (Danny Lloyd), los únicos habitantes que deambularán durante cinco meses de aislamiento absoluto por las desérticas y lujosas estancias del Hotel Overlook. Pero, a su llegada, una serie de acontecimientos violentan lenta pero inexorablemente su estancia en el Hotel: el huraño Torrance se vuelve irascible, abandonándose en lo físico y aislándose del resto de su familia tras una presión laboral que sólo él parece sentir sobre sus hombros. Entre crecientes explosiones de rabia, la ira de Jack saca a la luz hechos de un pasado en el que parecen entremezclarse los excesos con el alcohol, el resquebrajamiento del matrimonio Torrance y hasta el maltrato sobre Danny y el desprecio hacia Wendy hasta componer el violento retrato de un hombre presa de sus demonios interiores a la cabeza de una familia al borde del abismo.

Pero El resplandor, dirigida por el eternamente controvertido Stanley Kubrick[1], es algo más que un drama conyugal protagonizado por un hombre malhumorado que acaba por estallar en la más denodada violencia. Es también una somera adaptación del best-seller homónimo firmado por el hiperactivo Stephen King que se adentra en las procelosas, y algo arquetípicas en su base, aguas del relato terrorífico[2]. Cementerios indios, capacidades psíquicas y telepáticas propiedad del benjamín de los Torrance para ver y despertar las malévolas fuerzas que reposan molestas en las vacías estancias del Overlook esperando una nueva oportunidad año tras año en la habitación número 237[3], e incluso una serie advertencias puestas en boca de un cocinero del Hotel llamado Dick Halloran (Scatman Crothers) quien, como Danny, posee el Resplandor que los capacita para ver más allá del presente y lo tangible, son algunos de los elementos propios del cine (y la literatura) de horror que con su gélida puesta en escena y una iluminación inesperadamente naturalista, Kubrick diluye hasta hacerlos casi irreconocibles en su  realista apariencia. Porque, en el fondo, la historia de El resplandor responde a una arquetípica cadena de acontecimientos legibles tanto desde una óptica sobrenatural como, de forma quizás menos vistosa pero mucho más inquietante por la manera en que Kubrick lo plasma en imágenes y sonido, cotidiana. Y eso que la película evoluciona en muchas ocasiones a lomos de una serie de lugares comunes propios del cine terrorífico como curiosidad que lleva al niño a romper la promesa hecha al cocinero sobre no entrar en la habitación 237 que provoca que inmediatamente después Torrance se vuelva tremendamente irascible y hasta casi diabólico en sus ensañados reproches hacia Wendy por interrumpirle mientras trabaja de sol a sol. Días más tarde, y cada vez más  ensimismado, Jack tiene una pesadilla en la que, tal y como hizo Grady en su día, asesina a su mujer e hijo a hachazos, mientras Danny, que ha entrado en la habitación 237, aparece deambulando en estado de shock con evidentes rastros de haber sido atacado. Wendy acusa a Jack de las heridas aparecidas en el cuerpo del niño y este, sin saber como reaccionar, se sienta en el desértico restaurante del Hotel y ofreciendo agotado su alma a cambio de un trago… firma un nuevo y definitivo contrato con el Overlook. Como puede leerse hasta aquí, nada o muy poco nuevo bajo el sol de la más prototípica historia de fantasmas, pero tampoco del retrato familiar en el que la aparente buena convivencia entre los Torrance se resquebraja violentamente entre reproches, sueños incumplidos y la alcoholemia como mal remedio contra la culpa y los complejos personales. Pero Kubrick somete todos los elementos que conforman su película a un proceso de abstracción que da como saldo un más o menos competente drama, quizás demasiado acelerado en su desarrollo para resultar completamente creíble, afortunadamente tratado como un brillantísimo y atmosférico film de terror estéticamente desprovisto de todo rastro degoticismo[4], y en el que prácticamente ninguno de los dispares elementos que lo componen se pisan los unos a los otros gracias a su ambigüedad tonal.

Una compleja armonía lograda desde varios frentes gracias a la capacidad del realizador para crear, dentro de un film significativamente plagado de espejos, una serie de escenas que tarde o temprano encuentran su reflejo en otras y que son conformadas por una serie de elementos cuya presencia obtiene su equivalente tarde o temprano durante el desarrollo posterior del film, adquiriendo nuevos significados, y haciéndolos complementarios los unos de los otros. Pero esta complementariedad, que inicialmente equilibra la profusión de elementos dramáticos y terroríficos, pronto se anega en una atmósfera de pesadilla que, siempre apuntalada en una estructura dramática más sugerida que concretada, acaba por adueñarse de toda la película. Y es que parte de la unidad que se respira en El resplandor y sin la que el film de Kubrick probablemente haría aguas constantemente, se debe precisamente a esta constante siembra y recogida de diferentes elementos que además de colaborar en la creación de una atmósfera opresiva, hacen de la realidad de los Torrance, y muy especialmente de Jack y de Danny, una gobernada por una obsesión que en El resplandor se traduce, casi sin excepción, en repetición tanto argumental como, sobretodo, formal. Así, si El resplandor comienza con unas impresionantes panorámicas aéreas del automóvil de Jack Torrance dirigiéndose hacia el Hotel Overlook en el que firmará su contrato como vigilante durante la temporada de invierno, Kubrick parece repetir el mismo recurso pero algo más adelante, y con una escala de plano más cercana, sobre otro miembro de la familia Torrance cuando muestra a Danny, de espaldas al público, rondando por los desérticos pasillos del Overlook a lomos de su pequeño triciclo[5]. Ambas escenas, la primera de ellas articulada desde una más que considerable distancia respecto al coche de Torrance mientras que la segunda sigue a Danny desde una distancia mucho más corta, no sólo generan la impresión de que tanto Torrance padre como hijo están siendo observados sin que ellos lo sepan, sino que siembran la semilla de una frialdad formal, basada en la distancia construida sobre una planificación con escasísimos primeros planos iluminados bajo una luz fría y escasamente contrastada que hacen de El resplandor un film aparentemente diáfano, pero que paradójicamente resulta tremendamente abisal en su concepción del horror, siempre fuera del control y la razón de aquellos que lo sufren. En ese sentido, la historia de Grady, que empapa de fatalidad y malditismo la progresiva locura de Torrance, sienta un precedente argumental que se recoge posteriormente sobre sí mismo con la aparición del mismísimo Delbert Grady (Philip Stone) en funciones de camarero en una fantasmal fiesta en la que el escritor será instruido sobre su misión última en el Overlook[6]. Al igual que ocurrirá, de forma mucho más sutil, con la pesadilla que sufre el escritor en la que asesina a su familia y que precederá su intento de perpetrar dicho crimen en una bien compartimentada realidad que en El resplandor es puesta en duda constantemente a base de relatos terribles que justifican, o podrían justificar, actos posteriores no menos violentos, terroríficas visiones que anuncian los peores augurios, o hechos reprochables que tuvieron lugar hace ya mucho tiempo y que ven la luz de nuevo de forma completamente desatada. Así, a esta naturaleza del “relato dentro del relato”, que vincula e impulsa historias que la película muestra en sus imágenes a partir de otras muchas veces explicadas de viva voz, adquiriendo todas ellas un nuevo sentido del que carecían separadamente, se añade su equivalente formal con imágenes que completan su significado al ser rememoradas desde secuencias posteriores, creando a su vez nuevos vínculos que dotan de unidad un conjunto tan opaco sobre el papel que corre el peligro de resultar desabrido pero que gracias a esta estrategia formal deviene tan armónico como claustrofóbico.

A las ya mencionadas secuencias que abren el film y muestran a Danny matando el tiempo por los acolchados y desérticos pasillos del Hotel y que por su frontalidad casi parecen ilustrar una entrada en las profundidades del hotel que más tarde se corresponderan con una serie de planos muy similares pero en dirección contraria y mostrando la cara de los actores como si efectivamente estuviesen saliendo de allí, hay que sumar un común denominador en parte de las imágenes de El resplandor que de puro recurrente deviene, una vez más, obsesiva. La profusión de formas geométricas en alfombras, cuadros y, muy especialmente, en el laberíntico jardín situado en las afueras del Hotel que, probablemente no por casualidad, encuentran su correspondencia en una composición de plano muchas veces antinaturalmente simétrica y por tanto construida sobre una serie de elementos que en muchas ocasiones se desdoblan… como ocurre con la temible aparición de las dos gemelas Grady sobre un afelpado pasillo del Overlook en una de las más terroríficas imágenes de la película. Una simetría que, de forma bastante clara, se asienta como valor narrativo de primer orden en El resplandor, tanto desde una perspectiva formal como, dado el desarrollo de la historia que se narra en la película, argumental. Pero lo moroso de su ritmo, marcado en muchas ocasiones por una espectacular banda sonora sin la que el visionado de El resplandor no sería ni de lejos la terrorífica experiencia que es, un montaje basado en innumerables fundidos que evocan, sin nunca llegar a refutar tal extremo, un estadio a medio camino entre lo imaginado por los personajes y una realidad que, en El resplandor, se diluye entre visiones que afectan al  mundo real y acciones físicas que rememoran y despiertan fuerzas que no son de este mundo impregnan de turbio onirismo esta continua simetría en prácticamente todo motivo argumental y formal de los que conforman un film dotado de una sugestiva circularidad muy afín a al menos una parte de la filmografía de su director[7], y que logra zafar al film de Kubrick de un mínimo viso de realidad más o menos mundana. Porque si a todo lo anterior, sumamos la lasitud de movimientos de algunos de sus intérpretes, con Nicholson y Lloyd a la cabeza, cuyos personajes deambulan como sonámbulos por el Hotel, se genera una estado próximo a la ensoñación que la simetría del film de Kubrick logra que se dé durante todo el metraje y no sólo cuando las fuerzas del Mal hacen acto de aparición… aunque a buen seguro alcanzan su mayor pegada en los instantes en los que los fantasmas que acosan a los Torrance se dejan ver en las imágenes del film. De este modo, los amplios travellings laterales que siguen a Jack y Wendy por las estancias del Overlook, mostrándoselos en todo su esplendor tanto a ellos como al público de El resplandor, encuentran su eco en una toma muy similar en su distancia, que muestra una fantasmal fiesta del Cuatro de Julio que ha abarrotado de hombres y mujeres elegantemente vestidos para la ocasión un restaurante que, como el resto del Hotel, debería estar vacío. Pero la extrañeza de este momento, reforzada tanto por su similitud con la primera visita al Hotel en lo que a planificación se refiere como por la chocante naturalidad con la que Torrance asume la presencia de los imposibles invitados, no sólo se beneficia del acusado contraste entre la escena que describe por vez primera al Overlook vacío en la actualidad y la que nos ocupa, capaz de trasladar tanto por su banda sonora como por su vestuario a algún inconcreto momento de principios del siglo pasado que mucho más avanzado el metraje se concretará en 1921.
También certifica uno de los grandes valores de la película, sin los cuales El resplandor se habría hundido en sus propias y nada modestas ambiciones: la capacidad de Kubrick de igualar lo real con lo sobrenatural, lo imaginario con lo concreto o el pasado y el presente y convertir todo ello en un indistinguible marasmo, en el que los elementos dramáticos que conforman su trama encuentran su justa correspondencia (¿o simetría?) en los más afines al género terrorífico, y viceversa.

De esta manera, y gracias a esta siniestra cualidad de El resplandor, que dota de una aureola de pesadilla instantes que sobre el papel resultarían más o menos superfluos en su cotidianeidad, Kubrick consigue rellenar el abismo argumental que se abre peligrosamente en la secuencia en la que Torrance es atendido por el diligente camarero Lloyd (Joe Turkel) en el bar-restaurante del desértico y asilado Overlook sin que ello sorprenda, una vez más, en lo más mínimo al personaje encarnado por Nicholson, quien además hace gala de una seguridad en sí mismo inaudita durante el metraje precedente del film. La duda alrededor de si todo lo que ocurre en El resplandor tiene un origen sobrenatural o sencillamente ilustra los delirios de un escritor en ciernes  se instala en el espectador a partir de la repentina aparición de Wendy, ante la que Lloyd desaparece como si jamás hubiese estado allí dejando en su lugar a un solitario Jack visiblemente alcoholizado. Este equilibrio argumental, que no tarda en zozobrar a favor de lo fantasmagórico en una escena posterior en la que Jack entra en la habitación 237 que empieza maravillosamente bien en su construcción de una atmósfera tremendamente angustiosa pero que termina rozando el ridículo, consigue la nada desdeñable proeza de ilustrar una serie de conflictos personales y matrimoniales que sólo se explicitan cuando los elementos sobrenaturales hacen acto de presencia con una ambigüedad que a veces peca, al menos aparentemente, de incoherencia pero que siempre resulta fascinante. Bajo este punto de vista, no resulta extraña la decisión de Kubrick de subrayar la conexión existente entre las fuerzas que aguardan en la habitación 237 y la soledad de Torrance mediante un lento travelling que se aproxima al escritor mientras escribe (una acción que de nuevo se muestra de espaldas al público), justo después de que Danny intente abrir, sin éxito, la puerta de la susodicha suite. Y que sea justo en ese instante cuando el histrionismo de Nicholson, latente hasta ese momento del metraje, aumente considerablemente con la aparición de su esposa. Siguiendo con la misma estrategia, resulta de lo más coherente que la aparición de Lloyd sea lo que deje meridianamente claro el alcoholismo, controlado hasta ese instante, de Torrance, y que sea el temor de Wendy a que su marido vuelva a comportarse de forma violenta como, supuestamente, ocurría antes de los hechos narrados en El resplandor, lo que dispare nuevamente un alcoholismo que le hará caer en las redes de la locura y la agresividad que ya se intuyen desde el primer momento del film. Desde la absoluta frialdad con la que Torrance recoge la historia explicada por Ullman justo antes de firmar su contrato laboral hasta lo gélido de sus relaciones con Wendy y Danny, pasando por la furtiva mirada que Jack echa a algunas de las trabajadoras del Overlook desfilando por el pasillo hacia sus vacaciones invernales, el matrimonio Torrance no parece pasar por su mejor momento. Como tampoco el propio protagonista, interpretado con un inicial deje de histrionismo que desemboca en un carrusel de muecas por un Jack Nicholson que se parece empeñado en hacer de El resplandor una comedia negra, parece especialmente equilibrado debido la maniaca energía que desprende el actor que lo encarna desde su primera aparición en pantalla. Sumando sobre la anterior, hay en El resplandor una escena cronológicamente anterior a la secuencia que muestra a Danny intentando abrir la puerta de la habitación 237 y que pone seriamente en duda la pureza de intenciones de un cabeza de familia que podría haber sido poseído por la misma maldad de Grady… o haber encontrado en su historia una posible inspiración para dar rienda suelta a la violencia más desmesurada dada la ambigüedad del conjunto del film de Kubrick sobre la naturaleza psicológica o sobrenatural de los demonios que rondan a Torrance. Una escena que muestra, mediante un montaje en paralelo, a Wendy y Danny paseando por vez primera por el laberinto de seto que aguarda a las afueras del Overlook mientras Jack se toma un descanso de su aparentemente frenética actividad literaria y contempla curioso una maqueta del mismo laberinto situada en su improvisado despacho. Un primer plano de Torrance mirando desde lo alto, bastante llamativo dada la alergia mostrada por Kubrick hacia los planos próximos en El resplandor, es correspondido por montaje con un imposible plano cenital que muestra el laberinto en todo su esplendor y a unos diminutos Danny y Wendy deambulando por él, creando una nueva relación entre dos planos independientes en su contenido que de pronto retratan a un observador, Jack, y dos observados, su mujer e hijo. Una relación que, yendo un poco más allá, el ángulo del plano y el inestimable y angustioso extracto de Música para cuerdas, percusión y Celesta de Bela Bartok  provoca una impepinable sensación de amenaza en la que queda clara tanto el poder de Torrance  sobre su mujer e hijo como lo inconsciente de su familia respecto a lo que se les echa encima. Para más inri, este plano quizás subjetivo de Jack, imposible tanto desde un punto de vista físico como lógico, parece fundir en una sola entidad al escritor y las fuerzas malignas que se diría moran por el Hotel, planteando una amenaza, por entonces bastante leve por intangible, que pronto se desatará sobre Wendy y Danny.

Siguiendo esa misma lógica en la que un plano se complementa con otro sin que por ello sea necesaria una lógica espacio-temporal que en el Overlook parece haber perdido todo su sentido, es durante el crescendo final de la película cuando todas las visiones de Danny que hasta entonces habían sido mostradas fuera de contexto adquieren un lugar, situado no tanto cronológicamente en el tiempo, sino en la historia narrada en El resplandor, como parte de un puzzle en el que el conjunto sólo deviene legible cuando  la última de sus piezas ha sido encajada. Aunque una impresionante cascada de sangre, extrañas apariciones de invitados con la cabeza aplastada o manteniendo relaciones sexuales entre ellos, aparecen no ya ante los ojos de Danny o Jack, sino de Wendy, alcanzando una categoría de realidad consensuada por parte de todos los Torrance que hace del último tramo del film un abrazo al cine de horror más desenfadado, que deja atrás toda posibilidad de que lo ocurrido en el film de Kubrick sea una proyección de los demonios internos del cabeza de familia y no parte de un plan que en su abstracción resulta tremendamente inquietante siendo siempre inexorablemente lógico. El ya mítico REDRUM dibujado con carmín sobre una puerta a la que la escala de plano da la significativa apariencia de una cruz invertida, supone la definitiva refutación de la estrategia que parece mover los mecanismos sobre los que se asienta El resplandor. Porque REDRUM no sólo cobra todo su sentido al verse reflejado en un espejo, deviniendo así MURDER (asesinato, en su traducción al castellano), tal y como prácticamente toda la película parece estar asentada en la idea del reflejo como recurso narrativo, sino que también sirve de antesala a la última y mentada correspondencia entre Grady y su sustituto literal, Torrance, cuya misión consiste en completar el ciclo iniciado por el antiguo vigilante con el  asesinato de Wendy y Danny perpetrado con el  hacha que secuencias antes había aparecido en sus sueños. Así, lo obsesivo de su atmósfera, sustentado en esa división entre realidad y delirio que funciona el uno como modelo del otro y viceversa, no sólo justifica una serie de intertítulos que marcan un paso del tiempo que entre las paredes del Overlook ha quedado, en más de un sentido, abolido y sepultado bajo la pura nada cotidiana que hace que un día sea idéntico al siguiente y en el que tanto puede hacer tres años desde que Danny fuese agredido según Jack, pero sólo cinco meses a decir de Wendy, o que Grady asesinara a su familia durante la década de los setenta, pero a pesar de ello aparezca en la fiesta del 4 de julio de 1921. Si no que nada en El resplandor parece tener una lógica clara y unívoca más allá de la que el propio Kubrick le confiere a través de sus imágenes y de las relaciones que crea entre ellas más allá de un tiempo o espacio narrativamente lineales o causales  que han quedado en suspensión dentro del Hotel Overlook sólo respondiendo a una especie de sangrienta profecía autocumplida.

Una logradísima sensación de inexorabilidad de la que es mucho más responsable la puesta en escena de Kubrick que el propio guión del film, y que de la mano de esa lógica simétrica asienta la idea de que el sangriento crimen de Grady encontrará finalmente su correspondencia en el de un Torrance poseído no tanto por un espíritu maligno sino por un pasado, que quizás el suyo propio, capaz de adoptar las formas más radicales del relato del director del Overlook que abre esta entrada para justificarse, y así perpetuarse sin cesar. Elementos que dotan de fatalismo una historia en la que todo encuentra su razón de ser tarde o temprano, provocando la impresión de que existe en El resplandor un Orden superior, oculto y ajeno a las voluntades de al menos dos de los Torrance, que tiende sus redes ya desde el primer fotograma de la película, manejándolos cruelmente como peones dentro de un tablero que se desvela muy lentamente. El histrionismo interpretativo del que hacen gala los actores del film, que tantas veces ha sido adjudicado exclusivamente al trabajo de Nicholson pese a que ni Duvall ni Crothers le van precisamente a la zaga aunque sí de forma bastante menos hábil, no hace más que reforzar esa imposibilidad de huir ante un entorno que la imperturbable puesta en escena de Kubrick, más allá de algunos feos zooms que han envejecido bastante mal, convierte en infantiles pataletas, inútiles ante las fuerzas que dominan un entorno, fríamente plasmado (y personificado) por el director, del que se desprende una aplastante seguridad en sus sanguinarios objetivos. Seguramente por eso, el final del film, que tiene lugar en un simbólico laberinto helado en el que Danny debe enfrentarse en solitario a su desquiciado progenitor que le pisa los talones hacha en mano, podría leerse como el definitivo descenso a los infiernos mentales por parte de un hombre que, finalmente, acaba por perderse en ellos sin posibilidad de volver. Una escena que responde a la enigmática secuencia antes mencionada, que mostraba a Torrance observando a su mujer e hijo desde una altura imposible que atentaba contra toda lógica más o menos realista. Si allí Torrance parecía controlar la situación, aquí se encuentra inmerso en ella, y la claustrofobia por la que parecían moverse Wendy y Danny ha dejado de ser un ideal en la distancia para convertirse en una realidad en la que él ha decidido tomar la iniciativa. De esta manera, la misantropía de Kubrick, reforzada por la práctica ausencia de muestras de cariño o de una sonrisa que desprenda un mínimo de alegría entre los miembros de la familia Torrance, se fortalece igualmente  tras una puesta en escena gélida e impenetrable antes que en el retrato de un reducido grupo humano caracterizado con cuatro trazos que generan inquietud y terror, pero a duras penas compasión o ternura. Y más aún cuando el elemento humano más carismático de la película es precisamente el más pernicioso de todos ellos. Ya sea como víctima de un Orden superior que lo utiliza, o como verdugo desmadrado que intenta asesinar a su familia, Jack Torrance disfruta en su papel de personificación de una Maldad que se alimenta del pasado para reconstituirse y volver a las andadas en una visión tan pesimista de la humanidad desde un punto de vista antropológico, como histérica y demagógica en su absoluta falta de matices. Una última escena muestra una fotografía enmarcada que cuelga del vestíbulo del Overlook fechada en 1921… pero que muestra a un sonriente Jack Torrance entre los invitados. Condensado en un bucle temporal en el que el calendario carece de sentido, y situándolo en un lugar imposible quizás a la espera de su liberación, Kubrick da un confuso salto al vacío que tanto puede suponer un símbolo de la Maldad como entidad eterna que siempre reinará en el Overlook en el que Jack Torrance será siempre el vigilante, como una tomadura de pelo disfrazada de enigma sin solución aparente. Pero más allá de posibles metáforas o de construcciones lógicas que se ulceran hasta destruirse al entrar en contacto con la implacable narrativa del film de Kubrick, El resplandor se sostiene y fortalece más allá de lo meramente razonable, ofreciendo en cambio un impepinable film de terror cuya apabullante atmósfera ha hecho de él un film tan controvertido[8] como justamente inolvidable.

Título: The shining. Dirección: Stanley Kubrick. Guión: Dianne Johnson y Stanley Kubrick, inspirándose en la novela original del mismo nombre, escrita por Stephen King. Producción: Stanley Kubrick. Dirección de fotografía: John Alcott. Montaje: Ray Lovejoy. Música: Wendy Carlos, Rachel Elkind, Gyirgy Ligeti, Bela Bartok, Krysztof Penderecki y Henry Wall. Año: 1980.
Intérpretes: Jack Nicholson (Jack Torrance), Shelley Duvall (Wendy Torrance), Danny Lloyd (Danny Torrance), Scatman Crothers (Halloran), Barry Nelson (Ullman), Philip Stone (Grady), Joe Turkel (Lloyd).


[1] Del que, si quieren leer una somera biografía, pueden hacerlo en la nota al pie de la entrada dedicada a su última película, Eyes wide shut, analizada en este blog en el mes de noviembre de 2013.

[2]Género literario en el que ya en 1977, y gracias al monumental éxito de sus tres primeras novelas, Carrie, El misterio de Salem’s Lot y Rabia, esta última bajo el seudónimo de Richard Bachman, el escritor de Maine se postulaba como un irrefutable Rey Midas. Y es que en ese mismo año, King publicaba la que por entonces era la más ambiciosa de sus novelas, la interesante y muy entretenida El resplandor que llamó la atención de un Stanley Kubrick tan necesitado de nuevo material con el que trabajar como de un éxito en taquilla que le permitiese resarcirse del fracaso económico de su anterior y brillante film Barry Lyndon, estrenado en 1975. Inicialmente, el contrato firmado por el escritor con la Warner Brothers implicaba su participación en la escritura del primer borrador del guión de la película que iba a dirigir Kubrick, pero el director rechazó las aportaciones del novelista hasta ningunearlo casi por completo durante el proceso de adaptación de su novela. A decir de King, el Hotel Overlook de El resplandor estaba encantado y pretendía eliminar a sus huéspedes para así hacerse con el poder telepático del más joven de la familia Torrance, Danny, que además y como en la novela original se erigiría como protagonista central de la película. Pero Kubrick no tenía las cosas tan claras: en su opinión, Jack Torrance debía ser el protagonista de la película, y todos los elementos sobrenaturales de la trama debían supeditarse a él. Según parece, y pese a que la vida de ermitaño que por entonces llevaba Kubrick encerrado en su mansión londinense podría hacer pensar que vio en Torrance una proyección de su propia vida, el director de El resplandor prefirió tomar nota de otra fuente literaria algo menos famosa que la escrita por King. La historia El hotel azul, de Stephen Crane, y que narraba una trágica partida de cartas entre tres hombres aislados dentro de un hotel pintado, como era de esperar, de azul, para protegerse de una intensa tormenta de nieve, acabó siendo una mayor inspiración para la dirección que Kubrick deseaba tomar que el original de King, del que cogió algunos elementos para reordenarlos a placer. En el escrito de Crane, la partida de cartas degenera en una violenta pelea que se ve puntuada por el asesinato de uno de sus participantes, que muere tras retar a los otros dos a que disparen sobre él por haber hecho trampas durante el juego. A decir del director El hotel azul sugirió el desvarío psicológico de El resplandor” y, en consecuencia, la maldad que King concentraba en el Hotel Overlook quedaba desde ese momento bastante más repartida entre Torrance y el edificio en el que trabaja como vigilante invernal cuyo macabro pasado ejercía tanto de inspiración para los crímenes de Torrance, como de fantasmal presencia enquistada en el Hotel Overlook. Pero fue algo más tarde, cuando Kubrick leyó el libro The shadow knows escrito por Diane Johnson, cuando el guión de El resplandor comenzó a adoptar su forma definitiva. Ajena tanto al mundo del cine como a un universo literario, el de King, que no acaba de convencerla por completo, Johnson recibió una llamada de la Warner Bros que hizo de antesala a una segunda llamada, esta del propio Kubrick, que llegó la noche siguiente. Tras este primer contacto, en el que director y escritora charlaron sobre la dificultad de adaptar a la gran pantalla su The shadow knows, Kubrick llamó repetidamente a Johnson para conversar sobre autores literarios como Charles Dickens o Mary Shelley y su clásico Frankenstein y finalmente concertó una amigable cena a la que el realizador de El resplandor acudió junto con su esposa mientras que Johnson lo hizo con su marido, como muestra de la distensión con la que se planteó el ofrecimiento de Kubrick a Johnson para que le ayudase a escribir el guión de El resplandor, ofreciéndole trabajar junto a su propia mansión en Abbots Mead. Pero Johnson, sabiamente teniendo en cuenta la fama de obseso controlador que Kubrick ya tenía por entonces, declinó la invitación reuniéndose a diario con el director en el hogar de este para discutir durante horas alrededor de lo que debía contener cada secuencia. Al termino de estas charlas, Johnson se iba a casa y escribía los diálogos de ese día mientras, junto con Kubrick, estudiaba teorías freudianas sobre el miedo, leía Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim y repasaba clásicos como Cumbres borrascosas o Jane Eyre en busca de inspiración. Según parece, Johnson tuvo completa libertad para escribir lo que le viniese en gana y se entendió a las mil maravillas con Kubrick, que como se apuntaba algo más arriba, centró el conflicto del film en la violenta destrucción de la familia que lo protagoniza. Pero para cuando el rodaje de El resplandor estaba a punto de empezar, el guión aún carecía de un final que satisficiese al director: el de King, que concluía con una explosión que ponía punto y final a la historia del Overlook, estaba descartado por completo por parte de los dos guionistas, así que Kubrick ideó en solitario la secuencia que a día de hoy cierra la película. Pero, pese a lo que puede parecer, la pareja de guionistas intentó aplacar el creciente mal humor del novelista de Maine introduciendo algunos elementos más propios del horror sobrenatural que se lee más claramente en el original literario pero que, sin embargo, no gustaban nada a Kubrick por considerarlos salidas de tono de una película que él consideraba que giraba alrededor del Mal en su acepción más inherente al ser humano, y en la que por tanto toda distracción de pretexto sobrenatural desvirtuaba un tanto sus intenciones.

[3]Numerito que desató las más peregrinas interpretaciones, entre las que sobresale por méritos propios la que le atribuye al film que nos ocupa el ser el reverso tenebroso (y numérico) de 2001: odisea en el espacio, dirigida por Kubrick en 1968. Agárrense que, según la rebuscadísima teoría de Thomas Allen Nelson, vienen curvas: Danny lleva un jersey con el número 42 mientras su madre mira por televisión Verano del 42, de Robert Mulligan. 42, y arrancamos, es el doble de 21, y la fantasmal fiesta del 4 de julio que aparece en El resplandor pertenece a 1921, como 21 son los cuadros colgados en la pared del vestíbulo dorado (¡!). El número de radio desde el que el Overlook contacta con el mundo exterior es el 12, imagen especular de 21, y los dos números que aparecen en los intertítulos de la tercera parte del film son “8 am” y “4 pm” que suman un nuevo 12… Así, el film dobla e invierte la numeración de 2001 si se omiten sus ceros, cifra que sirve de título a 2001: odisea en el espacio, entre cuyos personajes encontramos a la inteligencia artificial HAL que nació… el 12 de enero de 1992, día que invierte nuevamente el título del film si uno se olvida de sus ceros, y año del que si se suman sus números se obtiene el resultado de… 21. En la novela de King, la habitación en la que el Mal parece habitar a la espera de Danny es 217, pero en la película acaba por ser 237… número del que, si se suman las cifras que lo componen, vuelve a dar 21. Y por todo lo anterior, Nelson asegura que El resplandor no es sino el reverso oscuro de 2001: odisea en el espacio. Ni que decir tiene que tamaña locura, no sólo no aporta nada a ninguna de las dos películas, sino que además pasa por alto el hecho de que el número atribuido a la habitación de la película es el de 237 porque el Hotel Timberline, que cedió su fachada para que Kubrick pudiese filmarla como si fuese la del Overlook, sí tenía una habitación 217 y prefirió no espantar a la parte más aprensiva de su clientela. La elección de este número concreto por parte de Kubrick y su co-guionista Johnson parece referirse a la historia de Barba Azul, en una de las numerosas referencias a cuentos populares que trufan El resplandor. La imitación del lobo feroz del cuento de los Tres Cerditos, hecha por Jack ante la puerta que está a punto de echar abajo a hachazos y que según parece fue improvisada por Nicholson o la manera en que Danny logra escapar de su padre rehaciendo sus pasos sobre las pisadas que ha dejado en la nieve mientras huía a imagen y semejanza de Pulgarcito, son algunos de los guiños, integrados conscientemente en la película, hacia la literatura infantil más popular. Por otro lado, y en relación con los delirios conspiranoicos del señor Allen Nelson, existe un documental llamado Room 237 que recoge la ingente rumorología alrededor de El resplandor y sus múltiples y posibles significados. Fue rodado en el año 2012 por Bill Blakemore y Geoffrey Cocks, pero, pese a su excelente reputación, poco puede decir al respecto por no haberlo podido ver.

[4]Algo clave para Kubrick, para lo que decidió junto con el director de fotografía John Alcott que toda la luz del film provendría de fuentes más o menos cotidianas como ventanas, bombillas o lámparas, evitando así una artificiosidad expresiva muchas veces adjudicada al género, al que aquí se aplicaba una lógica lumínica más propia del cine documental que del cine de horror más o menos estandarizado. Siguiendo la misma tendencia, Kubrick se inspiró en modelos reales para la construcción de los decorados de los interiores del Hotel Overlook cuya fachada, como se ha comentado en una nota al pie anterior, pertenece a la del Hotel Timberline situado en Oregon. Así, y gracias al trabajo de campo llevado a cabo por el director artístico de El resplandor, Roy Walker, que viajó por toda Norteamérica en busca de habitaciones y estancias que pudiesen servir a los propósitos de Kubrick para luego reconstruirlos, a idéntica escala, en la Inglaterra en la que tuvo lugar el rodaje de la película. Gracias a esta estrategia, puede verse una reproducción exacta de un cuarto de baño construido por el arquitecto Frank Lloyd Wright en la escena en la que Torrance mantiene una surrealista conversación con Delbert Grady o una serie de lugares definidos, en la mayoría de los casos, por la ausencia de un diseño de interiores como es el caso del apartamento de los Torrance, en el que nada parece destacable excepto por lo realista que parece en su desaliño. Pero, en lo que los actores se refiere, se impuso un cambio de tercio propiciado por la decisión del director de contar con el histrionismo de Jack Nicholson, que tuvo su dosis de polémica tanto antes como durante y después del rodaje de El resplandor. Kubrick ya había tentado al actor para encarnar a Napoleón en uno de sus proyectos más acariciados y que finalmente nunca llegó a ver la luz, pero cuando se le presentó la posibilidad de adaptar la novela de King, no se lo pensó dos veces antes de enviarle un ejemplar a Nicholson, quien a su vez le envió una nota al día siguiente con un escueto “sí” a modo de respuesta. Pero King, que tenía en mente una locura más progresiva y menos espectacular en pantalla que la que presumiblemente podía brindar Nicholson, se opuso sin lograr nada más que ser quizás el primero de una larguísima lista de gente que encontró el regodeo en el histrionismo de Nicholson tan cargante como la interpretación de Shelley Duvall, quien tampoco fue demasiado alabada por su encarnación de Wendy. Para el papel de Danny, Kubrick buscaba un actor sin experiencia frente a las cámaras, que fue encontrado tras emprender un viaje de cinco meses por todo el territorio norteamericano durante el que se entrevistó a 5000 posibles aspirantes al papel antes de dar con Danny Lloyd. Kubrick ensayó mucho con él antes de comenzar el rodaje debido a que, por sus seis años de edad, no le estaba legalmente permitido trabajar más de tres horas por día en un rodaje. Así que al menos, cuando el rodaje dio comienzo en mayo de 1978, el pequeño actor se libró de las maratonianas sesiones en las que los actores tuvieron que repetir una y otra vez diálogos y escenas y que poco a poco fueron gestando la leyenda de Kubrick como director meticuloso hasta lo obsesivo. Ni Scatman Crothers, que según parece en muchas ocasiones acababa llorando sentado en el suelo implorándole a Kubrick que le dijese que debía hacer para que el resultado de sus escenas fuese de su agrado, ni una Shelley Duvall que acabó con los nervios destrozados pese a que logró mantener una buena relación personal con el director ni, por supuesto,  un Jack Nicholson cuyo precario estado de nervios lo asemejaba sobremanera con el de su personaje, se libraron de la tensión que se creaba a diario en un set de rodaje transformado en una olla a presión hasta que, en abril de 1979, la filmación de El resplandor llegó a su final, triplicando el tiempo previsto por la productora.
                                                                                                                                                                   
[5]Secuencia mítica que se logró gracias al uso de la por entonces novedosa tecnología de filmación steadycam que consiste, a grandes rasgos, en una cámara flotante adosada al cuerpo del operador mediante un arnés, y a estabilizar las vibraciones que genera el movimiento de dicho operador mediante un brazo mecánico que permite manejar la cámara desde una relativa distancia haciendo el movimiento mucho más fluido gracias a un sistema de muelles que evitan toda brusquedad. De este modo, y gracias al steadycam, fue factible el rodaje de una secuencia cuya filmación habría sido absolutamente imposible desde ese ángulo, debido a que los movimientos de cámara se hacían sobre raíles que en este caso habrían aparecido en plano. Esta tecnología llegó hasta Kubrick en 1974 gracias a Ed DiGuilio, quien había fabricado una serie de lentes especiales para la filmación de Barry Lyndon y que le hizo llegar al director de El resplandor una bobina con una demostración de los parabienes del flamante steadycam que el propio Kubrick se encargaría de popularizar entre el público gracias a la película que nos ocupa poco después de reportarle un Oscar a su creador, Garret Brown, en 1978. El propio Brown sería uno de los dos  sacrificados operadores del steadycam que puede verse en El resplandor, aunque fue sustituido por Ray Andrew cuando comenzó la filmación de Rocky II, debido a lo inesperadamente largo del rodaje del film de Kubrick que provocó incompatibilidades en su agenda.

[6]Un instante en el que, siempre dentro de la opacidad argumental que reina en las zonas más fantasmagóricas de El resplandor, parece apuntar un racismo inherente a los espíritus (o imaginaciones de Torrance) que podría justificar la maldición que parece pesar sobre el Hotel Overlook. Su construcción sobre un cementerio indio, durante la que hubo que defenderse de varios ataques de los lugareños que no querían ver destruido el lugar donde reposaban sus muertos y se les rendía culto, así como el despectivo “negro” con el que Grady describe a un Halloran que está de camino para ayudar a unos Danny y Wendy en inminentes apuros, apunta a una venganza invocada por los indios contra un invasor racista y de pocos escrúpulos. Existió, en un primer montaje de El resplandor que finalmente fue descartado, una secuencia final que explicaba hasta cierto punto lo ocurrido en el Hotel Overlook aunque, sabiamente, Kubrick decidió retirarla. En ella, y poco después de la huida de madre e hijo del Hotel, podía verse a Ullman visitando a Wendy y Danny durante su estancia en el hospital en el que se recuperan de lo ocurrido en el Overlook. Durante la visita, Ullman le entregaba a Danny la misma pelota que le había sido lanzada desde los desérticos pasillos del Hotel como anzuelo para que se aproximara a la puerta de la habitación 237, cuyo forcejeo desataba la tragedia. Ante el pasmo de Danny, Kubrick dejaba claro así que Ullman no sólo estaba al corriente de lo que ocurría en el Hotel, sino que se dedicaba a ofrecerle sacrificios. Pero esta secuencia, probablemente debido a que resultaba demasiado explicativa dentro de un contexto muy beneficiado por una opacidad narrativa muy bien jugada, fue eliminada de un montaje que pasó de los 144 minutos iniciales a las escasas dos horas que tiene actualmente.

[7]Ciclos que se renuevan una y otra vez en base a los impulsos más básicos como puedan ser la agresividad degenerada en violencia o el sexo, estructuran películas como 2001: odisea en el espacio, La naranja mecánica, el film que nos ocupa, o Eyes wide shut. Películas firmadas por Kubrick en las que puede verse a sus protagonistas, hombres civilizados dentro de la época que les ha tocado vivir, sufriendo o perpetrando en los peores casos una violencia que firma un fin de ciclo que por lo general sume a los personajes que los viven en una confusión absoluta, rayana en la locura, de la que sólo saldrán mediante la asimilación del acto violento (como parece ser el caso de la Humanidad al completo en 2001: odisea en el espacio, el hiperviolento Alex de Large de La naranja mecánica o el Jack Torrance de El resplandor) o del coito (en el caso del Doctor William Harford en Eyes wide shut) que volverá a poner las cosas en su sitio. Aunque nunca en toda la filmografía de Stanley Kubrick este proceso es mostrado de forma tan morosa, sucia, desprovista de sentido del humor y finalmente inconclusa como en el caso de El resplandor.

[8]El resplandor fue tanto un éxito de taquilla en el verano de 1980 en el que se estrenó, como un soberano fracaso entre la crítica especializada. La relativa unanimidad que más o menos había consensuado a Kubrick como un director prácticamente  infalible a ojos de la muchos especialistas, se completó. Aunque, por desgracia para él, fuese al otro lado del espectro crítico. Muchos acusaron a Kubrick de no entender el género, de haber engendrado una película aburrida, pedante y tediosa que ni funcionaba como drama ni como película de terror, con una serie de buenos actores desbocados en su histrionismo que no lograban levantar un film que tuvo que esperar durante un largo tiempo antes de ser reivindicado por una nueva generación de espectadores. Además, El resplandor obtuvo la categoría de pequeña e involuntaria celebridad en nuestros territorios por su muy polémico doblaje al castellano, traducido por Vicente Molina Foix (en un rol que comenzó con La naranja mecánica y alcanzó hasta Eyes wide shut) y dirigido por Carlos Saura, que contó, entre otras, con la voz de Veronica Forqué, y que ha sido vilipendiado durante años. Y eso a pesar del buen trabajo que, como mínimo, se llevó a cabo rodando las imágenes en las que se muestran las páginas escritas compulsivamente por Torrance en las que puede leerse “no por mucho madrugar amanece más temprano”, como variable hispana del más angustiado original “All work and no play makes Jack a dully boy”. En otro sentido, y desde el otro lado del charco, Stephen King se reafirmó en su opinión de que Kubrick no había logrado acertar ni con el tono ni con la dirección de actores para la adaptación de su novela, con lo que muchos años después y con la ayuda de Mick Garris en el papel de director puso en pie su mucho más fiel The shining, película para la televisión de alrededor de cuatro horas de duración que a decir de los que la han visto es tan similar a la novela como olvidable es su resultado final.