miércoles, 21 de noviembre de 2012

RED STATE

 Los paradójicamente llamados Estados Rojos son aquellos de los Estados Unidos de América que tienen entre su población una mayoría electoral que da apoyo con su voto al Partido Republicano. En ellos, si hacemos caso a las estadísticas de un país en el que la mayoría de su población no se acerca a las urnas ni por accidente vive la más conservadora de las Américas con sus miedos y anhelos a un Dios que castiga a los impuros y vigila a los justos, sus indestructibles y destructoras unidades familiares, sus clanes y su libertad de armas típicamente americana con la que pueden proteger todos esos principios y ahuyentar a cualquiera que pretenda perturbarlos con su presencia[1].
Tres chavales aparentemente alejados de tan pernicioso conglomerado político-ideológico (y religioso) a pesar de vivir en el mismo territorio, intentan huir de su rutina y inopia sexual contactando con una mujer madura oriunda del mismo estado que les promete sexo exento de pago y compromiso una noche de sábado. Al llegar a la caravana en la que la mujer los ha citado por Internet, matiza su proposición: si quieren practicar el sexo con ella deberán hacerlo los tres a la vez. Las calenturientas hormonas de los adolescentes se sobreponen a los reparos iniciales y, al aceptar la inesperada cláusula, firman su sentencia.

A Kevin Smith, director de Red State, se le recuerda y celebra con justicia por su habilidad con la palabra escrita puesta en boca de unos actores que el director de Nueva Jersey maneja con facilidad. Desde su mítico debut en 1994 con Clerks, pasando por Persiguiendo a Amy hasta ¿Hacemos una porno? Smith ha basado gran parte de su filmografía en bustos parlantes filmados con funcionalidad que gastan su verborrea en hablar de sexo sin tapujos, conflictos de madurez en la treintena, relaciones sentimentales, cómics y La guerra de las galaxias.
La palabra es la gran arma, y tan sólo una de ellas, de las que hace gala Abin Cooper; pastor ultraconservador de una parroquia a la que trata como borregos mientras despierta en ella a los lobos que todo hombre y mujer puede llegar a ser y el más importante y articulado de los personajes que pueblan Red State. Pero a diferencia de personajes parlanchines anteriores de la filmografía del realizador de Mallrats, la magnética figura de Cooper gasta una siniestra retórica en las antípodas de la ideología de su creador, puntal de la película como nunca anteriormente en su cine, sin ningún rastro de sentido del humor o de referencias a la cultura popular. Cooper, decíamos, es un fanático, un iluminado que espera como agua de Mayo la llegada de un Apocalipsis que barrerá de la faz de la tierra todo lo que es corrupto a sus (y a Sus) ojos y salvará a sus elegidos: la temerosa iglesia del Pastor de aspecto beatífico y lengua venenosa que como aquel rechaza y ansía castigar a todos los que ofenden al Dios del Antiguo Testamento.

Lo primero que llama la atención de Red State es su beligerancia sin ambages. Si la verborrea es uno de los signos de identidad del cine de Smith, no lo es menos la poca sutileza que gasta para llamar las cosas por su nombre. Esta película no es una excepción, como podrá ver cualquiera que pase de los primeros veinte minutos de metraje. Si en una de las escenas iniciales se pone de relieve la peligrosa combinación de fanatismo religioso amparado en la libertad de expresión con la libertad de tenencia de armas en voz alta por parte de una maestra de instituto, el resto del film es la demostración de la afirmación anterior saltando de un fanatismo a otro, religioso o no, que se retroalimenta y aplasta a los desgraciados que se encuentren en medio. Pero lo que es nuevo, o hasta ahora se había dado con cuentagotas en el cine de Smith, es que ese contenido en los diálogos no termine ahí, y se extienda por todos los demás aspectos de la película. La forma nunca ha sido el fuerte (ni aparentemente del interés) de Kevin Smith que como decía se ha hecho un nombre filmando bustos parlantes, pero en Red State la realización no sólo recoge lo que se dice sino que lo potencia dotando a la película de una atmósfera inaudita en su cine, imprescindible para conseguir la tensión necesaria que requieren determinadas escenas y también respaldar la denuncia que se cuece en el guión pero que de no ser por la puesta en escena del resultado final sería un panfleto poco efectivo por ser poco turbador o amenazante.

La planificación de Red State no parece planteada de forma digamos “narrativa” respaldando o rechazando mediante un orden de planos determinado lo que cuenta en el papel (me atrevería a decir que sólo uno de los planos del film tiene un valor narrativo, aquel en el que el agente Keenan muy bien interpretado por John Goodman es mostrado desde detrás de una verja expresando el imposible dilema moral al que se ve empujado y que lo “atrapa” como muestra la planificación), sino más bien con una intención “atmosférica” a caballo entre el cine de acción más seco en su manera de mostrar la violencia y el cine de terror, con el objetivo (logrado) de provocar emoción en el espectador. 
No es sólo el sudor, la mugre y la sangre de las víctimas y los verdugos las que colaboran a dotar de mala vida al film, sino los escabrosos detalles que se van sembrando por la película: detalles de puesta en escena como el hecho de que entre los parroquianos de Cooper haya niños que no alcanzarán los ocho años y que da una idea de la cerrazón de los que ahí viven hasta el punto de comer, dormir, fornicar y dar a luz (y nacer y crecer y así sucesivamente) en territorio Cooper sin nunca salir de su área de influencia, la ejecución de un hombre que creen homosexual al que después de asesinar se cubre con un plástico para que su sangre no infecte a ninguno de los feligreses, la posición de la cámara, el fuera de campo que provoca la sorpresa que un guión competente pero no demasiado original es incapaz de aportar, o el uso del montaje en paralelo y el sonido que compone una suerte de banda sonora de tonos graves sin ningún tipo de armonía que potencia sin subrayados dramáticos la tensión general del film hasta su punto culminante en que se llega a una imposible situación que hace dudar al más pintado… y que no revelaremos aquí[2].
La ominosa atmósfera creada por todo lo anterior se complementa con el aspecto de unos actores bien caracterizados y con un físico por lo general lo bastante alejado de las pasarelas de modelos que de un tiempo a esta parte parecen haber ocupado el lugar de las personas de carne y hueso en el cine actual como para resultar cercanos y creíbles, y por lo tanto dignos miedo, estima o compasión. Uno de los puntos fuertes de Smith ha sido desde siempre la dirección de actores y aquí consigue sacar partido de los más jóvenes en instantes emocionalmente cargadísimos, por no hablar de los mayores con un magnífico John Goodman que se alzaría con la mejor interpretación del film de no ser por el actor que encarna al nocivo Abin Cooper[3]: Michael Parks.
Parks consigue insuflar fascinación a una oratoria de contenido tan peligroso como antediluviano y a un físico apacible sólo traicionado por la desafiante locura que se desprende de su condescendiente mirada. El respeto que provoca su figura cada vez que entra en escena, ayudado por tomas en contrapicado que lo imbuye de superioridad hace comprensible el miedo que produce en cualquier persona razonable que se cruce en su camino y la atracción que sus palabras provocan en sus fieles.

Y cuando esas palabras terminan y la furiosa puya ideológica de Smith empieza a girar sobre sí misma atrapada en su absoluta falta de matices o desarrollo, entra la artillería: un interminable tiroteo que decide el futuro del Clan Cooper y sus prisioneros y que entretiene y inicialmente perturba pero acaba por acostumbrar por su longitud, restando algo de pegada a una tesis que se salva de agotarse cuando Smith traspasa las sangrientas acciones justificadas por las ideas al bando (presuntamente) laico y la denuncia traspasa las barreras de la Iglesia. Los pobres desgraciados atrapados entre la mano de Dios y la del lado más siniestro del Estado acaban siendo aplastados por un grupo de gente que se protege de sus responsabilidades más básicas bajo el paraguas de que sólo están cumpliendo órdenes de una entidad superior, ya sea Dios o un mandato legal. La áspera violencia que se ve en pantalla no es tan desagradable por su sequedad como por su implacabilidad cuando es ejecutada, como el film de Smith no es tanto ,que también, una crítica sin paliativos al fanatismo religioso y a aquellos que escurren el bulto detrás de la Autoridad, sea la que sea, como una desesperada y lúcida súplica a la razón y la responsabilidad (reforzada por el hecho de no contar con un protagonista definido con el que poder simpatizar con lo que la sensación de desamparo es mucho mayor) y que sólo muy al final cae en lo discursivo. Afortunadamente, cuando esto ocurre y pese a que es demasiado forzado está hecho con una inteligente sobriedad formal y resulta tan puntual que no molesta demasiado en un conjunto en el que el interés nunca desaparece.

Es uno de los escasos momentos, junto con algunos innecesarios subrayados (como ese feo flashback en blanco y negro que deja totalmente clara la intuida felación que un joven propina a un policía cuyo testimonio podría salvar la vida de los chicos) en un film que juega sus bazas, sencillas sobre el papel en cuanto va dirigida a un público convencido de la visión de la película sobre los temas que trata pero turbador en su  ligero pero contundente resultado final. Su falta de aristas en su denuncia de un preocupante cierto estado de las cosas sobre el papel se compensa al estar plasmada de una manera lo bastante terrenal como para no resultar un film aleccionador, gracias al brío audiovisual que se basta de sí mismo para que la película no tenga la necesidad de tomarse más en serio que lo que sus imágenes dan a entender. De muestra un botón, la festiva canción country que pone punto final a la película después de que Abin Cooper reciba la puntilla que los detractores de Smith le depararon durante años: ¡Cállate de una puta vez!.

Título: Red State. Dirección y guión: Kevin Smith. Producción: Jonathan Gordon. Fotografía: David Klein. Dirección artística: Cabot McMullen. Montaje: Kevin Smith. Año: 2011.
Intérprete: Michael Parks (Abin Cooper), John Goodman (Joseph Keenan), Michael Angarano (Travis), Kyle Gallner (Jarod), Melissa Leo (Sarah), Stephen Root (Sherriff Wynan).



[1] Como decía, sólo si hacemos caso de las estadísticas al respecto y desde un punto de vista electoral. Tanto algunos periodistas como Presidentes electos han denostado tan maniquea y sesgada visión del territorio Norteamericano asentado desde las elecciones presidenciales del año 2000, siendo sus seguimientos estadísticos mapas estatales divididos cromáticamente entre los estados de mayoría republicana (de color rojo) de los de mayoría demócrata (de color azul).
[2] Existió sobre el papel un final alternativo al que culmina Red State tal y como acabó siendo la película. En él (y les recomiendo que dejen de leer si no quieren saber demasiado sobre el film en caso de que no lo hayan visto todavía), el Clan Cooper, tras salir de su refugio a la espera de la Ira de Dios, se enfrenta a Keenan, pero de pronto sus pechos revientan. En cuestión de segundos hasta los SWAT perecen de la misma manera inexplicable, Keenan se echa a tierra intentando protegerse de la amenaza invisible y cuando alza la mirada ve como el último de sus hombres ha sido ensartado por la descomunal espada del Ángel de la Muerte. El Ángel se aproxima a un Keenan petrificado y le pone un dedo sobre los labios en señal de aviso: será mejor que guarde silencio. El Ángel alza el vuelo y desaparece mientras los Cuatro Jinetes del Apocalipsis descienden del cielo en su lugar…
[3] Cuya fuente de inspiración proviene de un fanático de carne y hueso: Fred Waldron Phelps, líder de la Iglesia Bautista de Westboro, grupúsculo religioso con sede en la propia casa de Phelps (en la que se cuentan unos cien miembros, de los que entre el 80 y el 90 % tienen lazos familiares con Phelps) en Topeka (Kansas) y que funciona independientemente a cualquier otra organización religiosa. Sus puntales ideológicos de raíces religiosas son una homofobia exacerbada (según asegura Phelps Dios odia a los homosexuales que en su muerte arderán en el infierno en compañía de las almas que los hayan defendido o siquiera ignorado pacíficamente en vida), el machismo hasta la violencia física, el racismo y en definitiva la represión más profunda de todo lo que tenga que ver con la sexualidad o cualquier otra cosa fuera de lo admitido por la más cerrada de las lecturas de las Sagradas Escrituras. Entre sus actividades se cuentan la interrupción y sabotaje de entierros de homosexuales, incluyendo los más tristemente célebres de militares caídos en combate como puede verse en el film de Kevin Smith que en las antípodas de la fe de Phelps es un creyente sensato. Además de lo anterior, hay que sumar los intentos de prohibición de besuqueos entre alumnos en campus universitarios o asegurar que tanto los atentados del 11-S en Nueva York o el rastro de destrucción causada por el Huracán Katrina son en realidad designios de Dios enviados como castigo contra una América que tolera los homosexuales en sus territorios… Si quieren más información, además de la que puede encontrarse escrita en la Red, pueden hacerse una somera idea de los principios de Phelps y su Clan en estos enlaces: http://www.youtube.com/watch?v=W0PN5I-WN3A o http://www.youtube.com/watch?v=Y-sN9fo3EFQ&feature=fvwrel (este último en inglés) entre muchos otros.

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