martes, 27 de noviembre de 2012

HOWARD. UN NUEVO HÉROE


 Según parece, el cómic homónimo[1] que sirve más de inspiración que de base dramática a Howard. Un nuevo héroe tenía lugar, en gran parte, en la faceta más cotidiana de la vida. Howard, protagonista absoluto y pivote central de todas las tramas exhibidas en viñeta, es una criatura común de la clase media americana de 1976, año en que vio la luz el primer número del tebeo escrito por Steve Gerber y dibujado por Val Mayerick. Malcarado, fumador, bebedor y algo castigado por la vida, era también el elemento absurdo que destarotaba la cotidianeidad que servía de tónica general en las viñetas: Howard es, como se indicaba ya desde el título, un pato. Y no uno cualquiera, sino uno de metro y medio, lenguaraz y como hemos dicho con los hábitos propios de un humano cualquiera entre los muchos desastrados que convivían con él sin que, con alguna excepción, su aspecto no-humano resultara un problema.

Desgraciadamente no he tenido el placer de leer (aún) ninguno de los cómics en los que el Pato Howard (Howard the Duck, como se llamaba el tebeo original) evidencia con su sola presencia el  absurdo de la vida cotidiana. Aunque algo de eso, tremendamente dosificado, se cuela en las primeras imágenes de Howard. Un nuevo héroe, adaptación no sólo a la pantalla sino también a una determinada sensibilidad, público y estética cinematográfica (todos ellos elementos muy loables cuando no son enturbiados por la molesta sensación de estar supeditados a la rentabilidad del “producto”) del cómic de la mano de Willard Huyck bajo el padrinazgo de George Lucas como productor ejecutivo[2]. El film da comienzo, más que presentando a su protagonista, el mundo en el que vive que resulta muy similar en cuanto a funcionamiento al nuestro pero en el que todo lo que en aquí corre a cargo de los humanos ahora es, literalmente, una patochada. Pese al amablemente satírico inicio, la caricatura del hombre corriente termina repentinamente  cuando Howard es succionado, acompañado de su inseparable sofá en el que se derrumba para ver la tele cerveza en mano, por lo que después sabremos es un portal interdimensional que lo lleva a nuestro mundo en la actualidad, que en el momento de su estreno era 1986. O lo que es lo mismo en el mundo del cine americano: una jungla de neón, peinados imposibles y omnipresente música ochentera.

Si la absurda cotidianeidad que servía de estandarte al cómic en sus inicios se resquebraja con este salto de un planeta a otro, lo que sigue en la película opta por ensanchar la brecha tirando por el camino de en medio mostrando la adaptación de Howard a una vida que ya conoce por ser idéntica a la de su planeta pero que provoca una mínima sorpresa en los terrestres, y la fantasía más delirante que poco a poco se va adueñando de la función y acaba siendo lo poco que queda en la memoria del espectador adulto más allá de sus desaprovechadas posibilidades.
Todo ello, sobre el papel y tomando como máxima que una buena adaptación no implica una buena película o viceversa, es un buen punto de partida siempre que esté hecho con la garra y buen hacer que requiere un material de base tan prometedor como este, y no una manera de contentar a todo el espectro de público posible (empezando por el infantil que al crecer ha elevado la película al proceloso estatus de film de culto) y el contenido de sus bolsillos, que es lo que acaba por parecer.

Lo cotidiano, decíamos, viene en este caso entendido y marcado por la estética Hollywoodiense de los ochenta en su grado más depurado y reconocible, y se reduce a los cuatro clichés propios de la época (y no es que culpe a la década en sí, todas tienen sus estereotipos y al menos los de esta tienen su gracia) vaciados de toda motivación que no sea sustentar unas situaciones que se pretenden graciosas y la mayoría de las veces resultan involuntariamente risibles. Howard encuentra consuelo a su soledad y desamparo en un mundo extraño en Beverly (Lea Thompson, encarnando al único personaje del cómic junto con Howard que también aparece en la película) una joven cantante que lo acoge en su casa y acepta a su nuevo y palmípedo compañero de piso con una pasmosa rapidez.
Pero no se alarmen, porque el consuelo es puramente platónico; en una escena que parece abrir la puerta a una historia de amor de tintes zoofílicos resuelta con un casto beso, ejemplifica a las claras el que acaba siendo uno de los talones de Aquiles del guión de Howard. Un nuevo héroe: el plantear situaciones (o la película en su conjunto) resueltas de forma más que infantil, inofensiva, dando la sensación de que a cada planteamiento mínimamente interesante o transgresor que el desarrollo la trama, plagada de instantes con ese potencial, pueda ofrecer en su vertiente cotidiana (que a fin de cuentas es el suelo dramático sobre el que sustentar todo lo demás) se toma la salida más fácil propia de un manual de escritura de guión que no respeta la coherencia interna de un film que pide a gritos un libreto al que le falta la ácida pegada a la que podría aspirar y merecer pero que prefiere revolcarse en los lugares comunes de un cine en el que no acaba de encajar. Lo absurdo (que aquí se confunde con gracioso) de la idea  inicial se estira hasta deshacerse en un continuo de situaciones chistosas que a veces tienen gracia por su desfachatez para con el espectador pero hace difícil disfrutar algo más allá de ese algo tontorrón sentido del humor y menos aún empatizar con alguno de los personajes que pueblan la película, demasiado cinematográficos como para no necesitar una psicología de fondo que provoque la adhesión que tendrían por sí solos si fuesen realistas, y rematadamente planos a pesar de los esfuerzos de unos actores que parecen habérselo pasado como niños durante el rodaje del film, que pronto toma una dirección diferente a la de su origen tebeístico, más acorde con la inserción de elementos fantasiosos que por lo visto fueron apareciendo en el cómic con el paso del tiempo.

Así las cosas y vista la pobreza de la parte digamos “dramática”, resulta gratificante el esperanzador sentido de la fantasía que poco a poco se adueña de la película y que permite a sus responsables hacer del film un espectáculo que arrincona por completo cualquier otra intención que no sea distraer al respetable a base de elaborados fuegos de artificio. Pero pese a que comparativamente esta otra vertiente de la película es mejor en cuanto a resultados se refiere, por más libre y hacer de pegamento entre escenas que por su comentada falta de coherencia interna sólo pueden ser resueltas de la forma más peregrina, que la dramáticamente más interesante comentada algo más arriba, tampoco es para echar campanas al vuelo. El guión, que regurgita todos los giros argumentales y tonales que dio el personaje en los cómics, pone sobre la mesa la aventura de Howard en el mundo humano se ve pronto infestada de demonios de otra galaxia, peleas (a base de quak-fu…) y viajes a otras dimensiones que resultan más entretenidas que interesantes, estando los mayores esfuerzos de la película volcados en los efectos especiales que dan cuerpo a seres de otro mundo o al propio protagonista con resultados muy superiores a cualquier otro aspecto del film.

Desde el maquillaje de uno de los personajes, el interpretado por un divertidamente pasadísimo Jeffrey Jones, poseído por una maligna fuerza de naturaleza extraterrestre que hará su aparición mediante una desarmante pero sofisticada animación stop motion hasta el mismísimo Howard[3] que se convierte en un personaje más, y probablemente el más expresivo de todos ellos ya sean humanos o no ( y al que sólo puede reprochársele un brillante y un punto repulsivo pico naranja unos ojos azules que se pretenden realistas y cálidos pero a la postre resultan más bien inquietantes) es ahí donde el film da su pírrico puñetazo sobre la mesa. Menos mal, porque la presencia de Howard (en realidad un disfraz por el que pasaron hasta seis actores diferentes), más que conseguida y lo mejor de la película, es imprescindible cuando se trata de hacer creíble una situación que es la base de toda la película y que cuando comparte plano con seres humanos resulta todo lo verosímil que pueda pedirse convirtiendo en algo natural lo rematadamente absurdo de la premisa, haciéndola lo más (y casi lo único) divertido de un área del film que convive con la otra, mucho más exagerada y con sus cimientos en la más anárquica fantasía pura y dura.
Sobre el papel la combinación de ambos tonos es relativamente efectivo ya que pese a lo débil de la parte menos fantasiosa ambas se complementan bastante bien tapándose mutuamente sus numerosos defectos, pero es al verse en pantalla cuando se echa de menos otro elemento que hunde definitivamente la película en los discretos resultados finales que da como saldo: una atmósfera que dé unidad y sentido de la maravilla o de lo bizarro a una base escrita surrealista que una vez más se ve desaprovechada, esta vez  por una forma que no consigue hacerse eco de los cantos de sirena que se dan, con todas sus interrupciones, desde el guión.

Si en las escenas nocturnas, que son mayoría, el film se beneficia y más o menos se sostiene por la estética propia de la década a la que pertenece que le da una muy tenue personalidad (que en el fondo no es intencionada sino que responde a los parámetros ochenteros antes mencionados) concentrada sobretodo en la música y la iluminación, la cosa cae en picado cuando la acción tiene lugar en pleno día. La planificación tiene como constante la absoluta parquedad de todo lo que vaya más allá de desplegar los efectos especiales, aunque no le van a la zaga los demás elementos que podrían poner el pabellón cinematográfico de la película (aunque sólo sea un poco) más alto. La puesta en escena es tremendamente pobre pero tiene la ventaja de que en los momentos que la película pretende ser seria, resulta hilarante. Lo que desde luego no la hace mejor película (todo lo contrario) pero sí una experiencia más ligera de lo que podría ser y acaba siendo en las escenas de acción que es donde Howard. Un nuevo héroe revela todas sus carencias simultáneamente.
Cuando escenas como una persecución en ala delta se hacen interminables y el espectador acaba dándose cuenta de que no sólo es por la falta de ritmo de la secuencia sino porque ha llegado un punto en el que le da igual la suerte que puedan correr los protagonistas, el que la película haga aguas es inexcusable por parecer más fruto de la pereza que de escasez de recursos. La falta de emocionalidad de un guión castrado y sin dobleces reducido a un chiste, combinada con la poca pericia de Huyck como capitán de la irreductible cáscara de nuez en medio de una tormenta de posibles que acaba siendo el film provoca en sus peores momentos el aburrimiento y en los mejores la risa condescendiente ante lo psicotrónico del film que toca techo en sus momentos más presuntamente trascendentales.

Viendo Howard. Un nuevo héroe uno no puede dejar de pensar que habría sido de tan suculento material (¿Por qué no se hacen remakes de películas tan mejorables como esta y se deja en paz a las que difícilmente pueden superarse?) en manos de gente como Terry Gilliam o el Tim Burton de la década de los noventa, que sin duda habrían pergeñado un film igualmente rupturista con su modelo original en papel, pero con  irreverente oro puro cinematográfico como resultado. Todo lo que esta frustrante película desgraciadamente y pese a la simpatía que pueda despertar no logra ser, quedándose en pura pólvora mojada que promete mucho más que lo que acaba ofreciendo. Una lástima.

Título: Howard the duck. Dirección: Willard Huyck. Guión: Willard Huyck y Gloria Katz basándose en los personajes creados por Steve Gerber en el comic Howard The Duck propiedad de Marvel Comics. Producción: Gloria Katz y Robert Latham Brown. Fotografía: Richard H. Kline. Montaje: Michael Chandler. Música: John Barry. Año: 1986.
Intérpretes: Ed Gale, Tim Rose, Steve Sleap, Peter Baird, Mary Wells, Lisa Sturz y Jordan Prentice (Howard), Chip Zien (voz de Howard), Lea Thompson (Beverly), Jeffrey Jones (Dr. Walter Jennings), Tim Robbins (Phil Blumburtt).


[1] Howard The Duck, o Howard el Pato a partir de aquí apareció por primera vez bajo el techo de la Marvel Comics en el número 19 del cómic Adventure into fear, protagonizado por La cosa y con Howard como personaje secundario, posición que repetiría antes de ganarse su propio cómic, el primer Howard The Duck fechado en 1976 siempre con Steven Berger como guionista y alma Mater del proyecto que iba siendo ilustrado por diferentes dibujantes. Berger veía al personaje como a alguien tan vulnerable física y emocionalmente como cualquier ser humano centrándose, pese a algunas tramas que parodiaban los lugares comunes del cine y el cómic fantaterrorífico, en ese aspecto y en el resultado de integrar a alguien que es físicamente un pato pero se comporta como un americano medio en un entorno puramente costumbrista. El cómic pasó por varias etapas, algunas de ellas muy polémicas en lo que a derechos de propiedad intelectual se refiere, en color y en blanco y negro, variando y engrosando una mitología en principio ausente pero que explicaba los orígenes extraterrestres de Howard, tal y como recoge la película, y lo enfrentaba a más y más criaturas ajenas a la vida terrestre para desagrado de su creador original… que según se dice no quedó demasiado satisfecho con la adaptación cinematográfica de su preciada creación.
[2] Lucas vio posibilidades a un proyecto basado en el cómic tras rodar American Grafitti , escrita y producida por Willard Huyck y Gloria Katz que acabarían dirigiendo, escribiendo y produciendo la adaptación. Inicialmente se pensó en llevarla a la pantalla como película de animación, pero una cláusula contractual con los distribuidores que obligaba a Lucas a estrenar una película de acción real que contase con su participación lo inclinó a rodarla mediante los efectos especiales que su empresa Light and Magic pudiese proveer. El guión tomó como base el cómic Duckworld en el que tenía lugar en el planeta natal de Howard tal y como se ve en la película, rebajando hasta desterrarlos los elementos más costumbristas de la trama y suavizando el carácter del personaje para hacerlo más agradable a ojos del público. Un rodaje accidentado debido a la dificultad de lograr un nivel aceptable de credibilidad con los efectos especiales fue el primero de una serie de problemas organizativos que se esgrimieron como posible causa al relativo fracaso en taquilla (recaudó alrededor de un millón más de lo que costó) de la película y la mala acogida por parte de la crítica, además de acabar en el siempre involuntariamente disputado podium de las peores películas de la historia del cine.
[3] Su aspecto presuntamente angelical remite de forma bastante evidente al del Pato Donald. No por casualidad Marvel Comics tuvo un litigio con Walt Disney Company (curiosamente ahora propietaria de Marvel) por el plausible parecido existente entre el segundo de a bordo después de Mickey Mouse en la cartera animada de la todopoderosa compañía y el Pato Howard. A modo de solución, los dibujantes embutieron a Howard en unos pantalones cortos que lo diferenciaban de la más despreocupada vestimenta de Donald y incluyeron una trama en uno de los números de Howard the Duck en que el pato protagonista tenía un problema con una asociación en pro de la decencia que reprobaba su costumbre de pasearse en cueros (o plumas) por la calle… y en el que se solucionaba el problema de idéntica forma.

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