martes, 1 de enero de 2013

2013: RESCATE EN L.A.


Un terremoto agrieta la superficie de los EEUU y separa la ciudad de Los Angeles del resto del continente, aislando a su población del resto de los Norteamericanos. Poco antes, un predicador ultraconservador tiene una epifanía en la que tal suceso tenía lugar, como así se lo hizo saber a su entonces pequeño electorado que crece como la espuma cuando la casualidad le da, a ojos de una América temerosa de Dios, la razón. No contento con alcanzar el poder que otorga el vivir en la Casa Blanca, el nuevo Presidente instaura una teocracia que condena a la deportación a todo aquel que se niegue a seguir o sea incapaz de cumplir por naturaleza los preceptos de la rebautizada como “Nueva América Moral”: no está permitido el sexo previo al matrimonio, no se permite fumar ni comer carne roja. La prostitución, el ateísmo, la homosexualidad o cualquier otro culto religioso que no sea el oficial son ahora, al igual que las prohibiciones mencionadas, penados con igual dureza que el robo, el asesinato o el terrorismo: la deportación de por vida a la nueva isla prisión de Los Angeles en la que sólo existe una regla impuesta desde el exterior a unos habitantes que se reorganizan asocialmente en el interior a punta de pistola: el que entra, no sale.
Han pasado quince años desde que Plissken “el Serpiente”, interpretado lacónicamente por Kurt Russell en una de sus más míticas composiciones, se vio obligado a rescatar so pena de muerte al entonces, 1997, Presidente de los Estados Unidos de América de la isla prisión en que había sido transformada Manhattan, ciudad en la que tenía lugar la sombría epopeya relatada en 1997: Rescate en Nueva York[1].

Muchas cosas han pasado en esos quince años que igualmente separan la producción de ambas películas de 1981 y 1996, respectivamente. Entre otras y en nuestra parcela de la realidad la aparición de la llamada “corrección política” que todo lo blanquea y ablanda en sus formas para que su fondo permanezca igual creando un nuevo lobo con piel de cordero aparentemente más inofensivo que promete tranquilidad y salud pero del que es mucho más difícil discernir las intenciones y las consecuencias derivadas de estas bajo su recatada pátina de buenos modales. En la ficción, la oscura América retratada cínicamente en la primera entrega de las aventuras de Serpiente Plissken ha sido sustituida por una dictadura evangelista que contiene en su seno el más rancio de los fascismos ultraconservadores llevado con mano dura por un integrismo que se ve a sí mismo como la última salvación de un mundo condenado. Resulta curioso el que justo cuando una de las codas de esa corrección política a la que antes se referencia es precisamente la muy supuesta desideologización a golpe de tecnocracia de la que en parte ahora sufrimos las consecuencias es cuando Carpenter parece sentirse obligado a decir lo que subyacía bajo las imágenes de sus películas en voz alta, a poner el discurso en un primerísimo plano cuando hasta entonces formaba parte indivisible de la película más como una atmósfera pesimista y la lacónica actitud de sus personajes a caballo entre lo contestatario y lo resignado que de una manera tan obvia de expresarlo como en una de sus anteriores películas, la magnífica y casi visionaria visto lo visto Están vivos[2] y esta que nos ocupa 2013: Rescate en L.A.

Sea a ojos de su realizador y alma Mater del proyecto, el fumador empedernido en tiempos de salud a ultranza John Carpenter, un deformado y bufonesco reflejo de la realidad que acaecía en el 1996 en que tenía lugar la producción y estreno de 2013: Rescate en L.A. o no, lo cierto es que el cambio de escenario y algunas cosas más que se intentarán desgranar más adelante no es óbice para que la historia que tiene lugar en ambas películas sea en líneas generales prácticamente idéntica aunque su plasmación en pantalla sea considerablemente diferente y revelador.
2013: Rescate en L.A. narra la cuenta atrás a la que Plissken es nuevamente sometido por las autoridades para llevar a cabo una misión suicida muy similar a la que tuvo que llevar a cabo en la ciudad que nunca duerme. Deberá entrar en la nueva y peligrosa Los Angeles y localizar a la repipi hija tránsfuga del Presidente llamada, ironías de la vida, Utopía. En su poder está el arma definitiva con la que los EEUU se defenderán de los ataques de otras potencias emergentes que reclaman su parte del pastel soberano: un pequeño cd que contiene un código capaz de desmantelar vía satélite cualquier mecanismo que requiera de un mínimo de energía eléctrica, inutilizándolo por completo, con una concreción tal que es capaz de colapsar tanto un taxi que circule por una calle cualquiera como un país entero. Pero Utopía, rechazando al fanático de su padre, ha caído en brazos del que se diría su perfecta Némesis pero que acaba revelándose idéntico a su enemigo: Cuervo Jones, terrorista y líder liberador de los oprimidos de la ciudad de Los Angeles se ha hecho con el corazón de la chica y de propina, o a la inversa, con el dichoso artilugio que deviene pura excusa argumental para armar toda la película a su alrededor.

No sólo el argumento recuerda poderosamente al del film primigenio, Carpenter se esmera en repetir escena tras escena variando hasta que parezcan distintas pero no tanto como para no tener la sensación de estar presenciando una imitación de las que componían 1997: Rescate en Nueva York.  Donde antes era un aeroplano el que metía a Plissken en la boca del lobo, ahora es un submarino, el amable taxista interpretado por Ernest Borgnine que guiaba al taciturno antiheroe por la ciudad de Nueva York ha sido sustituido por un pícaro guía turístico no muy de fiar tras los avispados ojos saltones de Steve Buscemi, la pelea al más puro estilo de circo romano de la primera entrega tiene ahora su reflejo en una cancha de baloncesto en la que no encestar implica ser ejecutado y cuyo alarde por parte del no en vano productor ejecutivo además de actor Kurt Russell sirve a modo de muestra de los aires de divertimento privado de la película para sus responsables[3], se repiten las situaciones y hasta algunas frases de diálogo con lo que podríamos decir que el molde estructural sigue siendo el mismo para un mundo diferente. O en nihilistas palabras del propio Plissken que “Cuánto más cambian las cosas más siguen igual” y que probablemente lo que servía en el pasado, al igual que Plissken fue usado en su día por sus superiores para sacar al Presidente del atolladero en Nueva York, sirve igualmente en la actualidad. Y esa es una máxima que recoge tanto John Carpenter como su alter ego en la ficción Serpiente Plissken que se presenta ante nuestros ojos como una reliquia del pasado, un hombre entero pero ajado, misterioso, taciturno, fumador y en apariencia algo talludito para según que trotes que es tratado como lo que acaba siendo en la película: alguien definido como “retro”, con la misma chaqueta de cuero que llevaba en la primera entrega (y que con el aspecto que tiene muy bien podría ser la misma chaqueta de cuero) y que ya no pertenece a un mundo en el que nada tiene sentido porque encajaba mucho mejor en el planteado en la primera película pese a mantenerse siempre al margen de la sociedad. 

Así, si 1997: Rescate en Nueva York bebía de las fuentes del western para aricular a un personaje taciturno y quintaesencia del solitario tipo duro, en 2013: Rescate en L.A. la fuente de inspiración es la primera aventura de Plissken reconvertida con el paso del tiempo en un mito contracultural para una nueva América que ve como ilusos o trasnochados los valores que lo impulsaban. Y es en esa distancia autoasumida por el realizador y el personaje la que lleva 2013: Rescate en L.A. más allá de la cita nostálgica a un estilo de vida supuestamente perdido, que también, y lo eleva a un humanista ajuste de cuentas con un mundo que parece haber perdido el norte, a través de un personaje al que se daba por acabado o domado pero que demuestra la validez de su manera de ver las cosas y su irreverencia al más puro estilo americano en una figura tan propia de la cultura de ese país como es la del rebelde o el Maverick.

Pero hay más y otras maneras de ver esa estrategia llevada a cabo con una encomiable ligereza y falta de pretensiones: si como otros elementos de la película la famosa y triste tonadilla compuesta por el propio Carpenter para su primer film con Serpiente como protagonista se repite sobre el papel en forma de idéntica partitura, la instrumentación que merece en esta ocasión da como resultado una música muy distinta que se acoge a los mismos parámetros que el resto de 2013: Rescate en L.A.. A un nivel formal la película difiere mucho de su original, los colores sombríos han sido sustituidos por otros mucho más chillones, el tono que da no sólo el ritmo del montaje sino de la importancia dramática que se le da a lo que pasa en el film es muy ligero y dinámico en contrapartida a la lasitud nada afectada de la primera entrega. 2013: Rescate en L.A.  es una película mucho menos dramática y tensa, muchísimo más humorística hasta la sátira y una autoparodia (algo que siempre es sospechoso de tapar la incompetencia a base de reírse de uno mismo) que puede llegar a contrariar, que su modelo. Y también mucho más inverosímil llegando hasta límites en los que es imposible tomarse en serio lo que está pasando en la pantalla o la suerte que puedan correr los personajes que pululan por ella, dinamitada por una exageradísima y rimbombante banda sonora en los instantes presuntamente más dramáticos que sólo hacen ver lo ridículo de la situación. Lo que sustenta el interés, amén de un Carpenter algo amilanado en sus capacidades como creador de atmósferas pero capaz de ser tremendamente ágil como narrador sin salidas de tono formales más allá de unos cutrísimos efectos especiales y unos fondos digitales de cartón piedra, es su perspectiva moral, pilar indispensable de la sátira que orquesta todo el film que pese a ingresar en el género de acción, del que parece cachondearse constantemente, lo hace desde una óptica pasada de moda hasta lo kitsch pero también por eso una óptica resistente, bastante hortera eso sí, a las tibias formas de la moralidad imperante. Y todo lo anterior a través de un personaje que representa un estilo de vida aparentemente domado y ya fuera de lugar, pero que demostrará que aún puede dar su última y definitiva batalla.

Carpenter organiza, bajo los ropajes del film de acción de convencional desarrollo que nunca deja de ser la película, su ácida visión de las cosas  de un fuego cruzado entre dos mundos que se retroalimentan: por un lado están las autoridades Norteamericanas, representadas por hombres y andróginas mujeres de raza blanca sin excepciones en instalaciones asépticas de tonos apagados y azulados y que sólo parecen cumplir órdenes del Presidente (que a su vez cumple órdenes de Dios) sin cuestionarlas hasta bien entrada la película. Al otro lado del nuevo y pequeño charco creado por el seísmo, se encuentra toda aquella variedad racial y presumiblemente cultural que ha sido expulsada de suelo Norteamericano en colores mucho más vivos y filosofías de vida, como no puede ser de otro modo en un mundo en el que uno puede caer muerto en cuestión de segundos, mucho más vitalistas. Pese a lo anterior, Carpenter destierra todo posible romanticismo sobre la vida salvaje de un territorio, el de la ciudad de Los Angeles, de un plumazo que revela el nihilismo general de la película. Los Angeles es quizás un lugar más libre que el que manda y dispone al otro lado de su militarizada frontera, pero también un lugar muy peligroso en el que la ley del más fuerte es la que se aplica por encima de cualquier justicia.
Y el más fuerte es Cuervo Jones, hombre de apariencia estudiadamente similar a la del Che Guevara como ejemplo y símbolo de determinados líderes de América Latina que aprovechan la leyenda del Che para revestir de aromas libertarios lo que no es más que todo lo contrario. Como se ve, este es un juego de estereotipos tremendamente ideologeizado de los que la figura de Plissken no es ni mucho menos una excepción, con pocos o ningún matiz que presenta dos frentes de Poder y entremedias muy divertidos episodios que ofrecen una parodia de lo que ha sido de América para alguien de la generación contracultural por excelencia como es la de los sesenta y que es también la  de Carpenter: en este aspecto la trama o la misión de Plissken que la impulsa parece ser lo de menos, sólo parecen importar las secuencias en las que se pone en picota algunos de los lugares comunes en principio americanos pero yendo un poco más allá, extensibles a otras partes del planeta.

Y aquí el film se pone las botas, desde un surfista trasnochado[4] (interpretado no por casualidad por un ícono del cine contracultural como es Peter Fonda) que aguarda como agua de mayo un tsunami que le dará la Gran Ola sobre la que podrá surfear (¡!) hasta un grupúsculo de mutantes que moran por Beverly Hills y que ven como su cuerpo se diluye debido a la ingente cirugía plástica que se inflingieron antes de ser deportados a Los Angeles y que secuestran transeúntes para transplantarse sus órganos y tejidos frescos y así poder sobrevivir[5], 2013: Rescate en L.A. sobrevive a su vez entre escenas de acción resueltas de la manera más peregrinamente imaginable. Como si no importaran o una vez planteadas el resolverlas sin atentar contra la verosimilitud en lo posible suponga demasiado esfuerzo o demasiado tiempo de metraje como para preocuparse por ello. Y es en su absoluto descaro, al igual que ocurre con la frontalidad de su sátira tan lúcida como obvia que acaba siendo lo único importante, donde entra en juego un sentido del humor que consigue pasar por alto todo lo demás mientras dura la película hasta su conclusión, donde se revela una dimensión humanista por fortuna nada aleccionadora que latía bajo el cachondeo que vertebra todo el film.

Ante el imposible dilema moral y vital de tener que elegir entre dos formas de ver el mundo idénticas en su fondo bajo discursos distintos que han sido puestos en ridículo durante toda la película, Plissken y Carpenter toman el camino de en medio. Llegados a este punto, el director logra alcanzar en la ficción la soñada e igualitaria tabula rasa que los de su generación siempre anhelaron sin conseguirla. Es el puñetazo último que valida una forma de ver el mundo que también ve el final de este, el Apocalipsis, como la única salida sensata a una humanidad que ha perdido el norte en nombre de sus ideas y ha descuidado sus cinco sentidos y el placer de vivir. Ante los habituales futuros asépticos de la mayoría de distopias cinematográficas, Carpenter propone la visión de un nuevo mundo pagano listo para volver a empezar con la raza humana por delante de todo lo demás. Un inesperado canto a la esperanza con los pies en el suelo en una filmografía habituada a los finales apocalípticos pero pocas veces tan bien aprovechados como en una película que más que explicar una historia parece una resistente y liberadoramente divertida  declaración de principios que a cada día que pasa parecen cada vez más lejos de ser caducos.

Título: Escape from L.A. Dirección: John Carpenter. Guión: John Carpenter, Debra Hill y Kurt Russell. Producción: Debra Hill y Kurt Russell. Fotografía: Gary B. Kibbe. Diseño de producción: Lawrence G. Paull. Montaje: Edward A. Warschilka Jr. Música: John Carpenter y Shirley Walker. Año: 1996.
Intérpretes: Kurt Russell (Serpiente Plissken), George Corraface (Cuervo Jones), Cliff Robertson (Presidente de los Estados Unidos), Stacy Keach (Malloy), Steve Buscemi (Eddie), Pam Grier (Hershie), Peter Fonda (Surfista).



[1] Comentada en este mismo blog a finales del mes de agosto de 2012.

[2] Film de 1988 que narra las desventuras de un trabajador de la construcción en el paro que descubre una inquietante realidad, vivimos sometidos por una raza extraterrestre que se ha infiltrado en las altas esferas del poder sometiendo a la raza humana que ha sido relegada a mera mano de obra inconscientemente esclavizada por un estilo de vida artificial y prefabricado para que los humanos nos peleemos entre nosotros por objetivos tan absurdos y cotidianos como dejar morir a alguien en la calle para poder comprarnos un coche con el dinero que podría salvarle la vida. Afortunadamente poco aleccionadora y muy ligera de pretensiones, esta sólida película se aproximaba más a nuestro mundo que la que nos ocupa en esta entrada al no reducir el juego al panorama socio político, o la ideología que pueda haber detrás, sino incluir en la ecuación factores socio-económicos, mucho más acorde con lo que hay aquí y ahora pese a lo ya algo lejano de la producción del film (aunque la era Reagan tiene bastante en común con la nuestra a un nivel casi mundial) y a no tener que ver con la calidad o la preferencia que uno pueda tener por una o por otra.

[3] Para que se hagan una idea, John Carpenter asegura con su habitual laconismo y parquedad en palabras que si desenterró al más representativo de sus antihéroes fue porque Kurt Russell se lo pidió. Y la escena del imposible partido de baloncesto responde a otra petición hecha por el actor, aficionado a dicho deporte.

[4] Cuyo uso de la tabla de surf en un entorno al borde del Apocalipsis recuerda poderosamente al del último astronauta superviviente de la opera prima del director Dark Star, que acaba surfeando a lomos de un monolito a imagen y semejanza del de 2001: Odisea en el espacio de Stanley Kubrick.

[5] Y que están capitaneados por un irreconocible tras el maquillaje Bruce Campbell, el Ash de la trilogía de Evil Dead (o Posesión infernal, como se la conoció por estos lares) y actor fetiche de Sam Raimi durante toda su filmografía. A su lado y en otros instantes de la película también aparecen Pam Grier (estrella de Foxie Brown y otros films blaxplotation) que al poco tiempo sería recuperada por Quentin Tarantino para protagonizar Jackie Brown, el mentado Peter Fonda y Steve Buscemi, componiendo un curioso star system para una película de un presupuesto considerable pese a sus apariencias: 50 millones de dólares aproximadamente.

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