martes, 25 de diciembre de 2012

GREMLINS



Que no le dé la luz. Sobretodo la del sol, le mataría. Que esté lejos del agua, que no se moje. Pero lo más importante, lo que nunca debe olvidar es que por mucho que llore, por mucho que suplique, nunca, nunca debe comer después de medianoche.
Tres normas. Tres sencillas reglas que se rompen una detrás de otra de forma primero accidental y luego voluntariosamente en la película de Joe Dante Gremlins que da comienzo en un bazar chino en el que un inventor de artilugios absurdos que nunca funcionan como deberían compra un regalo de navidad para su hijo Billy: un mogway, una especie de peluche viviente a modo de bondadosa mascota, de orejas enormes y ojos que parecen hechos para meterse a los que lo rodean en el bolsillo a la primera caída y que responde al nombre de Gizmo.
Pero su amigable presencia requiere unos determinados cuidados en forma de las prohibiciones mencionadas más arriba, de desconocidas consecuencias en caso de ser transgredidas y que son expuestas de viva voz en el film sin que veamos como se pronuncian. Sólo la imagen del inventor despidiéndose mientras oímos las enigmáticas instrucciones de las que más tarde entenderemos el porqué. Así las cosas y puestas sobre la mesa en forma de una narración que empieza hablada sobre imágenes como si todo lo que se va a ver a continuación sea cosa del pasado, Gremlins se presenta como un cuento cinematográfico y como en todo cuento con la responsabilidad como moraleja final, con una marcada estructura.

Existen unas normas, tres en este caso, que prefiguran un Orden y que no deben ser perturbadas. De ser así, y así es como siempre es, el Caos tomará las riendas y deberá ser destruido para que el Orden sea reestablecido por unos guardianes más sabios y responsables por la (mala) experiencia. Evidentemente y siendo un cuento moral, el Orden será además el Bien, y el Caos el Mal pero el film de Dante, que conserva esa estructura, dinamita hasta cierto grado el punto de vista habitual sobre lo que en ella ocurre.
El Orden de Gremlins toma forma en una apacible comunidad en la que tiene lugar la batalla entre el Bien y el Mal poco antes de Navidad aunque esta ya esté haciendo acto de presencia: calcetines colgando de las repisas de las chimeneas, gorros de Papá Noel, abetos engalanados con pequeñas lucecitas, un manto de nieve cubriendo todas las casas y los jardincitos bien delimitados por verjas blancas que las rodean... y otro cuento moral y navideño en los televisores con la inevitable película de Frank Capra Qué bello es vivir, que plantea muy hasta cierto punto la visión optimista y apegada al estilo de vida americano la ciudad en la que Gremlins tiene lugar.  Pero tan angelical ambiente no es mostrado de manera recargada ni sensiblera. Dante se muestra respetuoso con la buena voluntad de la gente que vive en la localidad y el costumbrismo made in USA le gana el pulso al estereotipo más rampante, con el apoyo de unos actores que podrían pasar por peatones cualquieras de una ciudad al azar sin llamar demasiado la atención. Ni su físico ni su manera de recogerlo en imágenes por parte de Dante parecen responder a la parodia resentida. Ni siquiera la guapísima Phoebe Cates logra romper la unidad de cotidianeidad que se ve en la película. La inofensiva tranquilidad de ese tramo del film muestra un Orden que sólo se percibe cuando empieza a hacer aguas y se confronta a la primera ruptura de las normas.
Un vaso de agua que se derrama accidentalmente sobre Gizmo es el primero de una serie de instantes inquietantes que sin prisa pero sin pausa se van acumulando hasta reventar la paz que se respira en ese primer bloque de la película. La magia blanca que hace creíble la presencia de Gizmo en un ambiente como el que muestra Gremlins se empieza a oscurecer, la malicia empieza a alzar su fea cabeza y las monerías del mogway, que debido al chapuzón se ha multiplicado en unos cuantos mogways más bastante más traviesos hasta la mala intención que el original, se enfrentan a un tono más sombrío que empieza a anegar la película distanciándose de la película familiar que sin dejar de ser hasta cierto punto, lo es menos a cada minuto que pasa.

Es en el paso de un bloque a otro cuando la segunda norma se viene abajo y esta vez y significativamente por pura voluntad de los nuevos mogways, cuando la película juega sus cartas con una inesperada violencia: la transgresión de la norma que prohíbe a las peludas criaturas alimentarse después de medianoche (una de las reglas más absurdas e imposibles que uno pueda imaginar) trae consigo un asesinato a modo de venganza, la madre de Billy, hasta hace no demasiado una mujer encantadora, demuestra una sangre fría y un instinto de supervivencia dignos de un asustado aplauso que aún y así se quedan cortos al enfrentarse con los gremlins, seres lampiños y malvados fruto del descuido de los cuidadores humanos para con los mogways y sus particulares normas y que en un momento sorprendentemente atrevido intentan estrangular entre carcajadas a la mujer que unas pocas escenas antes les hacía carantoñas y les daba de comer. El conseguido impacto que da el cambio de tono de la comedia ligera con toques fantásticos del principio al cine de terror puro y duro de este tramo del film logra además una tensión considerable al sugerir la presencia maligna de los gremlins, capitaneados por su líder Stripe que se diferencia de los demás por llevar un mechón de pelo blanco a modo de cresta, sin mostrarlos hasta prácticamente los tres cuatros de hora de la película y de paso marca unas bases morales sobre donde está el bien y el mal que el resto del film se encargará perversamente de torpedear en el tramo más memorable de Gremlins, que ya desde su título denota quienes son aquí los auténticos protagonistas de la película.

Si el tono del film al principio sigue los pasos de una criatura bondadosa con idénticas intenciones a las del mogway, y la parte más terrorífica se funda en la seria agresividad[1] de los monstruitos, no es de extrañar que el tono de un último tumbo acorde con la filosofía de vida de los anarquistas gremlins. Una vez el cotidiano entorno ha saltado por los aires en aras de una amenaza imprevisible y los gremlins toman la ciudad y empiezan a aterrorizar a sus desprevenidos habitantes, aparece un desopilante sentido del humor y un contagiosísimo espíritu festivo que anuncia la llegada del Caos. 
Pocas risas, por no decir ninguna en la historia del cine, han conseguido desmontar las defensas del espectador de manera tan fulminante como la de los histéricos y viciosos gremlins mientras llevan a cabo una divertidísima y desenfrenada destrucción que baja el calibre de la violencia de escenas anteriores para poder ser disfrutable pero sin llegar a perder del todo la perspectiva. El film vuelve a los cauces algo más infantiles de su inicio al hacer de su agresividad algo más inofensivo de lo que se mostraba escenas antes, pero también da el puñetazo sobre la mesa con el que Gremlins se reafirma como película.
Una de las grandes virtudes del film de Dante es que el Caos se presenta efectivamente como el Mal que además revela algunos agujeros de hipocresía en un pueblo que parecía casi perfecto pero, gracias a los gags sembrados por toda la película y muy especialmente a la contagiosísima risa de los malvados gremlins, su visión resulta mucho más disfrutable que la del Orden que se está desmoronando. Y más aún, uno de los motivos de ese disfrute es precisamente porque ese regodeo en el Caos se presenta como una transgresión a las normas que hasta hace no mucho regían el mundo de la película, ya sea en lo que atañe al mogway o a la propia ciudad que encima está en una temporada que presume tanto de mostrar el cariño y el afecto fraternal como la navidad, permitiéndonos como espectadores el ponernos en el lugar de los gremlins rebajando el moralismo de la historia, pervirtiéndolo sin llegar a extinguirlo nunca. Lo que no significa que esa moraleja no sea defendida en escenas en las que se demuestra que el desenfreno de los gamberros duendes puede llegar a ser muy peligroso, sensación bien apuntalada en esa sensación de agradable humanidad que desprende la primera mitad del film y que nos hace sufrir por el destino de los personajes cuando las cosas, como ocurre en la batalla final, pasan de castaño a oscuro. La maldad no se disculpa, pero sí se muestra inteligentemente como algo atractivo cuando se limita a romper las normas y la sangre que a veces se derrama no llega al río, y la diversión y la moral se perciben como dos elementos que se retroalimentan[2] pese a que el primero a veces gana por goleada al segundo.

Pese a este sorprendente y conseguidísimo giro, es en una escena ajena por completo a los gremlins cuando la película da su más punzante y desoladora escena: aquella en la que Kate, inminente chica del protagonista, revela a Billy el motivo de su rechazo a la Navidad y a todo lo que pueda recordársela. Es un monólogo que evita todo sentimentalismo y cuyo punto final finiquita, por si el resto de la escena no lo había dejado claro, la equívoca relación que Gremlins puede tener con el espectador más infantil[3]: el paso a la vida adulta a golpe de trauma que la chica resume con “Así descubrí que no existe Papá Noel”.

Es este momento con el que Joe Dante y su película consiguen plantar cara al cine familiar que uno de los productores de Gremlins había conseguido popularizar con tan buenos resultados como para marcar a una generación de espectadores: Steven Spielberg y su mítica productora, que es también la de Gremlins, Amblin[4], de la que la película que nos ocupa integra algunas de sus más reconocibles características mientras consigue llevar otras a un territorio más particular. Tanto la planificación como la puesta en escena de Gremlins resultan un competente envoltorio al libreto firmado por Chris Columbus sin alcanzar nunca nada destacable a excepción del gran mérito que es conseguir mezclar la variedad de géneros que componen la película sin que nunca de la sensación de irregularidad o se perciban como salidas de tono. No es ajeno a lo redondo del resultado a la creación de una atmósfera que nunca parece acabar de decidirse por ninguno de los géneros que cohabitan en ella pero que finalmente consigue aglutinarlos todos sin que la transición entre humor, terror y otra vez humor chirríe en ningún momento. La admirable unidad que tan fácilmente podría haberse roto debe mucho a la buena labor del guionista Columbus para que el film se desarrolle en sus propios términos sin casi nunca tener que echar mano de lugares comunes para seguir adelante. Columbus pelea la evolución de la historia sin explicar, ni intentarlo, el origen de los mogways y luego los gremlins, ciñéndose a las tres normas de cuidado de las criaturas y los efectos que se producen de esa ruptura sin nada más que pueda distraer la atención o lanzar cabos que luego no puedan atarse ni siquiera de manera chapucera. 
Eso y su sentido del humor, otorga a Gremlins un sabor muy especial del que la labor de Joe Dante es piedra angular. Sin el buen trabajo de este, el divertido salvajismo de los gremlins no funcionaría, no tendría gracia, por lo que el elemento transgresor de la película, que la hace aún más divertida, no tendría ninguna eficacia. 
Además de esa socarronería habitual en el cine del realizador de Piraña o Aullidos, aparecen sus habituales referencias a clásicos del cine de terror y ciencia ficción barata y cara[5], el humor absurdo y negro a veces en forma muy similar a la violencia propia de los dibujos animados con los gremlins derribándose los unos a los otros a base de mazazos sólo para divertirse tumbando a sus tocayos, o la presencia de algunos de sus actores recurrentes en su cine como el habitual Dick Miller, que no consiguen eclipsar, ni ellos ni nadie, a las auténticas estrellas de la película.

Los brillantes efectos especiales de Chris Wallas consiguen dotar de una vida tanto a los mogways como a los gremlins sin la cual esta sería una película estéril.
Ellos son los verdaderos protagonistas del film y el motor no sólo del sentido del humor de la película sino también del tono cambiante de Gremlins, con momentos tan míticos como la sesión de cine de Blancanieves y los siete enanitos de Walt Disney (eso sí que es un sentido homenaje en toda regla además de revelar lo infantil de la gamberra actitud de las criaturas y de nosotros, el público que se divierte con ellas) que jamás tuvo un público tan entregado o la monumental juerga alcohólica que los gremlins montan en la taberna del lugar que nunca tuvo unos parroquianos tan indulgentes con sus vicios y tan tiránicos con sus camareras. Son sólo algunos momentos de una película cuya trama es un auténtico collar de perlas tan válidas cada una por separado como juntas en su totalidad, y a las que en su análisis pueden influir tanto sus virtudes que aguantan todas el paso del tiempo como la inevitable nostalgia de los que la vimos cuando hacía mucho que éramos niños y aún nos quedaba para adolescentes. Ahora, como adultos, seguimos sintiendo un agradable escalofrío cuando oímos las palabras que cierran este cuento sin ver, una vez más, como se pronuncian y que nos advierten que si las cosas en casa dejan de funcionar encendamos todas las luces y comprobemos puertas y ventanas, mientras un anciano chino se pierde en un horizonte nevado y la maravillosa banda sonora de Jerry Goldsmith, sin la cuál esta película difícilmente podría ser la misma, rompe a andar juguetonamente.

Que tengan una feliz Navidad.

Título: Gremlins. Dirección: Joe Dante. Guión: Chris Columbus. Producción: Michael Finnell, Kathleen Kennedy, Frank Marshall y Steven Spielberg. Fotografía: John Hora. Montaje: Tina Hirsch. Música: Jerry Goldsmith. Año: 1984.
Intérpretes: Zach Galligan (Billy Peltzer), Phoebe Cates (Kate), Hoyt Axton (Randall Peltzer), Francis Lee McKein (Lynn Peltzer), Dick Miller (Murray Futterman), Keye Luke (Señor Wing).



[1] Menor, pese a todo, a la que se pretendía en las primeras versiones del guión en las que Gizmo era el primero en convertirse en maléfico gremlin y no contento con ello, Dante y el guionista Chris Columbus lo hacían responsable del asesinato de la madre de Billy, que se encontraba con su cadáver al llegar a casa esa noche. Sea por lo motivos que sea, los que éramos poco más que niños cuando tuvimos la suerte de ver esta película agradecemos que nos ahorraran el trauma de tener que contemplar todo lo anterior.

[2] Algo que no ocurriría en la secuela Gremlins 2: la nueva generación, que llegaría seis años más tarde. Despojada por completo de elementos terroríficos y con las tres normas reducidas a una mera excusa, cuando no a diana de un sentido del humor autoparódico que las reduce a puro trámite, la segunda película protagonizada por los gremlins es una comedia pura y dura, sin más intencionalidad que atiborrar la pantalla de gags a cada cual más divertido. La acción en esta ocasión tenía lugar en Nueva York en un enorme rascacielos propiedad del atontolinado magnate de las telecomunicaciones Donald Clamp (trasunto de el muchimillonario Donald Trump) en el que los gremlins, esta vez de aspecto más variopinto se dedican a pegarse la juerga del siglo mientras esperen que en el exterior caiga la noche para hacer su primera visita a la Gran Manzana. Por el camino, Gremlins 2 traslada su humor muy próximo al propio de los dibujos animados de la Warner que produce esta película a un laboratorio llevado con mano férrea por Christopher Lee en el que los gremlins sufrirán mutaciones a cuál más absurda y bien aprovechada con fines cómicos. Pese a los muy buenos resultados, resulta algo inferior a su original pero superior a su corta pero intensa tercera parte. Si quieren disfrutar de esta baratísima pero descaradamente divertida coda al díptico dirigido por Joe Dante pueden verla aquí: http://www.youtube.com/watch?v=Z6uj4EMZFjc  .No les llevará mucho tiempo. Además de la secuela oficial y la desarmante coda llevada a cabo por los chicos de Muchachada nui, Gremlins provocó una catarata de imitaciones como Ghoulies, Munchies o las más afmada de todas ellas: Critters muchas de las cuales tuvieron a su vez sus propias secuelas con resultados a veces divertidos, otras no.

[3] La violencia de algunas de las escenas, que como ya se ha comentado era considerable dado el contexto en el que tienen lugar, llevó a muchos padres que habían llevado a sus hijos a ver la película a mandar cartas con sus quejas a la productora por considerar Gremlins como demasiado oscura o violenta para el público infantil. Tras las numerosas quejas, la MPAA (Motion Picture Association of America, que ejercían y ejercen un gran poder sobre las producciones cinematográficas a las que otorgan calificaciones “morales” con lo que su estreno y afluencia de público se ve apoyada o mermada por dichas calificaciones por mucho que sean un aceptable avance respecto a épocas de censura) tuvo que crear una categoría hasta entonces inexistente, la PG-13 que aquí se traduciría en no recomendada para menores de 13 años por no ser una película para niños (calificadas con G- o PG-) ni para adultos o menores de 17 acompañados (R- o NC-17).

[4] Fundada en 1981 por Steven Spielberg, Frank Marshall y Kathleen Kennedy y que toma su nombre de un cortometraje dirigido por el Rey Midas de idéntico título. Su logotipo toma una de las imágenes más reconocibles de su primer gran éxito, el clásico de Spielberg E.T. el extraterrestre de 1982, que sería secundado por la propia Gremlins y después por la trilogía de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Los goonies o El secreto de la piramide por poner algunos ejemplos que hagan referencia a unas producciones enfocadas a un público juvenil que las adoptó como películas de cabecera y cuya influencia aún hoy se hace notar en películas hechas por aquellos niños que ya son adultos. La productora también produjo algunos films más adultos de Spielberg y otros realizadores, pero siempre se la identificará con un público juvenil y unos filmes que andaban con paso firme entre las dos aguas de la infancia tardía y la adolescencia.

[5] Con apariciones estelares de Robbie, el mítico robot de la no menos mítica Planeta Prohibido, la inmortal tonadilla de la clásica serie The Twilight Zone, unas imágenes de La invasión de los ladrones de cuerpos en su versión dirigida por Don Siegel o ,a otro nivel, la aparición de Chuck Jones, responsable y alma Mater de algunos de los dibujos de la Warner y su salvaje sentido del humor que tan bien encaja con el de los gremlins y hasta de Steven Spielberg en una fugaz aparición a lomos de un coche eléctrico. A modo de homenaje, Dante eligió una sierra mecánica a imagen y semejanza de La matanza de Tejas dirigida por Tobe Hopper en 1973 como arma en el enfrentamiento final entre Billy y Stripe por la admiración de Dante por el film sobre los matarifes caníbales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario