miércoles, 26 de febrero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET



Año 1971. En el desesperado intento de frenar la devaluación del dólar ante las diferentes crisis políticas y económicas que minaban la confianza mercantil en los EEUU, el presidente Richard Nixon desvinculó el valor de la moneda norteamericana del baremo económico mundial establecido desde 1944: el oro. Esta interesada estrategia supuso el pistoletazo de salida a presiones, llevadas cabo a nivel internacional, con el objetivo de que el flujo económico se viese libre de todo tipo de restricción más o menos político[1]. Dicho y hecho, el equilibrista techo normativo que ponía límite a la cantidad de dinero que podía fabricarse desapareció de la vista de oscuros intereses, que vieron luz verde para enriquecerse y enriquecer a costa de todo y todos. Pero poco o nada de eso le importa a un joven emprendedor como Jordan Belfort[2] (Leonardo Di Caprio), gran tiburón blanco en la pequeña pecera de la década de los ochenta que los broker convirtieron, a golpe de desregulaciones legales y stock options, en un ilusorio mar de oportunidades. Belfort amasó, como otros,  desorbitadas cantidades de dólares, con su consecuente grado de poder en permanente ascenso, en un mundo vendido al dinero por el dinero que sin embargo, y en su absoluta desregularización, permitió un creciente y peligroso endeudamiento generalizado. Pero eso tampoco parece importar en la lujosa y frívola burbuja, de reflejos casi lisérgicos en su exuberante hedonismo vital, retratada en el último film de Martin Scorsese[3], El lobo de Wall Street. Película narrada de forma brutalmente solipsista por parte del depredador que la protagoniza, un hombre adicto al dinero y sus parabienes materiales, con la compulsión como única naturaleza reconocible y sin más atributos que lo que él nos muestra de forma tan desvergonzada como acaramelada para los ojos. Automóviles recubiertos por las más estilizadas carrocerías y los más potentes motores, esculturales prostitutas que pasan a pares por su cama, cantidades industriales de cocaína, cualudes, crack, alcohol de alta graduación… Todo confundido en un parco equilibrio en el que el punto medio ha sido enviado al cementerio de lo tibio, siempre calibrado entre lo anestesiante y lo excitante sustentado en la más infecciosa droga que parece resucitar a Belfort, y a su creciente manada de asalvajados seguidores, de sus brutales resacones matutinos: el dinero. Montañas y montañas de dinero que Belfort asegura saber como conseguir de la noche a la mañana… y cuyo mecanismo se guarda muy mucho de revelar. Mientras, se regodea en narrar sus divertidas golferías de opulento crápula como haría un cazador que exhibe cabezas de animal como trofeos tras haber limpiado la sangre y escondido el cuerpo de su presa.

Porque la estrategia dramática de El lobo de Wall Street, que muestra a sus personajes en una continua farra que sólo termina cuando sus intoxicados organismos dicen basta, no es baladí. Desde el instante, temprano en la película, en que la voz en off que acompaña al espectador por el continuo carnaval erigido por Scorsese, que convierte a Belfort en narrador omnipotente capaz de cambiar el color de su flamante coche del rojo al azul cuando pasa ante nuestros ojos en una misma toma, se revela el truco de un protagonista que rehace su propia historia a placer e interés propios. Un poder, el de contarse a sí mismo por parte de Belfort así como la etapa vital contenida en el excesivamente largo metraje de El lobo de Wall Street, que Scorsese subraya una y otra vez gracias a constantes peroratas del arrogante broker mirando y hablando al público del film, o en la forma en la que se estructura el propio relato de la película, situándolo siempre en el lógico lugar que cree merecer un narcisista dentro de esta historia contada por él mismo. Así, y hablándole al espectador directamente o vendiéndose sesgadamente como quien dice ser, sin explicar nunca nada de especial relevancia que no sea sepultado por la gozosamente agresiva catarata de vicios mostrada en pantalla, Belfort se significa así mismo bajo los parámetros de un triunfador del Sueño Americano prácticamente sin el más mínimo matiz de duda o sombra que pueda hacer temblar su buen nombre. Por lo que ni lo descaradamente ilegal de sus métodos, ni el evidente desprecio de Belfort por todos aquellos a los que promete un paraíso material en la tierra sin más esfuerzo que el de entregar su dinero y esperar que les lluevan los beneficios, asoman en la atractiva ficción manejada por el protagonista.
En este sentido, El lobo de Wall Street se asemeja al testimonio de un juerguista cuya labia y carisma logran hacer divertida la situación más lamentable: numerosos flashbacks trufan el film de Scorsese hasta convertirlo en una narración casi desmembrada y sin otro centro que no sea el personaje interpretado por  DiCaprio. Y siempre en continua reconversión, mostrando algunos acontecimientos que Belfort vivió bajo los efectos de alguno de los incontables narcóticos que se consumen alegremente en el film, para luego rehacer la acción que estaba narrando unos minutos antes con un saldo muy diferente y más acorde con su estado de sobriedad, suponen la mejor muestra de cómo el film parece verse a sí mismo no como la exposición de una serie de hechos a la luz de la verdad, sino como una historia tan expositiva como dudosa en su veracidad.
Esta cualidad subjetiva y además interesadamente sesgada de lo explicado por Belfort, muy evidenciada por Scorsese gracias a algunos de los elementos comentados algo más arriba, marca sobremanera no sólo la forma en que se arma lo explicado en El lobo de Wall Street sino también, y de forma más equívoca, en como se percibe.

Si el personaje real, excelentemente interpretado en la película por un Leonardo Di Caprio de contagiosa energía, era un engatusador de lengua viperina capaz de hacer épico el mayor de los crímenes, difícilmente habría logrado encontrar, visto lo visto, mejor aliado para plasmar sus atractivos delirios materialistas en una pantalla que bajo el poderoso ojo de Martin Scorsese[4]. Realizador que, en esta ocasión, y resiguiendo algunas líneas argumentales y formales ya trazadas por algunas de sus películas anteriores, se esmera en revelar la cualidad de narración de la película y por tanto de una visión de los hechos que ocurrieron, y que debido al carácter del protagonista, filtro a través del cual transcurre toda la película, son puestos en pantalla con un exhibicionismo tan espectacular como contagiosamente festivo. Las impresionantes coreografías, dignas herederas del género cómico slapstick y del mejor musical, que armonizan en pantalla el dionisíaco caos en el que se revuelcan los animalizados hombres y mujeres que viven a todo tren bajo el ala de un Belfort convertido en líder espiritual y casi religioso modelo de conducta, otorgan una altura de vuelo a El lobo de Wall Street que soslaya el moralismo en el que muy  fácilmente podría haber caído. La monumental e ininterrumpida juerga puesta en imágenes por el realizador salva, gracias al talento de Scorsese, del más soberano aburrimiento un film que casi nunca avanza argumentalmente, sino que se dedica a girar sobre si mismo en un suma y sigue hecho de caranavalescas fiestas mostradas en impresionantes set-pieces impulsadas por rayas de cocaína y una agresividad desatada sólo a la zaga de la estupidez galopante que parecen acarrear la mayoría de sus personajes… pero que dentro del subjetivismo del film, bien podrían ser un engaño que reviste de infantil y exculpatoria incompetencia los actos de un diabólico broker más listo que el hambre.
Lo que no implica que El lobo de Wall Street no lo deje ocasionalmente en ridículo: secuencias como la que muestra la inolvidable caída de Belfort en su propia piscina borracho como una cuba haciendo saltar todas las alarmas, o la memorable escena en la que Belfort y su mejor amigo y consorte Donnie Azoff (un divertidísimo Jonah Hill), se enzarzan en una incomprensible discusión incapaces casi de moverse tras presenciar la hilarante epopeya de Belfort “conduciendo” hasta su casa puesto hasta las cejas, merece entrar en los anales del cine de su director como una de las mejores muestras de comedia visual tan rematadamente idiota como divertidísima. Pero también, y en su mala baba, los convierte en objeto de burla de una forma tan distanciada pese a lo divertida que resulta una escena con un punto final que compara al broker esnifando ¡con Popeye comiendo espinacas! que la memez de ambos hombres cae por su propio peso…
Aunque una vez más, desenfocando lo realmente reprobable de la vida de ambos: escenas magníficas como el rescate del navío de un Belfort que se aventura en una descomunal tormenta marítima envalentado por las drogas, que parecen retratarlo como un pobre imbécil, distraen la atención de lo tremendamente astuto que es, algo que no se ve en esta película narrada por un mentiroso, pero cuyas mentiras son apoyadas por una estupenda puesta en escena que raya en el expresionismo. Si la vida de Belfort sería y acaba siendo según sus palabras, un aburrimiento, cuando abandona el consumo de drogas del que ha hecho gala durante casi todo el metraje, es precisamente ahí donde la película echa el freno y se atempera hasta alcanzar la sobriedad en la que ahora malvive el protagonista y que acaba por contagiar de su falta de fuelle al film. El buen hacer de Scorsese y su talentosa planificación y coordinación de todos los elementos expresivos  que conforman su película, hacen de El lobo de Wall Street un ejemplo de película excelentemente narrada y también cómo se construye esa narración, pero se cobra el antipático y coherente peaje de estar asistiendo a una juerga monumental en la que el público tiene vetada su participación… Tanto por la propia naturaleza de la película como tal, como por la brutal desigualdad económica, astutamente omitida por Belfort y su película, sustentada sobre la misma ideología que ha hecho de Belfort quien es y que necesita de gente que quiera ser como él para subsistir.

No parece causal que la película dé sus primeros pasos con un anuncio televisivo de Stratton Oakmond, la firma llevada por Belfort como un fanático religioso con el dinero y todo lo que este pueda comprar (y en El lobo de Wall Street, lo que se puede comprar es todo) como único ídolo digno de culto… después de él mismo. La presencia de un león paseando apaciblemente en las oficinas con la aquiescencia de los trabajadores no sólo podría funcionar como metáfora alrededor de un protagonista al que se apoda (y se publicita) bajo el nombre del animal que aparece en el título, también pone el acento en la cualidad casi propagandística del modo de vida de Belfort y los suyos tal y como se muestra en el film de Scorsese[5]. Puede que por eso, una vez la debacle, propia de un gran hombre que ha llegado muy arriba, ha comenzado, el cerco policial que se estrecha alrededor de Belfort acaba por cerrarse durante el rodaje de un anuncio, como si la imagen que el broker pretende vender a los demás, y que es la base de su negocio, empezara a resquebrajarse y a ser puesta en duda.
Vista así, y gracias a esclarecedores instantes en los que el protagonista arenga a su progenie dándose continuos baños de masas micrófono en mano y observando a sus tropas desde una tarima como centro de todas las miradas, la estructura del relato es equivalente a la visión que Belfort tiene de sí mismo dentro de su vida. Una muy similar a la de fanático religioso o político (e idéntica a la del fanático ¿signo de los tiempos? nunca considerado como tal: el económico) y que como tal Scorsese plantea como un enigma que nunca se resuelve pero reescribiendo su historia hasta hacerse muy difícil de atrapar. Elementos como la mencionada interpretación de Di Caprio, que como la propia película (no en vano está contada por y a través de él) seduce al espectador vendiéndole el modo de vida que él mismo representa dirigiéndose al público esporádicamente, dejan entrever bajo su orgullosa fachada el tiburón empresarial que la perspectiva del film, visto desde este lado de la pantalla, no deja de ocultarnos interesadamente pese a dejar clara y cristalina una sola cosa: él no es un economista, es un vendedor.
Más aún, las esporádicas referencias al primitivismo hacia el que parecen deslizarse Belfort y los suyos a cada día que pasa, golpeándose el pecho y murmurando todos a una a modo de secta prehistórica, o las continuas orgías sexuales y destructivas en las que se practica el sexo más desenfrenado sobre las mismas mesas sobre las que se mueven descomunales cifras de dinero y que luego son destrozadas a golpes de bate sin otro motivo aparente que el puro placer del descontrol más animalizado, podrían haber sido los únicos contrapuntos moralistas ante un conjunto tan magníficamente pagado de sí mismo como el protagonista. Pero afortunadamente, al menos en este aspecto, Scorsese no ofrece la compulsiva drogadicción de sus personajes como actos reprobables, ni tampoco se muestra crítico con su desatada sexualidad o con su frívolo estilo de vida, presentado bajo oropeles más atractivos en su fuerza y contagioso salvajismo, que repelentes en su proximidad a la horterada más desfasada.
Más bien muestra a los hombres y mujeres que reptan a los pies de Belfort y a este último como imbéciles encantados de serlo, y sólo en una ocasión carga las tintas en la animalización de las huestes capitalistas de Stratton Oakmond ofreciendo el grotesco espectáculo de una mujer rapándose el cuero cabelludo a cambio de dinero para poder pagarse unos implantes mamarios, mientras se suceden las orgías y los bailes bajo una iluminación que parpadea a modo de tormenta. La imagen de dicha mujer con boquetes de calvicie dando traspiés, aturdida por el ruidoso circo orquestado a su alrededor mientras se acerca tambaleante a uno de los grupos de prostitutas que se entremezclan con los empleados, mientras es esporádicamente engullida por las tinieblas que van y vienen por efecto de los estropeados fluorescentes de Stratton Oakmond es lo más cerca que Scorsese está en El lobo de Wall Street de adoptar una postura decididamente hiriente (por moral) para con su público. Esta apocalíptica secuencia, tan brillante en su ejecución como todas las demás, pero infinitamente más perturbadora, no es sólo quizás la mejor del film, sino también la más descolgada del mismo, por lo demás perfectamente sellado como desmadrada fantasía masculina y machista de poder (básicamente económico) envasada al vacío, y gracias a la puesta en escena de Scorsese,  consciente de serlo. Un estilizadísimo retrato en primera persona en el que el sufrimiento, la pobreza, la falta de ambición, el respeto por el bienestar de los demás o un mínimo de autocontrol son síntomas de debilidad o, en palabras del depredador ultracapitalista Belfort, rasgos de un perdedor.

Quizás por eso, todo lo que haga de él alguien vulnerable o que lo haga sospechoso de las presuntas debilidades recién enumeradas es notablemente minimizado. Ahí están escenas como el abandono de su primera esposa (Cristin Milioti), no por casualidad comparativamente más fea que la imponente Naomi (Margot Robbie) que de algún modo viene a sustituirla como si fuese un complemento más acorde con las capacidades económicas de Belfort. Dicha ruptura es plasmada por Scorsese de forma tan concisa que prácticamente es tratada como si no tuviese la más mínima importancia dentro del marasmo hedonista que es la existencia del protagonista, no se sabe si porque efectivamente no la tiene, o porque asumir esa importancia lo convertirían un ser humano corriente y la visión que tiene de él mismo como triunfador, se vería comprometida. Por otro lado, Belfort sigue yéndose a la cama con todas las mujeres que pueda comprar o engatusar, mientras su rubia acompañante es mostrada como una muestra de poder, más acorde a alguien de su posición dentro de la particular escala de valores del protagonista. Incluso en su debacle, mostrado con una gelidez por parte de Scorsese que le honra en su ánimo de no enaltecerlo cargando las tintas de lo dramático, Belfort se muestra impasible y hasta heroico: su mujer lo abandona cuando él más la necesita (no se sabe si por amor o por representar uno de los pocos artículos de clase alta que aún podrían sostener su identidad de exuberante nuevo rico), sus amigos lo traicionan y sólo después él los traiciona a ellos, y el gris representante de la ley encarnado en el agente del FBI Patrick Denham (excelente Kyle Chandler) -siempre ataviado con traje y corbata negra sobre una camisa blanca en contraste con el colorido que es denominador común en la vida de Belfort- es retratado como un aguafiestas. La trama policíaca carecería, en manos de otro realizador menos dotado, de cualquier interés y reforzando la inconciencia de Belfort Scorsese la trata con escasas dosis de tensión y más como el preludio de una molesta resaca que como la temible posibilidad de verse entre rejas de por vida. Incluso en una escena en la que se riza el rizo, Belfort parece a punto de tirar la toalla, pero tras el emocionado (que no emotivo) momento en que recuerda como sacó a una de sus empleadas de la pobreza, decide resistir contra la autoridad que le exige un trato para evitar la prisión…
Todo lo anterior, que apunta en la misma dirección de hacer del personaje una víctima de las circunstancias y que sólo pretendía lo que (siempre según él) todo el mundo quiere, es definitivamente reafirmado por un hecho más sencillo: Belfort  jamás se arrepiente de sus actos y, con ello, ni cambia ni aprende. Y tal y como está planteada El lobo de Wall Street, ni siquiera eso es culpa suya. El final del film, tan inquietante como ambiguo, sitúa al espectador en el punto medio existente entre la creencia de que Belfort es un peligroso perturbado, o de que sólo es cuestión de tiempo para que la realidad se ponga de su parte y su visión deje de ser tal para asentarse sencillamente como lo que hay. De este modo, la ausencia de culpa, y por tanto de redención, para un personaje al que jamás se explica, sino del que se muestran sus acciones a modo de exposición articulada a través de su visión de las cosas sólo resulta convincente desde el momento en el que las implicaciones de lo que se ha visto son omitidas por completo. Nada empaña su autoretrato de hombre hecho a sí mismo, surgido de un hogar humilde y llegado a la gran ciudad con el objeto de cumplir el Sueño Americano mostrado en El lobo de Wall Street de forma casi arquetípica y con una aniñada inocencia que sólo se sostiene por la sesgada manera en que se nos ofrece.

Al contrario de las perturbadoras incursiones del realizador en el mundo del hampa con el que algunas de las situaciones y personajes de El lobo de Wall Street mantienen jugosos paralelismos[6], la provocación del film que nos ocupa, no se sabe si  más inofensivo de lo que se diría le gustaría ser, no está en el desaforado modo de vida de Belfort y los suyos o en lo que muestra, sino precisamente en lo que esconde, completando el círculo planteado en el que Belfort puede verse a si mismo, y presentarse al público, como inocente. Vista así, El lobo de Wall Street parece una visión tan infantilizada como las vidas de los personajes que la habitan, de películas como Casino o incluso Uno de los nuestros, en las que la sangre brotaba entre las risas de los verdugos del hampa que apretaban el gatillo. Y no se sabe si eso hace de esta película una especialmente compleja o otra rematadamente simple. Aquí no hay sangre, ni siquiera víctimas y por lo tanto tampoco culpables, provocando la inquietante sensación de estar asistiendo a un film que puede parecer infantil, pero que requiere una mirada adulta que ejerza de contrapeso moral, ausente por completo en una película cuyas voluptuosas formas no aceptan -y peor aún, se esmeran en hacer olvidar- la miseria social contenida a este lado de la pantalla que es nuestra comparativamente gris realidad.
Porque así como Belfort se jacta divertidamente de la ilegalidad de sus actos, pero al mismo tiempo se niega a informarnos sobre las estratagemas seguidas para lograra acumular dinero a espuertas espetándonos que no es eso lo que queremos saber sino sencillamente que él es rico o menciona Lehman Brothers como de pasada y bajo el infantil mantra del ¡pues ellos son aún peores!, su testimonio hecho forma en El lobo de Wall Street muestra sexo a espuertas, muchas veces con prostitutas sin plantear dudas sobre la trata de blancas que hay detrás. También muestra el divertido carrusel drogadicto, más o menos inofensivo en sí mismo considerado, mientras obvia por completo el blanqueo de dinero que ello implica para oscuras fuentes, amén de que la riqueza cambia de manos de ciudadanos presuntamente honrados a organizaciones de muy discutibles fines y medios, tan ultracapitalistas como los que espolean Stattford Oakmont. Y, por último, y de forma más flagrante pero tan coherente como en los casos recién enumerados, esconde el robo, el engaño y el brutal endeudamiento de una parte importante de la población cuyos ahorros y ocasional avaricia pagan los excesos de Belfort y sus secuaces, sustentados sobre una infecta e invisible montaña de bonos basura. Unos excesos que, para más inri y como se comenta algo más arriba, aparecen despojados de lo que realmente podría hacerlos reprobables y por tanto, y a menos que quiera verse El lobo de Wall Street bajo una posible óptica ultraconservadora, a Belfort como alguien moralmente culpable. Esta blancura recubierta de inofensivo sexo, frivolidad, y caos que exime de culpa a la progenie capitalista que da sus primeros pasos de la mano de Belfort y que funciona como se decía por omisión, encuentra su lugar dentro del discurso desarrollado en El lobo de Wall Street. Sellándolo definitivamente al vacío del mismo modo que su narrador parece lógicamente ajeno a la realidad de la gente normal (o los perdedores) entre la que parece vivir su desabrido Némesis y agente de la ley mientras él divide su existencia entre su empresa, paraísos fiscales y su mansión situada en las afueras. 

Jugando con un dinero que sale de fuentes hechas anónimas por la realización de Scorsese, convertido en una riqueza de la que ni se sabe el origen ni tampoco el destino, El lobo de Wall Street muestra a los criminales mientras esconde a sus víctimas, el lujo ocultando la miseria, y diluye la agresividad de su humor al centrarse en las actividades más inocuas (y más atractivas) de los todopoderosos agentes de bolsa ocultando el lamentable saldo que dejan tras de sí.
Así, y amordazada por los propios parámetros de su narrador y protagonista, El lobo de Wall Street funciona como una narración tan perfecta como frustrante, que dada la coyuntura actual y pese a su aureola de escándalo dista mucho de ser la sangrante comedia que habría podido ser de haberse decidido a dar un paso más allá. Mostrando lo que Belfort niega una y otra vez en este peligroso, por interesadamente atenuado, retrato de sí mismo como pícaro corderito que hace lo que puede para no dejar vernos el lobo que se esconde bajo las lanas. Su presencia habría roto el pacto tácito de Scorsese con el Belfort de ficción -si es que hay alguien, siquiera él mismo, que haya visto al real- pero también habría permitido la salvaje, necesariamente inmoral desde el punto de vista del broker, y negrísima comedia que hubiese resultado de haber puesto frente a frente a un autosatisfecho depredador con su verdadera y consciente obra: el saqueo.

Título: The wolf of Wall Street. Dirección: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter, basándose en El lobo de Wall Street, escrito por Jordan Belfort. Producción: Riza Aziz, Joey McFarland, Leonardo DiCaprio, Martin Scorsese, Emma Koskoff y Alexandra Milchan. Fotografía: Rodrigo Prieto. Montaje: Thelma Schoonmaker. Música: Howard Shore. Año: 2013.
Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Jordan Belfort), Jonah Hill (Donnie Azoff), Margot Robbie (Naomi Lapaglia), Kyle Chandler (Patrick Denham), Jean Dujardin (Jean-Jacques Saurel).


[1]Resumiendo mucho y probablemente, ya que poco o nada sé de economía, de forma insuficiente o errónea, el oro fue el material que usado como baremo en las transacciones comerciales desde mediados del siglo XIX hasta el 15 de agosto de 1971. Por aquel entonces, muchos de los países del mundo, y más especialmente los implicados en acuerdos comerciales a un nivel internacional, disponían de una moneda propia, lo que hizo necesarias unas normas que los previniesen de posibles desequilibrios fruto de dichos intercambios económicos. Y la regla fue que cada país fijara el valor de su moneda en una cantidad determinada de oro, y de este modo se acotaba la cantidad de monedas y billetes que un país podía tener, dependiendo de la cantidad de oro que tuviese en sus arcas. Este metal precioso garantizaban el equilibrio de las economías nacionales -o al menos el control de las mismas desde dentro de sus fronteras y no desde el exterior- ya que las monedas podían ser cambiadas por oro, según el deseo de cada país, con lo que las transacciones se hacían en dicho material, siempre canjeable por la moneda propia del país de turno. De esta manera, cuando un país importaba demasiado, debía canjear parte de su oro en moneda para poder recuperarse y volver a poner dinero contante y sonante en circulación entre sus habitantes, con la prudencia necesaria de no agotar sus existencias, para lo que se rebajaba el precio de los productos y el dinero volvía a circular en suelo patrio. Y del mismo modo, cuando un país exportaba demasiado, la escasez de producto propio que ahora estaba en el extranjero aumentaba los precios locales, con lo que quizás había que poner sobre la mesa más dinero del que era necesario antes de dicha transacción, sin que ello fuese un problema desde el momento en el que las arcas del país habían crecido gracias a dichas exportaciones. Este continuo equilibrio, que siempre se compensaba por un lado o por otro, empezó a hacer aguas con el crecimiento de las economías, que obligaron a los países a canjear más oro para poder tener más billetes y moneda, o dinero en circulación que sustentara el comercio. Fue entonces, hacia finales del siglo XIX, cuando la primera potencia mundial, que por entonces era Gran Bretaña aportó la solución desde su privilegiada posición como mayor agente económico a nivel internacional: inyectar libras en el mercado ajeno como moneda canjeable por oro fuese donde fuese, transformándose en una especie de moneda de reserva, de posible uso en épocas de sequía de oro. La Primera Guerra Mundial acabó con el cada vez más complejo equilibrio, pero equilibrio al fin y al cabo, que permitía funcionar a las economías del mundo sin demasiados problemas. Tras el conflicto bélico, Gran Bretaña se había quedado casi sin oro, y para más inri ya no gozaba de ser potencia hegemónica, haciendo imposible el canje de monedas por un oro que ya no existía. La falta de una norma que ya era imposible trastornó los mercados haciéndolos considerablemente imprevisibles… hasta que estalló el crack del 29 primero y algo más tarde, la Segunda Guerra Mundial que hizo trizas todo lo visto hasta ese momento en lo bélico, político y económico. En 1944, en Bretton Woods, se ideó el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, cuyo máximo garante fueron, como no podía ser de otro modo tras el conflicto, los Estados Unidos de América, y el dólar americano la nueva moneda de reserva, a 35 dólares por onza de oro. También se permitió a los bancos centrales de los diferentes países incluidos en el trato económico el poder acudir a la Reserva Federal a cambiar sus dólares reserva en oro, o su oro en dólares, equiparando a un nivel práctico (que no de valor de canje, que seguía siendo el de 35 dólares por onza de oro y viceversa) la moneda con el dorado metal. De esta manera el dólar inundó los mercados internacionales del lado occidental (o pro-americano, en la era de la Guerra Fría) y se permitió a los EEUU la fabricación indiscriminada de dólares, colmada por otro permiso: los EEUU eran el único país autorizado para endeudarse sin restricciones que frenarían un déficit cada vez mayor. Este déficit alcanzó su cénit con la Guerra de Vietnam, cuya duración y recursos implicó un brutal empobrecimiento de las arcas estadounidenses. Ante la escalada inflacionaria a resultas de todo lo anterior, muchos países comenzaron a cambiar sus dólares por oro en la Reserva Federal, poniendo el nivel del baremo económico puesto en boga desde mediados del siglo XIX en mantillas en suelo norteamericano… y con la consiguiente pérdida de liquidez del dólar a nivel internacional, cuando este empezó a ser cambiado por un oro que no servía como moneda de cambio, sino como ahorro sin valor por sí mismo en un mercado que no fuese el monetario. Muchos aconsejaron al Presidente Richard Nixon el devaluar el dólar para así obtener más moneda, y más liquidez, con menos cantidad de oro rentabilizándolo, pero ni corto ni perezoso, Nixon prohibió el cambio de los dólares reserva desperdigados por el mundo por el oro de la Reserva Federal, haciendo del dólar la divisa de cambio mundial. Pero además los EEUU siguieron aupados a la irrestricta fabricación de moneda y creación de déficit, repartiendo su moneda por todo el planeta una vez el oro era ya poco más que puro y lujoso adorno, y por lo tanto haciendo dependiente a todos los países del futuro de la moneda norteamericana… algo que la globalización en su aspecto económico no tardó en acelerar. El crédito no tardó en hacer acto de presencia internacional, y la economía mundial creció sobre un enorme vacío llamado deuda del dólar que varios años más tarde y tras constantes deflagraciones en forma de crisis económicas ha terminado en la madre de todas ellas.

[2]Jordan R. Belfort nació en el barrio neoyorquino del Bronx el 9 de julio de 1962, de padre y madre contables. Se crió en Queens antes de ponerse a estudiar Biología en la American University. En su ánimo de hacerse rico, empezó la carrera de dentista aunque la abandonó al primer día cuando un profesor aseguró a los alumnos congregados que la era dorada de la ortodoncia había terminado, y que si alguien estaba allí para amasar una fortuna, había elegido el momento equivocado. Algo más adelante trabajó para la industria cárnica de New Jersey, primero como intermediario y poco más tarde como director de una firma bajo la cual tenía alrededor de veinticinco camioneros a su servicio. La torpeza de la que por entonces hacía gala en todo lo relativo a las finanzas llevó a la quiebra a su compañía, con lo que con unos pocos dólares en el bolsillo, se fue a Nueva York a probar fortuna ¡como corredor de bolsa! Inició su carrera como agente en la firma LF Rothschild, que quebró en 1988, pero en un par de años se repuso al fundar junto con su amigo Danny porush, la firma Stratton Oakmont. En dicha firma (una de las llamadas boiling room) tal y como se explica en El lobo de Wall Street, se vendían acciones a un centavo cada una para luego estafar dichas acciones a sus inversores. Gracias a este timo, las ganancias de los trabajadores de Stratton Oakmont (que llegaron a ser 1000 corredores de bolsa) alcanzaron cotas desproporcionadas, y Belfort, en calidad de director de la firma, ganaba sueldos estratosféricos. Al cabo de un tiempo, y debido a las constantes denuncias a Stratton Oakmont por parte de los estafados, se creó un grupo de trabajo simultáneo en varios estados dirigido por Joseph Borg, que procesó la compañía llevada por Belfort entre continuas juergas y una creciente adicción a drogas de todo tipo, tal y como puede verse repetidamente en el film de Scorsese en el que a decir de su protagonista no se ha exagerado un ápice sobre lo que fue su vida en aquellos tiempos. Pero finalmente la juerga llegó a su fin: Jordan Belfort fue acusado de fraude de valores, manipulación de dicho mercado y blanqueado de dinero en 1998, para cumplir la condena de 22 meses de prisión tras colaborar con el FBI en la solución del caso y la captura de sus responsables. También fue condenado a indemnizar a sus clientes con 110,4 millones de dólares, con la obligación de pagar a sus clientes defraudados el 50% de sus ingresos anuales. A pesar de ello, en el año 2003 un Belfort en libertad aún debía cerca del 90% de la cifra mencionada, y aunque sus ingresos en años posteriores gracias a la publicación de sus libros y charlas ascendían a la, para la mayoría de los mortales, astronómica cifra de un millón setecientos ochenta mil dólares, Belfort sólo devolvió 243 mil dólares en cuatro años. Casado y divorciado dos veces y padre de dos hijas, Belfort reside ahora en Manhattan Beach, en California. Tamaño jeta, de indudable carisma y energía maníaca, ha publicado en nuestro territorio y gracias al film de Scorsese el primero de sus libros en el que se basa la película El lobo de Wall Street, probablemente de lectura interesante pero del que aconsejaría conseguir a través de la red de  bibliotecas o por métodos algo más drásticos. Sólo faltaría.

[3]Nombre importante donde los haya, dentro de la generación de cineastas más importantes del cine americano surgidos tras la llamada época clásica, Martin Charles Scorsese nació el 17 de noviembre de 1942, y como Jordan Belfort, lo hizo en Queens, Nueva York. Y más concretamente en Little Italy, en el seno de una familia de clase trabajadora, de padre y madre inmigrantes sicilianos. Niño de carácter nervioso e inquieto, el asmático y pequeño Scorsese creció en un barrio en el que, según sus palabras, o eras gangster o sacerdote. Sea una frase resultona de cara a la galería hecha con la intención de dorarle la píldora a sus admiradores, la dolencia asmática de Scorsese en muchas ocasiones le impedía salir a jugar a la calle con otros niños, y menos aún plantearse hacer la carrera de mafioso de poca monta. A cambio se conformaba con una creciente cinefilia y con la costumbre, bastante similar a la de un espectador cinematográfico y más aún a la de un cinéfilo obsesionado desde muy joven con La ventana indiscreta, de observar a los demás desde la ventana de su habitación mientras se recuperaba de sus continuas enfermedades y recaídas. De educación católica, Scorsese aprovechó su herencia religiosa y la imposibilidad de hacer carrera en los escalafones más bajos del hampa de Little Italy, para hacer carrera como sacerdote. Pero la rigidez eclesiástica era excesiva para el progresivamente rebelde Scorsese, que finalmente rechazó la posibilidad de ordenarse en el sacerdocio y asistió a la Universidad de Nueva York, en la que se licenció en 1966. En 1967 rodó su primer cortometraje, la abstracta y bastante salvaje The Big Shave, y también su primer largometraje Who’s knocking at my door?, protagonizada por Harvey Keitel y con gran influencia del nuevo cine francés de la Nouvelle vague y el cine de John Cassavettes, director que le haría de consejero durante los primeros años de su carrera. Gran aficionado a la música, como demuestran los numerosos documentales sobre figuras del rock n’roll como Bob Dylan o los Rolling Stones y sus magníficas bandas sonoras, Scorsese participó en el montaje de la mítica película Woodstock, del no menos mítico (y puede que mitificado) concierto de 1969. En el mismo año del estreno del documental, en 1970, Scorsese estrenaría otro dirigido por él mismo: Street Scenes. 1972 sería el año en que Scorsese tomaría el timón de la producción de Roger Corman Boxcar Bertha, en la que entre los numerosos desnudos y tiroteos, podían entreverse escenas como la crucifixión del protagonista y los bajos fondos que algo más tarde serían vistos como elementos propios de algunos de los lugares comunes del cine del realizador. Aprendiendo lo que otros compañeros de generación como Francis Ford Coppola o John Sayles llevaban un tiempo practicando bajo el ala del llamado rey de la serie B, a rodar en poco tiempo y con presupuestos mínimos, Scorsese encaró una de sus mejores películas: Malas calles. Protagonizada por Harvey Keitel y Robert De Niro, Scorsese combinaría muchos elementos del neorrealismo italiano con otros de la mentada Nouvelle Vague en suelo italoamericano logrando una combinación muy particular y conseguidísima que llamaría la atención de la crítica, pese a su escasa repercusión entre el público. Gracias a la reputación de este film, Scorsese recibiría el encargo por parte de la actriz Ellen Burstyn de dirigirla en Alicia ya no vive aquí, que inicialmente debía rodar John Cassavetes (con el consiguiente cabreo del temperamental director de Faces, que consideró que Scorsese había traicionado su confianza), y que se saldó con la refutación del director como un valor seguro en Hollywood y un Oscar de la Academia para la actriz. Por aquella época Scorsese llevó a cabo otro documental, este bastante divertido y llamado Italianamerican, en el que podía verse a los padres del director en su rutina cotidiana. Desde entonces, ambos han participado, en ocasiones como extras y la mayoría de las veces él en el departamento de vestuario y ella en el departamento de catering. Y en 1976 Scorsese daría definitivamente la campanada: Taxi driver, clásico del cada vez más asentado Nuevo cine norteamericano, supuso y supone a día de hoy una de las mejores películas de su director y uno de los filmes más importantes del Hollywood de los setenta. Esta película protagonizada por un excelente Robert De Niro en la piel del icónico insomne Travis Bickle, en base a un guión casi autobiográfico de Paul Schrader que estuvo a punto de rodar Brian De Palma, otro de los grandes nombres del Nuevo Cine Americano, ganó la Palma de Oro en Cannes y descubrió a una jovencísima Jodie Foster en el rol de una  prostituta cuyo chulo era interpretado por Harvey Keitel. El éxito de Taxi driver, permitió a Scorsese encarar su primera gran producción: el musical New York, New York, curiosa y excelentemente fotografiada pero algo fallida, la película protagonizada de nuevo por un Robert De Niro que ya empezaba a ser inseparable del cine del realizador y por Liza Minnelli, fue un fracaso en taquilla que sumió al realizador en una depresión. Afortunadamente aún le quedaron energías para llevar a cabo el magnífico documental sobre el grupo The Band, llamado El último vals, precioso tributo musical a la banda de rock y uno de los mejores documentales musicales jamás hechos. Pero su peligrosa adicción a la cocaína, que iba y venía por los despachos del nuevo Hollywood como en su día debía de hacerlo el café, combinado con su nervioso y compulsivo estado de ánimo, casi llevó a Scorsese a la tumba. Con un Nuevo Hollywood en proceso de desmoronamiento a ojos de los inversores y el público (que ni de lejos de la crítica), Robert De Niro puso al director entre la espada y la pared durante una convalecencia de este último en el hospital al borde de la muerte. Tenía un proyecto llamado Toro salvaje entre manos, escrito de nuevo por Paul Schrader, y quería que lo dirigiera él. Pero tenía que dejar las drogas si quería estar al pie del cañón, por no hablar de recuperarse lo suficiente para poder articular la palabra acción. Scorsese cumplió su palabra, hizo el film en blanco y negro para atenuar su violencia y aumentar su (estilizadísimo) realismo a modo de documental, y dio a De Niro un merecido Oscar por su entregada  interpretación del boxeador. Toro salvaje es una de las mejores películas de su realizador y está justamente considerada como uno de los mejores films estadounidenses de la década de los ochenta, que recién acababa de empezar, pues era 1980, con un Scorsese recuperado. También supuso la primera colaboración del director con la montadora Thelma Schoonmaker, última esposa del reputadísimo Michael Powell, admiradísimo director por parte de Scorsese y se diría que todos sus compañeros de generación. En 1983 llegaría la muy defendible, más que nada por el varapalo que recibió y lo ninguneada que sigue estando a día de hoy, El rey de la comedia, oscurísima película protagonizada por De Niro y Jerry Lewis, y que de nuevo supuso el divorcio entre Scorsese y el público. 1985 sería el año de la excelente Jo, qué noche! comentada en este blog en una entrada publicada en el mes de mayo del 2013. Este film supuso un aceptable éxito de taquilla para los parámetros de los mandamases de Hollywood, y le abrió la puerta a la dirección de la secuela de la excelente película de Robert Rossen, El buscavidas… y que por una vez, no desmereció excesivamente el resultado del original. El color del dinero, protagonizada por Paul Newman en el mismo papel que en el original de Rossen y por un joven Tom Cruise, es una maravilla de la forma al servicio de un guión en el que Scorsese se apropió de la historia de base para llevar a cabo uno de sus enésimos retratos de un proceso redentor por parte de un personaje al borde del hundimiento, interpretado por un Newman que ganaría el Oscar por su excelente trabajo en el film. Un año más tarde, en 1988, estrenaría su acariciada adaptación de la novela de Nikos Kazantzakis La última tentación de Cristo, con el consiguiente (y como en la mayoría de ocasiones, absurdo y fruto de la falta de información de primera mano) escándalo, incluyendo piquetes y hasta incendios provocados por grupúsculos religiosos en su vertiente más fanática. En 1989, dirigió junto con Francis Ford Coppola y Woody Allen el film conformado por tres mediometrajes con la ciudad de Nueva York como tema común y telón de fondo. Indudablemente, el de Scorsese -llamado Lecciones de vida- es el mejor del trío y una magnífica pequeña película, algo por delante del divertido scketch dirigido por Woody Allen y dejando muy atrás el de un desabrido Francis Ford Coppola. Su siguiente película, tras el reputado cortometraje Made in Milan, sería una de sus más famosos filmes: Uno de los nuestros supondría el reencuentro con Robert De Niro y Joe Pesci, amén de con los bajos fondos que se convertirían en su carta de presentación para una nueva generación de espectadores. Este maravilloso y muy cínico fresco de la mafia de Nueva Jersey durante tres décadas supuso un gran éxito de taquilla y la confirmación de Scorsese como un talento en plena forma. Una renovada credibilidad que se vería algo enturbiada por El cabo del miedo, interesante, histérico y puede que involuntariamente divertidísimo, remake del film El cabo del terror, con muchos de los temas afines al cine de Scorsese esta vez con una estética tan desmadrada que se asemeja a un cartoon perverso y rayano en la bufonada en su tramo final. Este film que iba a ser dirigido por Steven Spielberg pero que declinó la oferta para dedicarse a La lista de Schindler (que curiosamente iba a dirigir Scorsese) supuso el mayor éxito de taquilla de su realizador. La edad de la inocencia fue su siguiente proyecto en 1993, aunque nada puedo decir de ella por no haberla podido ver. En 1995 volvería a los ruedos de la mafia situándola en uno de sus hábitats naturales: Las Vegas. La pantagruélica Casino, supuso un fresco algo diluido sobre el papel pero impresionante en pantalla de dos décadas de mafia en el desértico suelo de nevada, y fue bastante mejor acogida que la muy reivindicable Kundun, estrenada en 1997 y hoy muy olvidada probablemente por su temática (que gira alrededor del Dalai Lama y su resistente lucha por un Tibet libre), aparentemente ajena al cine de su máximo responsable, aunque la forma en que está plasmada sigue siendo de lo más reconocible. La misma suerte corrió la excelente Al límite, escrita por Paul Scharder siendo esta una de las muchas similitudes de este film con Taxi driver, film a cuya sombra ha tenido que malvivir esta película de 1999 protagonizado por Nicolas Cage y toda una apocalíptica joya a reivindicar. En el año 2002 colaboró por vez primera con el actor Leonardo Di Caprio en uno de su proyectos más largamente acariciados y paradójicamente una de sus más fallidas películas: la tremendamente irregular Gangs of New York, afectada de un gigantismo que no le favorece en absoluto y de una turbulenta producción con constantes intromisiones de la productora Miramax, la película fue un relativo éxito comercial, que permitió una nueva colaboración del director y el actor con la injustamente menospreciada El aviador, en el año 2004. Este biopic del magnate y megalómano John Hugues, que inicialmente iba a dirigir Michael Mann, fue la antesala de la excelente Infiltrados, película muy comparada con Uno de los nuestros y Casino, aunque en el fondo no tenga mucho, o nada, que ver. En cualquier caso (y vean que cuando se compara El lobo de Wall Street con filmes anteriores a su director no hay nadie que la compare con Infiltrados… pero sí con Uno de los nuestros o Casino), este film supuso el primer Oscar como director a un Scorsese que debería haberlo recibido mucho antes y por películas muy superiores a ésta, pero que hizo las veces de acuse de recibo de la academia respecto al talento del realizador. Tras el algo cansino documental-concierto filmado de los Rolling Stones, Shine a Light que sólo destaca por su banda sonora, filmado en el 2008, Scorsese volvería a la carga con la ninguneada Shutter Island, de nuevo con Di Caprio, muy buena película lastrada por un giro final que a duras penas sorprende y tampoco aporta gran cosa. En el 2011 firmaría un film perteneciente a un género inaudito en su carrera: la infantil La invención de Hugo, justamente celebrada por una parte de la crítica pero por lo general muy castigada de parte del público, supone un film que, sin ser redondo, es más que defendible. Nada que ver en su  unánimemente celebrada El lobo de Wall Street, que nos ocupa aquí, y que se estrenó en suelo norteamericano en el año 2013… y que sorprende por su energía teniendo en cuenta que Scorsese ya suma ¡71 años! ¿Qué director contemporáneo joven hubiese rodado el film que nos ocupa tal y como lo ha hecho el director de Taxi driver? Probablemente ninguno.

[4]Pese a que no he leído el largo libro El lobo de Wall Street, en el que se basa la película de Scorsese, parece que este último ha logrado por fin acercarse a lo que habría sido uno de sus proyectos más acariciados durante la década de los noventa: la adaptación cinematográfica de la divertidísima novela-reportaje de Hunter S. Thompson Miedo y asco en Las Vegas, de la que el libro de Belfort podría ser (y repito que no he podido leerla) una versión amoral y desde el otro lado del Sueño Americano que los Raoul Duke y Dr. Gonzo de la novela clásica de la contracultura buscaban desesperadamente sin encontrarlo. Este proyecto, el de adaptar Miedo y asco en Las Vegas, considerado maldito por algunas productoras y muchos mitómanos pasó por las manos de Oliver Stone o Ridley Scott amén de por las de Scorsese, provocando que en su día muchos tomaran Asesinos natos, Thelma y Louise o de forma más coherente Casino, como películas de los respectivos directores que bebían del espíritu de Thompson, aunque en uno de los casos nunca entenderemos porqué. Quien se llevó el gato al agua acabó por ser Terry Gilliam, que en su película Miedo y asco en Las Vegas (comentada en este blog en junio del 2013) saturó hasta la asfixia de los sentidos y la paciencia de muchos espectadores la pantalla… de forma casi opuesta en su brutalidad a las seductoras formas con las que Scorsese filma los delirios de un hombre políticamente en las antípodas del contestatario Thompson.

[5]Esta pincelada y parte del tono del film, del que no se sabe si es una apología del estilo de vida de Belfort o una condena a su frivolidad vital, hacen de El lobo de Wall Street una versión algo descafeinada y mucho menos pantanosa de una de las cumbres del cine más políticamente ambiguo de los últimos años, amén de una gran película: Starship troopers, de Paul Verhoeven. A pesar de todo, han sido muchas las voces que han emparentado el film de Scorsese que nos ocupa con el algo cansino Satiricón del gran Federico Fellini, por retratar en ambos casos el definitivo colapso de una civilización saturada por su decadencia y sus vicios. Siendo éste un paralelismo algo sujeto con pinzas, pues efectivamente y pese a que podría verse El lobo de Wall Street como dicho retrato se diría que los tiros del film de Scorsese van por un lado algo menos moralista, ha eclipsado otros referentes que se dan la mano con esta película. Desde Wall Street y su mefistofélico protagonista Gordon Gecko, encarnado por un perfecto Michael Douglas hasta La parada de los monstruos de Tod Browning (comentada en este blog el mes de junio del año 2013), ambas mencionadas explícitamente en El lobo de Wall Street, la película de Scorsese podría verse como un punto intermedio entre ambas: un freak-show, en este caso orgulloso de sí mismo hasta la autosatisfacción, combinado con el instinto depredador de algunos de los personajes de la moralista (y buena) película dirigida por Oliver Stone. Aunque en el caso del segundo, Scorsese llega muchísimo más lejos en su retrato de la mezquindad, pese a que obvia por completo las consecuencias de los actos de sus personajes.

[6]Dejando a un lado Malas calles, con la que El lobo de Wall Street se diría que tiene poco o directamente nada que ver, las justamente célebres Uno de los nuestros y Casino, son probablemente los filmes a los que más recuerda ésta última película de Scorsese que nos ocupa aquí. Del film protagonizado por Ray Liotta Uno de los nuestros, El lobo de Wall Street parece haber heredado las interrupciones de la acción por parte del protagonista para dirigirse al espectador y hablar con él directamente, así como el retrato de un auge y caída en el que la redención se entremezcla hasta la confusión con el castigo legal al mafioso protagonista. También se detecta en dicho film un elemento notable en Casino: el consumo indiscriminado de cocaína y un ritmo espídico en la narración, que abarca varios años en sus largas pero reconcentradas duraciones. Siguiendo con Casino, es muy difícil no pensar en la debacle del crimen organizado mostrada al final de este film cuando se asiste a la detención de gran parte del equipo directivo de Stratton Oakmont, filmada y montada por Scorsese de forma muy similar. Como también recuerda la amistad de Robert De Niro y Joe Pesci en la épica película sobre la mafia instalada en Las Vegas a la que mantienen, de forma mucho más aniñada pero en un entorno igualmente hortera, los personajes interpretados por Leonardo DiCaprio y Jonnah Hill. El más hiriente de los paralelismos entre esas dos películas, ya sendos clásicos modernos, con la película que nos ocupa es que gracias a las similitudes comentadas la violenta mafia de los filmes anteriores encuentra su igual en un entorno más respetable y limpio, por no violento, de la sociedad pese a que en el fondo, hay muy poca diferencia entre las motivaciones de los miembros de la mafia y los estúpidos brokers retratados en El lobo de Wall Street… Pero a pesar de todo, los parecidos entre las tres películas no pasan de anecdóticos, sobretodo teniendo en cuenta que lo que hacía tan perturbadoras a las dos anteriores era precisamente el mostrar de forma muy estilizada pero descarnada, la violencia que descansaba detrás de las riquezas amasadas a tiros o palizas, ausentes por completo en la mucho más fácil de tragar El lobo de Wall Street, infinitamente menos arriesgada en su blancura, pese a que en los tiempos que corren deberían encontrar un público más dispuesto a estar en guardia.
Más allá de los paralelismos con el mundo del hampa y sus esporádicos pero decisivos tratamientos en el cine de Scorsese con ésta película, en el tratamiento del personaje de Belfort se intuye una sombra del enfermizo protagonista de una de las joyas olvidadas del realizador de Little Italy: El rey de la comedia, en la que un Robert De Niro protagonista era mostrado con una desnudez en su muy inquietante locura que como en el caso de Belfort, y al contrario de pongamos por caso Travis Bickle, jamás era explicada. Convirtiendo al espectador en un convidado de piedra de un film con cómicos de por medio, pero para nada tan divertida como El lobo de Wall Street, y escasamente divertida, en su temible (y visionario) argumento, a secas. Por el film que ocupa esta entrada también asoma también la cabeza la estructura casi circular de Toro salvaje. Aunque en aquel magnífico retrato del boxeador Jake La Motta encarnado por Robert De Niro el sentimiento de culpa hacía acto de presencia y no se detecta ni rastro de ella en el final de El lobo de Wall Street, también la historia de un auge y caída muy afín a otros trabajos del director, pero casi idéntica en las imágenes que muestran al exboxeador venido a menos presentando un número humorístico sobre un escenario y las que muestran al broker dando una charla reconvertida en una especie de proceso de reclutamiento para formar una nueva jauría de lobos con los que saquear las finanzas mundiales. Mientras una escena marca la derrota de uno, la otra subraya la inquietante certeza de que, por muy debilitado que esté, Belfort está aquí para quedarse.

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