miércoles, 11 de julio de 2012

ENTER THE VOID


 
¿Han visto The trip? En aquella película dirigida por Roger Corman en 1967, Peter Fonda tomaba una sustancia (presumiblemente LSD) y se dedicaba a deambular por la calle perseguido por la cámara a ritmo de una banda sonora propia (como el resto de la película) de la época en la que tiene lugar la acción y realización del film. Esporádicamente el loco de Dennis Hopper hacia acto de presencia para decirle a Fonda que no se pusiera nervioso y que todo iba bien, que todo estaba en su cabeza. La intención inicial de Corman era hacer una película-experiencia en la que el espectador se sintiera como en un viaje de ácido a pesar de que el mítico productor -al que el cine norteamericano le debe mucho más de lo que se le reconoce en los libros de historia- nunca había tenido tal experiencia en el consumo de drogas. Fue después de su primer viaje en ácido, bajo la serena vigilancia de un amigo en un claro del bosque, cuando Corman se dio cuenta de que traspasar su experiencia a la pantalla era imposible y más cuando se contaba con los exangües presupuestos propios de la factoría Corman.
42 años más tarde Gaspar Noé, enésimo enfant terrible del cine contemporáneo[1],  recoge el guante y en su última película Enter the void, nos propone al menos en su primer tramo esa “experiencia definitiva” ante la que Corman claudicó.

La película empieza en Tokio, capital de neón a parecer del film, en la que un joven llamado Oscar discute con su hermana Linda sobre un amigo de Oscar, Alex, con el que trapichea con drogas (DMT[2], concretamente) en la ciudad y que, según ella, lo va a meter un lío a menos que deje de verlo, y pronto. Oscar parece hacer caso omiso de los consejos de su hermana y decide pasar la noche leyendo el libro tibetano de los muertos y fumando DMT, que primero le produce una experiencia extracorporal y luego unas visiones en las que parece hundirse en un bosque de brillantes ramificaciones… Lo que hasta aquí podría no llamar demasiado la atención sobre el papel, sorprende sobremanera al verse en pantalla, y ello es debido al gran gancho estilístico que muta con el metraje más avanzado: todo se ve a través de los ojos de Oscar. Literalmente. El primer tramo de la película es una cámara subjetiva que nunca se rompe y incluye unos rapidísimos fundidos a negro a modo de parpadeo. La primera vez que vemos a Oscar es durante esa breve experiencia extracorporal y cuando cierra los ojos y tienen lugar esas alucinaciones que comentaba algo más arriba, el espectador se ve rodeado de esas imágenes presuntamente oníricas. La apuesta sigue y sube con Oscar levantándose y mirándonos/mirándose a los ojos después de lavarse la cara en un cuarto de baño que al igual que su apartamento (y todos los que aparecen en la película) es de un caótico preciosismo digno de Won Kar-Wai, saluda a Álex, el amigo motivo de la discusión inicial y bajan a la calle camino a The Void, un bar nocturno en el que Oscar se encontrará con Victor, disparador de la segunda parte de la película. 
Hasta aquí, la sorpresa es soberana, el envoltorio audiovisual es fascinante y Noé pelea sus galones como promesa del cine mundial en cuanto a llevar al espectador un poco más allá de lo esperable. Al final de ese primer tramo Oscar muere por la bala perdida de un policía japonés durante una redada, lo que produce un relativo cambio en el punto de vista, la cámara abandona el cuerpo de Oscar y se eleva sobre Tokio buscando a sus seres queridos e introduciéndose en algunos lugares en los que salta a través del tiempo en los que esta vez no estamos detrás de los ojos de Oscar (o dentro de su cabeza), sino pegados a su nuca mientras se diría que su alma atrapada entre el mundo de los vivos y el de los muertos busca  un nuevo cuerpo en el que reencarnarse. Y por buscar, busca hasta a través del tiempo. Ya sea cuando es niño y en un brutal accidente de coche pierde a sus padres o se siente sexualmente atraído por su madre siendo casi un bebé, o más mayor cuando el objeto de deseo parece ser su hermana Linda (ya toda una stripper zalamera y seductora como ella sola) o la  atractiva madre de su amigo y socio Victor, con la que acabará yéndose a la cama y provocando el acto de traición de Victor delatándolo a las autoridades. También se sitúa en el presente que Oscar ya ha abandonado, al menos en su aspecto físico, y en el que ve como sus amigos y su hermana llevan su pérdida mediante unos planos secuencia que orbitan/nos hacen orbitar sobre los personajes y que recuerdan vagamente a los que conformaban Irreversible, su anterior película de 2002. Así, mientras la breve primera parte de la película es un prodigio de forma (y una vacilada en toda regla) con unas situaciones más o menos anecdóticas como base y más impresionante que emocionante en su conjunto –que es mucho- la segunda aún con toda la excelencia formal de la que hace gala toda la película y los temas que trata que podrían dar mucho de sí de no ser por lo poco o nada profundizados que están, es bastante más cansina[3].

Una cosa es explicar más o menos como Oscar ha llegado a encontrar su muerte en un sucio lavabo de un bar llamado The void (de ahí una de las más terrenales acepciones del título) y otra repetir sin cesar escenas ya vistas durante la película con mínimas variaciones que no aportan nada o casi nada a lo ya visto. Al rato de película lo que tanto sorprende y hipnotiza al espectador –su apabullante vestido audiovisual muy cercano a la psicodelia, con un excelente trabajo del equipo de fotografía, efectos especiales, dirección artística con por lo visto algunas aportaciones de Marc Caro y montaje todos a una- deviene habitual y no va a ningún lado que no sea a otra set-piece más complicada y virtuosa que la anterior pasando por un maravillosamente hortera Tokio en miniatura hecho con pequeñas lucecitas de neón, algo de sexo ya sea desde un punto de vista cenital (y más adelante, en un incestuoso plano secuencia memorable[4], genital), una gran escena de resurrección no deseada de Oscar en la morgue que provoca el pasmo y la repulsa de los que eran sus seres queridos, la triste interrupción del embarazo de su hermana y otros que, como los anteriores, no restan pero acaban por no sumar en absoluto alargando la película hasta sus dos horas y cuarenta minutos, hechas con mucho mérito pero excesivas para lo que acaba contando y para el  moroso ritmo con el que lo hace,  cosa que no sería un problema de no ser por lo redundante que acaba resultando.

Enter the void (Entra en el vacío en su traducción al español y una profecía para la sensación que tiene el espectador al terminar el film) acaba siendo justamente recordada como una “experiencia” audiovisual más que como una historia narrada en imagen y sonido porque sencillamente la historia en cuestión se deshace entre las manos. De por sí, eso tampoco es necesariamente malo pero sí acaba siéndolo al combinarse con la distancia emocional entre el espectador y los personajes de la película, tanta como la que hay físicamente entre ellos y la presencia (el punto de vista de la cámara) de Oscar.
Uno ve lo que ocurre pero casi nunca llega a sentirse afectado por ello. Es probablemente una opción consciente por parte de Noé identificando al espectador con el desapego por los asuntos terrenales de su protagonista principal, y es perfectamente coherente con las bases del film, sin nada que objetar en ese aspecto. Pero el efecto que provoca es que uno se desentienda de lo que pueda ocurrirles a los pobres diablos que deambulan por las brillantes imágenes que conforman la película y de eso a que todo el film acabe por darnos igual, hay un dubitativo paso. 

Con algo más de la energía con la que Noé carga los títulos de crédito del film, que en lugar de estar al final como sería habitual se encuentran al inicio a una velocidad a la par con un revolucionadísimo parpadeo luminoso (tenga cuidado los epilépticos) y lo terrenal de su argumento antes de meterse en rimbombantes y algo vacuas, por demasiado distantes, teorías adaptadas del libro tibetano de los muertos el saldo sería admirable en todos los sentidos, pero el aplauso se queda en el aspecto formal y al mérito del conjunto, arriesgado por original en su forma y ritmo y memorable, pero a la postre también bastante aburrido.

Título: Enter the Void. Dirección: Gaspar Noé. Guión: Gaspar Noé y Lucille Hadzihalilovic. Producción: Fidélité Films, Wild Bunch, Les Films de la Zone, BUF, Essential Filmproduktion GmbH, BIM Distribuzione y Paranoid Films. Fotografía: Benoît Debie. Dirección artística: Jean André Carrièrrey Kikuo Ohta. Montaje: Gaspar Noé, Jerome Pesnel y Marc Boucrot. Música: Thomas Bangalter. Año: 2009.
Intérpretes: Nathaniel Brown (Oscar), Paz de la Huerta(Linda), Cyril Roy (Alex),Emily Alin Lynd (Linda niña), Jesse Kuhn (Oscar niño), Masato Tanno (Mario),Olly Alexander (Roy), Sara Stockbridge (Suzy).


[1] Unas declaraciones de Noé (nacido en Argentina pero afincado en Francia, desde donde trabaja) que aseguraban que “La venganza es algo natural. Algo inherente al ser humano” en la presentación de la película levantó ampollas entre algunos intelectuales de una parte de la izquierda que no parecen entender el arte o la cultura desde su propia escala o orientación política sobre las cuales la máxima de Noé, considerada más propia del fascismo de derechas, cayó como una bomba. Si a ello sumamos las dos escenas cumbre del film que justifican tal afirmación; un brutal asesinato en el que un hombre machaca el cráneo a otro con un extintor hasta casi literalmente destruirlo y la más desagradable de las dos y que se sostiene aún a día de hoy como el buque insignia de la provocación made in Noé, la de la violación de una mujer en tiempo real. Más allá de esas dos escenas de impacto, la película era, bajo una forma brillante, un ejercicio dispuesto a meter el mal rollo bajo la piel del espectador a base de montar el film desde el final hasta el principio, invirtiendo el orden cronológico de las escenas, dando una sensación de inexorabilidad brutal al saber de las desgracias que caen sobre los personajes sin que ellos lo sepan en su felicidad a punto de estallar.
Antes de dicho film, Noé dirigió Carne, primer mediometraje y  Solo contra todos, su primera película que compartían protagonista (un carnicero desquiciado que decide ejercer fuera de la casquería que regenta). A falta de haberlas visto, sólo decir que con Solo contra todos ya puso a su director en el punto de mira de los Nuevos Polémicos reafirmándose con Irreversible, cosa que de forma mucho más rebajada por estar ceñido sobre todo a la forma a buen seguro Enter the void  no hará si no reafirmar.
[2] Dimeltiltriptamina; una substancia supuestamente natural que se relaciona con las imágenes creadas en los sueños y experiencias extracorporeas que se dice son muy similares a “experiencias de muerte”.
[3] El otro film que creo emparentado con Enter the void  además de The trip, es también hermana de esta en su país de producción, Francia: la adaptación al cine del cómic Blueberry por parte de Jan Kounen (otro enfant terrible , este de la era Tarantino y que ha caído en el olvido) en 2004 cuyo último tramo dinamita cualquier puente que haya podido establecer con la narrativa convencional para lanzarse al vacío de lo anarrativo por un viaje místico a base de peyote que acaba siendo también un poco aburrido, aunque curioso. No contento con ello, Kounen ponía punto y final a su película con un “A session by Jan Kounen” como si de un DJ al uso se tratara… intentando aproximar su falsa adaptación al más etéreo terreno de la música (y las drogas de diseño).
[4] Es una escena hecha en otro plano secuencia que, si no recuerdo mal, comienza su perversa andadura al mostrar la cama en la que la hermana de Oskar y su amigo hacen el amor (a pesar del mucho sexo que hay en la película es la primera vez que parece tener que ver con algo parecido al cariño o al afecto), se acerca a ellos para introducirse en la cabeza del hombre, ver a través de sus ojos como monta a su hermana como si fuese él mismo quien lo hace, desaparecer dentro del cuerpo del hombre pasando por unos instantes en tonos rojizos, pasar al cuerpo de la mujer por lo que hace de puente entre ambos, ver el óvulo desde cada vez más cerca y girarse para ver la penetración desde dentro de la vagina en una imagen  que se debate entre lo absurdamente desagradable y la risa de incredulidad y que sólo podría ser superada en impacto en un visionado en tres dimensiones; el del glande entrando y saliendo y casi chocando con la pantalla hasta eyacular y empujar al espectador dentro del óvulo que empieza a gestar el feto, con lo que se produce la reencarnación de Oscar como hijo de su propia hermana. De traca.

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